De zambos deszambados

Frans van den Broek

La trágica muerte de Michael Jackson no pudo sino recordarme un viejo hábito asociativo que casi se me había desvanecido con el tráfago de los años. Desde que Jackson empezara su triste metamorfosis racial, cada vez que topaba con su nombre o que lo veía en televisión o escuchaba su música venía a mi memoria el corrosivo cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, autor al que suelo volver, como ya sabe el lector de este blog, llamado “Alienación (cuento edificante seguido de breve colofón)”. A quien lo lea le resultará obvia la conexión y son muchos los que la han hecho, sin duda. No todos los cuentos de Ribeyro son fáciles de encontrar en España, sin embargo, y para beneficio de quienes aún no lo conocen voy a resumirlo y comentarlo.

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Vergüenza y moral: el shucaque

Frans van den Broek 

Uno de los libros más interesantes del filósofo Bernard Williams está dedicado al tema de la vergüenza, y lleva como título precisamente ‘Shame and necessity’. No lo menciono aquí con la intención de exponer su contenido, mucho del cual se me escapó de todas formas, sino porque su lectura me llevó una y otra vez antes que al mundo de los griegos, del que trata, al mundo de los Andes que conozco desde mi infancia. Mi familia procede de Celendín, una ciudad en la sierra norte del Perú, unos cien kilómetros más allá de Cajamarca, lugar que el lector recordará –espero- por sus lecciones de historia de la conquista del Perú, pues fue allí donde el Inca Atahualpa se dejó ingenuamente capturar por Francisco Pizarro y allí adonde hizo llevar su astronómico pago de rescate –pago que hace de los actuales piratas somalíes niños de teta- y allí donde fue traicioneramente ajusticiado, a pesar del cuarto lleno del oro que había hecho traer de todas partes de su imperio. Estos hechos, por su valor simbólico, no son irrelevantes, como se verá.

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Achoramiento y destino: nota al margen

Frans van den Broek

La sociología peruana desarrolló, según creo ya haber dicho en este blog, el concepto de la cholificación para dar cuenta del fenómeno de la migración masiva a las ciudades y el proceso de adaptación del indio a las duras condiciones de vida de las mismas. Quizá no haya novela peruana que haya descrito este proceso en términos más desgarradores que la obra de José María Arguedas “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, sobre todo porque la propia figura del narrador aparece retratada a través de unos diarios que evidencian el trauma psíquico ocasionado por este proceso, que le llevan finalmente al suicidio. Como se sabe, Arguedas provenía de la sierra, pero de padres de clase acomodada, y era de piel blanca. Se crió, no obstante, entre indios, cuya lengua aprendió y en cuya cultura enraizaron sus sentimientos, pues la madrastra lo había confinado a vivir con los sirvientes. Más tarde, a fin de educarse, emigró a la ciudad, y fue tratado como serrano –esto es, de manera humillante-, a pesar de su piel, ya que el acento y las emociones lo traicionaban, por lo que él pudo experimentar directamente los efectos dislocadores de esta confrontación cultural y racial.

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Eurovisión o la perplejidad del oyente

Frans van den Broek

Uno no debería dedicarle a este asunto más que un somero comentario en una tarde de copas con amigos, o tal vez una efusión de sobremesa más con el objeto de llenar el tiempo que de decir algo que sobrepase el nivel de los sonidos, pero de alguna manera el tema se impone a la conciencia como una vieja culpa o como una declaración de impuestos que no se acaba rellenar. A decir verdad, ¿qué hace uno mirando Eurovisión en primer lugar? Debo confesar que a pesar de la urticaria cerebral que me produce su contemplación y no obstante mis denodados intentos de ausentarme para el mundo en el día de gracia de su celebración, año tras año me veo inevitablemente enfrente de la televisión para regalarle a Cronos las tres horas que cuesta enterarse del ganador, tras haber soportado a los representantes de la nueva Europa perpetrar sus engendros musicales. Confieso que, además, disfruto del proceso, opinando sobre las canciones, haciendo apuestas sobre posibles ganadores y, al final, comprobando durante la fiesta democrática de la votación que los bloques culturales europeos son cualquier cosa menos papel mojado y que la estética y la democracia no son categorías siempre bien avenidas.

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¿Culturas o coartadas ?: integración en Europa

Frans van den Broek

La historia de muchos inmigrantes en Europa comienza de la manera más obvia: habiendo nacido en el país inadecuado. Mejor dicho, en la cultura inadecuada, porque los países son vastas abstracciones cuyos habitantes, en general, pertenecen a tribus distintas y muchas veces saben poco o nada del resto. Las culturas, en cambio, tramontan las fronteras y residen en la mente de los seres humanos, y las mentes, como el espíritu, soplan donde quieran. O donde las dejan, al menos. Nacer en Malawi no es lo mismo que nacer en Suecia, pero más importante que nacer en Malawi o en Suecia es nacer en la familia correcta, en la clase correcta, ir al colegio correcto, a la universidad correcta, al trabajo correcto. Por correcto quiero decir decente y por decente, mínimamente respetuosos de lo que reconocemos en nuestra cultura como derechos inalienables del individuo. No todo el mundo tiene ese privilegio, y ciertamente no todos los inmigrantes que arrivan a estas tierras con la esperanza de transformar sus destinos para bien. Lo correcto también significa, lamentablemente, la inevitable injusticia de nacer como parte de las redes sociales privilegiadas de cualquier país, pero aquí hablo de derechos mínimos y de aspiraciones humildes, como el derecho al trabajo y a alimentar a la propia familia, la posibilidad de una educación accesible y satisfactoria, la certeza de que la ley sirve para proteger y no para explotar, y la libertad de tomarse unas cervezas en la puerta de la casa los domingos, sin temor a que el próximo bestia que tuerza la esquina le pegue a uno un tiro sin remilgos.

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Nasruddin o la sabiduría del idiota

Frans van den Broek

 

En tiempos antiguos –la figura es conocida en nuestra cultura sobre todo desde la Edad Media- las cortes reales solían adscribir a una persona la peculiar función de ser capaz de burlarse de todo en la cara de todo el mundo, sin temor a castigos o represalias (al menos, en principio). Conocemos a este personaje con el nombre de bufón, pero en ingles se le conoce como “jester”, nombre que puede ser significativo por sus orígenes, como veremos. El objetivo de la burla no era el puro entretenimiento, sino que el humor estaba al servicio de la verdad y de la prudencia, no pocas veces, como sabemos todos, la primera víctima de incontables situaciones políticas y personales. Las cortes, como ahora los séquitos gubernamentales, estaban llenas de personas cuya principal preocupación era congraciarse con el monarca o mantenerse como objeto de sus favores y simpatía, lo que afectaba la objetividad de sus consejos y precluía la sinceridad en las conversaciones de los que detentaban el poder. El bufón podia circumvenir estos impedimentos por la licencia de que gozaba en los ojos del Rey o Reina, a lo que el humor añadía la necesaria ligereza y aquel efecto disolvente de límites que se le conoce desde siempre.

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La teta asustada o el ojo de la papa

Frans van den Broek 

El mundo cultural peruano –minoritario, huelga decirlo- y el mundo mediático –que no es lo mismo, también huelga decirlo- han recibido con natural alborozo la premiación de la película de la compatriota Claudia Llosa, “La teta asustada”, con el prestigioso Oso de Plata del Festival de Cine de Berlín en su última edición. Hasta donde puedo saberlo, jamás le había tocado a alguna película peruana semejante honor, por lo que el acontecimiento ha adquirido la cualificación de histórico nada más ocurrir, razón por la que escojo dedicarle un comentario más bien deslabazado a la película, pues me ha suscitado impresiones que trascienden su calidad propiamente fílmica, de la que se ocuparán los especialistas.

 

Claudia Llosa –como sospechará el lector, pariente del escritor Vargas Llosa- había concitado ya la atención crítica por su primera película, “Madeinusa”, que explora una curiosa costumbre indígena en cierto pueblo de la sierra peruana durante los días de Semana Santa, y sus consecuencias en una serie de personajes. Al parecer, existe todavía algún pueblo marginal de los Andes, donde una bizantina conclusión teológica ha dado origen a la tradición que estipula que, dado que Jesucristo ha muerto en Viernes Santo, y por tanto Dios también, durante los días siguientes y hasta su resurrección el día domingo, todo está permitido, incluido el incesto de un padre con su hija, o la entrega carnal de una nativa a un forastero capitalino de paso por el pueblo que le ha resultado atractivo. Además, dichos días los embriagados esposos del pueblo pueden intercambiar esposas sin temor a machetazos o excomuniones, y todo el pueblo se sumerge en una especie de orgía carnavalesca donde toda frontera social o moral se ha desvanecido. Resucitado el Verbo, todo vuelve a su lugar y todo se olvida piadosamente.

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Nietzsche, Heidegger, Coltrane

Frans van den Broek

Es sabido que el ex-fumador suele despreciar al que aún fuma y es poco tolerante con el humo del cigarrillo, así como no es extraño que el cristiano renacido de muchas denominaciones evangelistas se convierta en un moralista puntilloso y cucufato que mira por sobre el hombro a quien no comparta sus creencias y se comporte como él mismo lo hacía antes de su transformación. A diferencia de estos y otros conversos y ex-adictos, he procurado mantener una actitud ecuánime o al menos no tan injusta para con algunas de las viejas aficiones que no forman ya parte de mi repertorio de apegos y manías. A fin de cuentas, en su momento tuvieron su función, aun cuando no fuera más que para hacernos pasar el rato con menos aburrimiento o angustia, y han sido en parte responsables de que seamos lo que somos, cualquiera los resultados y fuera cual haya sido su peligrosidad o estupidez.

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Vassily Grossman: conciencia y destino en tiempos de miseria

 

Frans van den Broek

Ante obras maestras como «Vida y Destino» del escritor ucranio-ruso Vassily Grossman, es fácil descender al cómodo universo de los lugares comunes o al más cómodo aún de las hipérboles, y esto por varias razones. Uno comprende, al escribir sobre ellas, que es imposible hacerles debida justicia y que la afamada cortedad de las palabras es, en estos casos, cualquier cosa menos una metáfora vacía. Uno siente instintivamente que regalar a estas obras con epítetos gastados y frases hechas, sirve no sólo para saciar la natural ociosidad del pensamiento, sino también al propósito de adocenar una obra cuya vastedad de ejecución y de temática puede abrumar la conciencia más curtida o el espíritu analítico más objetivo. Pero sobre todo, las experiencias que relata Grossman son, literalmente, de carácter tan extraordinario que poco en nuestra experiencia personal puede evocarse en ayuda de su comprensión y propio enjuiciamiento.

 

Me refiero, claro está, a la experiencia personal de los habitantes de la Europa del Oeste contemporánea, pues supongo que muchas de las experiencias comunes de los habitantes de la Europa que cayó bajo el dominio de la Unión Soviética serán parecidas o análogas a muchas de las experiencias relatadas por Grosmman en esta y otras obras. Pero cada vez menos, por supuesto, ya que la generación que vivió la guerra fría irá poco a poco desapareciendo para dar lugar, por suerte, a una generación nueva en cuyo repertorio de vivencias no figurarán las colectivizaciones, los arrestos, las torturas, las denunciaciones, las cobardías o los actos valerosos que forman el tejido experiencias de «Vida y Destino». Y espero que no figure jamás la experiencia universal y sin embargo siempre extraordinaria de la guerra, el horror inimaginable de las matanzas sin parentesco que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial.

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Cartas fiñolesas (2)

Frans van den Broek 

                                                                      I

 

Siempre voy a Finlandia como quien emprende un peregrinaje. Utilizo esta palabra con la cautela que requieren los préstamos de términos religiosos, pero es difícil encontrar otra palabra que concentre la riqueza semántica que quisiera evocar al describir las visitas que hago a mi hija cada tres o cuatro meses. Esta riqueza supone la existencia en nuestra vida de aspectos a los que no cabe sino cualificar de sagrados y quiero creer que uno de los ámbitos que más merecen esta cualificación tiene que ser el amor paterno-filial, por lo menos en lo que atiene a sus características más esenciales, aquellas que nos comprometen de modo más intenso y que afectan aquella zona de nuestro ser, cualquiera que fuera, que es responsable de nuestras virtudes más nobles y nuestras aspiraciones más humanas, allende las imperfecciones a las que este tipo de relación también es susceptible. Es difícil imaginar qué otro tipo de relación humana se podría acercar a esta cualidad cuasi numinosa, aunque soy parcial en este juicio y sé que la abnegación y la entrega se dan en todas partes y en mucha mayor medida de la que reconocemos de modo cotidiano. La miseria moral también existe, sin embargo, y en medidas que nadie puede exagerar, pero la comprobación de estos polos de experiencia primaria es quizá la base para la distinción que se ha hecho desde tiempos inmemoriales entre un ámbito de lo sagrado y otro de lo profano. Nuestro mundo moderno es un mundo desacralizado, y con muy buenas razones, si pensamos en el avance de la ciencia y en el antiguo monopolio ilegítimo de lo sagrado por instituciones de poder, como la Iglesia o los estados teocráticos, que hicieron de lo sagrado letra muerta y simple instrumento de condicionamiento y opresión. Pero es propio de toda vida humana, al menos de toda vida humana que ha podido acceder a un normal desarrollo psico-social -que no ha sido abotargada por la indigencia, la injusticia, el totalitarismo-, el reconocer en este universo profano ciertos ámbitos de experiencia que se distinguen del común por una mayor intensidad, o profundidad, o fulgencia interior (las palabras padecerán siempre cortedad ante estos fenómenos) y que nos impelen a considerarlos superiores, pertenecientes a otra dimensión de existencia y que quisiéramos que funjan de referencia o de marco mnémico con el que orientarnos en medio de la confusión o grisura de los hechos. Habrá quienes consideren al arte y sus emociones el mejor candidato para merecer reemplazar lo sagrado religioso, otros han visto en ciertas ideas políticas la expresión del destino más sagrado del hombre, como el marxismo o el nacionalismo, y habrá muchos que han concedido a la tarea científica el honor de esta denominación, si bien usando términos distintos al de lo sagrado. Como fuera, siempre he preferido mitologías más humildes y experiencias más elementales, y es por ello que reservo el término para mi simple amor paternal, para las fugitivas risas de mi niña, para sus abrazos y cantos, para mis cortos días cerca del círculo polar ártico. No sólo para ellos, pero recién llegado de nuevo a su tierra no puedo evitar la comparación y recordar que son pocas las experiencias que nos hacen sentir que la vida no es sólo una labor farragosa que se acaba demasiado pronto y en la que es poco lo que podemos hacer para encontrar significación o altura, sino un viaje también, una peregrinación hacia nuestros lugares sagrados, que pueden estar donde uno menos lo esperaba o tan cerca como el aire que uno respira.

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