Notas sobre la noción de cultura

Frans van den Broek 

Se dice que la primera referencia a un concepto de cultura más o menos como lo entendemos nosotros aparece en un libro de Cicerón. Desde entonces la palabra cultura ha recorrido un largo camino, asociada o no a otros conceptos (o en combinaciones como agricultura o piscicultura), y ha llegado hasta nuestros días en la nada envidiable posición de ser utilizada por todo el mundo sin que se sepa con definitiva claridad de qué se está hablando. No han faltado nobles intentos de clarificación, desde la filosofía, la antropología o la sociología, pero no creo que sea exagerado afirmar que muchos de dichos intentos más han confundido que aclarado. Con todo el respeto que me merecen las filosofías de pensadores como Rickert, Cassirer o Heidegger, sus análisis de la cultura, hasta donde los conozco, son considerados ahora mismo productos de una cultura particular en un tiempo determinado de la historia, aunque pretendan, como es natural, arribar a conclusiones universales (algo que, de seguro, también consiguen, aunque no sé en qué medida). Muchos filósofos han sido más cautos o menos inclinados a conceptualizar demasiado, pero el caso es que seguimos disputando sobre el verdadero significado de la noción de cultura y las implicaciones que diferentes definiciones puedan tener para el análisis y estudio de la misma. 

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La batalla de Moscú: un comentario

Frans van den Broek

La lectura de un libro sobre la batalla de Moscú en 1941-1942 es, si hubiera necesidad, el mejor antídoto contra un exceso de optimismo (o pesimismo) en la naturaleza humana y en la objetividad de las ciencias históricas. Ambos puntos merecen poca discusión –poca discusión trivial, quiero decir, por quien, como el que escribe, sabe poco del asunto-, pero un repaso de las razones por las que se han convertido en tan obvios depositarios de escepticismo intelectual siempre puede ser útil como ayuda en la relativización de nuestros triunfos y nuestras miserias.

El libro que agobia mis noches –he llegado a soñar con algunos de sus pasajes más acerbos- lo ha escrito Andrew Nagorski, y hace uso de material nuevo, hecho disponible después de la caída del imperio soviético. ‘The Greatest Battle’ combina una visión general de los momentos más críticos de dicha campaña con testimonios personales de algunos supervivientes, cartas interceptadas por la NKVD (antigua KGB) o por los servicios secretos alemanes, memorias de algunos participantes y documentos varios de toda laya, para crear una narrativa de lectura ágil y hasta podría decir que apasionante, si es que el espectáculo de la abominación humana puede consentir dicho epíteto.

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Amor humano y amor divino: The Forty Rules of Love de Elif Shafak

Frans van den Broek 

Escribir sobre el amor es una de aquellas tareas a las que, casi inevitablemente, todo escritor debe enfrentarse, para bien o para mal. Más lo segundo que lo primero, cabe decirlo, si atendemos a los resultados. Es fácil caer en lugares comunes, clichés de todo tipo, emocionalidad forzada o simplemente la confusión o el aburrimiento. Por ello es loable que alguien de la talla literaria y fama internacional de Elif Shafak emprenda esta tarea con pluma segura y ninguna inhibición. Es más, la escritora ha elegido esta vez hablar de aquel otro tipo de amor del que casi nunca más se habla, al menos en la literatura occidental, el amor divino o platónico, y lo hace incursionando en aquel otro campo minado de la literatura, la novela histórica. Y por si su tema no fuera ya lo suficientemente difícil, lo hace de la mano de la filosofía sufí­ del gran poeta persa Jalal al-Din Rumi, más conocido como Mawlana o Mevlana (‘nuestro maestro’), cuya popularidad en occidente fue firmemente establecida por la publicación de sus poemas en antologí­as aparecidas en los Estados Unidos, algunas de las cuales verdaderos éxitos de ventas, pero cuya filosofí­a es de ardua interpretación.

El resultado es una novela hermosa y valiente, pero controversial. La novela entrelaza dos historias: la primera cuenta la historia de Ella Rubinstein, una mujer en aquel punto de inflexión existencial que representan los cuarenta años, cuya vida ha sido absorbida por la rutina de la vida familiar como ama de casa, función que cumple a cabalidad. Su esposo es un dentista de éxito, trabajador y cariñoso, del que sabe que a veces la engaña con otras mujeres, hechos que prefiere ignorar, y al que quiere como se quieren a las personas con las que se ha convivido en moderada paz por veinte años. Tres hijos la han mantenido ocupada hasta ahora, pero ya han pasado la adolescencia, por lo que se ha permitido aceptar un trabajo como lectora de una agencia literaria a tiempo parcial, en consonancia con sus estudios de literatura inglesa de los que no ha hecho uso jamás. Recibe entonces un manuscrito para hacer un reporte sobre el mismo, llamado «Sweet Blasphemy», una novela escrita por un tal Aziz Zahara. Esta novela dentro de la novela constituye la trama de la segunda historia, que se desarrolla en capí­tulos alternados. Trata de la vida de Rumi, sobre todo de su encuentro con el misterioso derviche itinerante Shams de Tabriz, encuentro que trasmuta su vida espiritual y le incita a la poesí­a, produciendo algunos de los poemas mí­sticos más complejos de la literatura en cualquier lengua, como el «Masnavi», un libro que ha sido llamado por algunos el Corán persa. El encuentro está signado por la irrupción del amor divino en la vida del respetado teólogo e intelectual Rumi, y trastoca su vida y la de quienes le rodean. La historia de Rumi y Shams es contada desde distintos puntos de vista, como la de sus hijos, o la mujer de Rumi, una cristiana convertida, o algunos de sus discí­pulos o hasta personajes de la calle, como un borracho o una antigua prostituta o un fanático religioso.  Sigue leyendo

Un comunista romántico: Nazim Hikmet

Frans van den Broek

Hay géneros literarios cuya definición es uno de sus principales obstáculos. La novela política es uno de ellos, me parece,  no tanto por la dificultad de conseguir una explicación adecuada de sus contornos narrativos o temáticos, sino por las asociaciones de todo tipo que evoca, desde conceptuales hasta emotivas. Durante su historia, la novela política ha ido recogiendo demasiadas excrecencias, diríase, y no todas de las que promueven su consumo. En este caso el problema tiene que ver con la historia del sub-género que se dio en llamar realismo socialista.

Como se sabe, el realismo socialista produjo un par de obras maestras y una marea de basura literaria, al menos según el consenso de la mayoría de los críticos. Las razones son varias, pero sobre todo por la presión asfixiante de una ideología que achataba los personajes y las situaciones narrativas hasta el acartonamiento. Si la literatura tiene que evitar algo, es el maniqueísmo y la unidimensionalidad, características en las que el realismo socialista destacaba. Y esto por la sencilla razón de que el ser humano, hasta el más idiota de entre nosotros, es complejo psicológica y socialmente, y mal puede hacer para reflejar esta complejidad una literatura que pretende reducirlo a su posición dentro del sistema social o la lucha de clases. Toda novela, hasta la más realista, es ficción, no cabe duda, pero siempre existe la posibilidad de reflejar mejor o peor aquello que llamamos vida, y las novelas del realismo socialista sólo reflejaron, en general, la vida aplastada de sus escritores.

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Mi abuela, Platón, Coomaraswamy

Frans van den Broek 

Si bien no puedo estar seguro de ello, creo que mi abuela no habrá escuchado hablar jamás de Platón. Las apariencias engañan, sin embargo, y también es probable que su curiosidad, que era robusta, aunque comedida, la haya llevado a leer por algún lado sobre el filósofo griego y hasta a interesarse por su vida, pero si debo atender a los hechos, no es común que una mujer de un pueblo perdido de los Andes del Norte del Perú, que al momento de nacer ella, el año 1910 o 1911, aún permanecía en el siglo diecinueve, y con apenas estudios primarios, haya tenido conocimiento de algo tan exótico como Platón. No le hubiera hecho falta tampoco, pues lo que requería su familia de ella era que trabajara desde muy temprano, y para satisfacer esta necesidad escogió o le escogieron el arte por el que la región donde nació es conocida, esto es, la tejedura de sombreros de paja. Su familia era pobre, por supuesto, pero con la pobreza serrana de aquellos pueblos, que no es la de las barriadas o los amontonamientos de las grandes ciudades. Jamás descendieron en la miseria y lograron sobrevivir de manera decente, con dificultades y privaciones, pues los sombreros se vendían y algo daban, y su calidad era reconocida en los alrededores. Mi abuela llegó a hacerse una verdadera artista de los sombreros, y está documentado que alguna vez ganó un premio regional por la calidad de su tejido, y hasta hay una leyenda que hace llegar alguno de sus sombreros a los escalafones más altos del gobierno, comprado por alguien del pueblo que había ascendido en la escala social. Tuvo que trabajar duro para sobrevivir, pero con sus manos, con su arte, llegó a criar cuatro niños, todos los cuales consiguieron educación superior y uno de ellos, mi tío Elí, sí llegó a conocer a Platón, pues se hizo profesor de filosofía en la universidad de San Marcos, la más antigua del Perú. E hizo todo esto sin ayuda de nadie, pues los hombres de aquel entonces –como muchos hombres de ahora-, hacían hijos y se largaban o los hacían estando casados, de modo que mi abuela fue lo que ahora llaman una madre soltera, y que entonces era de lo más común para la gente humilde, pues eso de matrimonios y fiestas y alharacas era para los ricos. No sé si llamarla una feminista avant la lettre, pero sí que hubo de vivir al margen de las convenciones burguesas y las expectativas de su propia religión, víctima de engaños y decepciones cuyo recuerdo siempre me entristece o indigna, pero no la escuché quejarse jamás, ni una sola vez. Tenía un talante serio más bien, y un genio temible a veces, y sus hijos cuentan hasta ahora con risas los castigos a los que los sometía para enseñarles las normas básicas de la civilidad (como “sobarles la badana”, dicho en el español antiguo propio de su pueblo, esto es, fajarlos a correazos), castigos que la harían merecedora en estos días de alguna sentencia judicial. Sus hijos, sin embargo, siempre la adoraron, y recordaré siempre con gratitud su semblante mestizo, su actitud digna, serena, su caminar espigado, y hasta su carácter fuerte que nos hacía temerla cuando se enojaba, lo que no ocurría a menudo, por suerte, sin el cual no hubiera podido sobrevivir.

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Un dantólogo peruano: in memoriam

Frans van den Broek

 Hace unas semanas recibí la noticia de la muerte en Lima del psicólogo peruano Leopoldo Chiappo, a la edad de 85 años. La recibí con tristeza, pues aunque no lo veía hacía algo así como diez años, le tenía mucho cariño, el que se profesa a un amigo, pero sobre todo el que se tiene por alguien a quien se ha considerado en algún momento de la vida nuestro maestro. No uso esta palabra con ligereza, y soy consciente de las asociaciones negativas que se han adherido a la misma, pero no tengo otra, ni creo que deba tenerla. La palabra tiene una larga tradición, por supuesto, y parece presente de una forma u otra en todas las culturas, quizá porque designa una función universal, cuyo ejercicio tiene diferentes niveles de compromiso y profundidad. Me viene a la memoria la representación que Platón se hace de la enseñanza en la carta séptima, donde compara la transmisión del conocimiento a la ignición de una candela por otra, al encendido de un fuego interior en el alumno por parte del maestro, que luego arderá por sí mismo. No exagero al afirmar que don Leopoldo Chiappo tuvo esa función para mí, de una manera más modesta tal vez, menos dramática que en las páginas de Platón, pero no menos importante en mi experiencia del mundo y de la vida. Son muy pocos a quienes puedo llamar de esta manera y entre ellos es, sin duda, el doctor Chiappo quien dejó una impronta más profunda y perdurable. Nadie se hace maestro de otro sólo por transmitir conocimiento, por abrirnos las puertas de su erudición o de su especialización, sino por aquella totalidad inasible que llamamos carácter o personalidad, por su cariño y respeto hacia nosotros, por el calor de su espíritu o la agudeza de su ejemplo y también por las circunstancias que lo hicieron presente en nuestras vidas en el momento justo y con el mensaje adecuado.

 El doctor Chiappo –así lo llamé siempre, a pesar de su insistencia en que lo tuteara- había sido mi profesor en la universidad peruana donde estudié biología y filosofía. La universidad es sobre todo conocida por su excelente facultad de medicina, pero siempre contó con un buen programa de ciencias y, por un tiempo, hasta con un pequeñísimo departamento de filosofía, en el que todavía pude estudiar. En aquellos años todos los estudiantes debían pasar por dos torturantes años de Estudios Generales, cuatro semestres en los que se daban todas las ciencias básicas, desde matemáticas hasta físico-química, pero la universidad había sido fundada al comienzo de los años sesenta –como escisión de la universidad de San Marcos- con un decidido espíritu humanista, aquel que le atribuye a la educación una tarea de formación ciudadana, no sólo profesional, de modo que todos debíamos estudiar también tres asignaturas de sociología, dos de literatura, una de psicología e incluso una de filosofía. Quien lo deseara, además, y si le quedaba tiempo, podía también tomar algunas de las asignaturas libres de letras que se daban en la facultad de ciencias y filosofía. Tras aprobar estos dos años, uno pasaba a los estudios facultativos propiamente hablando, organizados según el modelo americano, lo que permitía mucha libertad al alumno para escoger sus asignaturas. Cuento todo esto porque fue debido a este espíritu humanista y a esta organización, bastante moderna para su tiempo –hablo de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta-, por lo que pude conocer de modo más íntimo al doctor Chiappo. Porque él era doctor en psicología y filosofía, no en biología o en medicina, y de seguro que en el clima actual de pragmatismo y entronque empresarial, hubiera tenido poca o nula oportunidad de tenerle de profesor.

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Dimensiones de las culturas

Frans van den Broek

En los estudios dedicados a las diferencias culturales los trabajos del holandés Geert Hofstede, presentados en varios libros, pero en particular en Cultural Consequences¨se han convertido en punto de referencia casi ineludible. Las razones son varias, pero sobre todo por la extensión de su estudio y por haber concebido o popularizado ciertas categorías que se han incorporado al lenguaje corriente de la investigación a este respecto. Todos sabemos, por experiencia elemental, que las culturas difieren. Lo que ya es más difícil saber es en qué medida y de qué manera lo hacen, y más difícil aún es diseñar programas de investigación coherentes en este terreno. La propia definición de cultura es problemática y sujeta a disputa, por lo que Hofstede decidió aventurar una definición simple y más bien pragmática y proceder a su investigación sin demasiados aspavientos teóricos. A decir verdad, su definición es más bien tautológica, pero es posible sacar algunas conclusiones prácticas de la misma: cultura es la programación colectiva de la mente que distingue a los miembros de una categoría de gente de la otra. En otras partes se refiere al software de la mente, utilizando la metáfora informática preferida por los estudiosos de la cognición.

Como fuera, su investigación se centra ante todo en lo que podríamos llamar valores o creencias, o disposiciones a ciertos modos de conducta. Sé que estos conceptos son cualquier cosa menos equivalentes, pero, repito, Hofstede no se hace demasiados problemas filosóficos a lo largo de su investigación, aunque sea consciente de sus limitaciones. La idea de estudiar las diferencias culturales se le ocurrió mientras trabajaba para la firma IBM allá por los comienzos de los setenta. Dada la extensión multinacional de esta empresa, pudo distribuir cuestionarios a empleados en funciones similares de más de cincuenta países. Luego, aumentó su base de datos con otros estudios similares. Las preguntas son predecibles, y atienen sobre todo a la esfera laboral, pero no solamente, como ¨ ¿suele preguntar a su jefe antes de tomar una decisión?¨, o ¨ ¿qué prefiere en un trabajo, la seguridad de empleo o la satisfacción con el mismo?¨, o ¨ ¿se siente a menudo nervioso en su trabajo?¨ y otros asuntos más generales sobre la familia, el estado o las relaciones interpersonales. Las respuestas fueron luego juntadas en ¨clusters¨ y los promedios tratados estadísticamente. Al final, Hofstede distingue cinco dimensiones culturales y sus correspondientes índices, que le servirían para clasificar a los países según su adscripción cuantitativa a los mismos.

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Poesía y locura: Martín Adán

Frans van den Broek 

¿Por qué la genialidad va tan a menudo aparejada al desequilibrio mental? ¿Por qué la poesía, en particular, se ha asociado desde antaño a la locura o al éxtasis? Estas son preguntas que han inquietado a la humanidad desde sus inicios, como lo demuestra el examen de las literaturas y filosofías antiguas, así como los estudios etnológicos o arqueológicos. Las respuestas, como es natural, dependen del ámbito cultural en las que se ofrecen y, por lo demás, debemos reformularlas en nuestros términos para comprenderlas. Esto es, lo que entendemos como enfermedad mental hoy no es lo mismo que entendía un griego o un escita, aunque es legítimo suponer que ciertas formas de comportamiento extravagante o delirante tienen similitudes suficientes como para agruparlos en la misma categoría. 

Como fuera, la relación existe y es más o menos ubicua, desde la manía platónica hasta el poeta romántico. En Perú tenemos incluso un poeta cuya conciencia de la relación fue menos genérica que personal, y le llevó a decidir, por cuenta propia, recluirse en el manicomio durante los últimos decenios de su vida. Martín Adán, seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, es uno de los más importantes poetas latinoamericanos, si bien su calidad como poeta no corresponde con su difusión o reconocimiento en el mundo hispanohablante, ya que es muy poco conocido fuera de las fronteras de su país, y aún en el mismo, y esto por varias razones. La principal, sin duda, es la dificultad de su poesía, pero a esto se aúna la propia personalidad del escritor, quien huyó de los rigores del mundo, y no se preocupó de cuidar su legado literario, ni de publicar sus poemas o de ensanchar su fama, a diferencia de muchos otros de menor calidad, como su compatriota Chocano o como el intenso, pero no pocas veces retórico Pablo Neruda.

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Ser bestia o no ser: “El cojo y el loco “de Jaime Bayly

Frans van den Broek 

Para quienes estén familiarizados con sus novelas, la única sorpresa que le deparará la lectura de la última novela de Jaime Bayly, “El cojo y el loco”, será el hecho de que por primera vez una novela suya no incluya el destino de algún personaje al que pueda considerarse como un alter ego del autor. Este reconocimiento tiene como presupuesto una intimidad no sólo con las novelas, sino con el escritor mismo, algo que en su patria de origen jamás ha sido difícil, pues Bayly es tan conocido que desde hace un tiempo hasta se le pide que se presente a las elecciones presidenciales, algo de lo que Bayly, de momento, se burla. Dicho de otro modo, entre el autor y el hecho de escribir sus novelas se ha gestado una complicidad que las haría inexplicables si uno de estos factores estuviera ausente.

Jaime Bayly es un periodista peruano que entró en la escena nacional muy pronto, a través de la televisión, sobre todo como entrevistador en programas de corte político. Bayly procede de la burguesía limeña, como tantos intelectuales peruanos, y su apellido traiciona sus raíces foráneas. Sus primeras apariciones lo muestran como un mozalbete aplicado y serio, de porte atractivo e imberbe, algo vanidoso, tratando de impresionar en un medio en el que se pierden no pocas vocaciones. En cierto momento de su incipiente carrera se atrevió a preguntar al también joven Alan García, futuro presidente del Perú, por sus presuntas visitas a una clínica psiquiátrica, y si era cierto que debía tomar litio para estabilizar su personalidad (que sería bipolar tendente a la manía). El atrevimiento le valió su trabajo y el ostracismo durante mucho tiempo, ya que García ganó las elecciones y se embarcó en uno de las gestiones gubernamentales más desastrosas de las que el Perú tenga memoria, un país, como se sabe, proclive a gobiernos insulsos.

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Terrorismo y nihilismo: «El jinete amarillo», de Boris Savinkov

Frans van den Broek

En su clásico libro «The Age of Terrorism» de 1987, Walter Laqueur dedica un capítulo a examinar de modo somero la presencia del fenómeno del terrorismo en la literatura, preguntándose si dicho análisis podría contribuir a un mejor entendimiento del mismo, declarando, además, que se trata de un terreno casi sin explorar. Desde entonces han salido ya unos cuantos libros sobre el tema, sobre todo en lengua inglesa, pero no es mucho lo que haya aparecido en nuestra lengua a este respecto. Esto último se debe no sólo a los problemas relativos al tema de estudio, como el de la definición misma del término o el de los parámetros de análisis, casi siempre de orientación política o sociológica, sino por la falta de traducciones adecuadas de muchos de los textos básicos de la historia literaria del terrorismo. El libro que me ocupa es una bienvenida corrección a esta carencia. De hecho, es uno de los que menciona Laqueur en el capítulo susodicho, pero, que yo sepa, no ha merecido mucha atención de la crítica. O, mejor dicho, otros clásicos de este terreno han ocupado tantas páginas y en tantos medios, que la presencia de obras menores como esta se ha visto mermada en comparación. Me refiero a clásicos como «Los Demonios» de Dostoievski o «The Secret Agent» de Conrad, cada cual con copiosa literatura crítica.

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