(Debate Callejero ha decidido, a pesar del terrible atentado de ayer, publicar el artÃculo que estaba previsto para hoy. No quiere darle a la banda terrorista Eta el protagonismo que tan desesperadamente busca. Esto no implica, por supuesto, que el debate de hoy no se refiera a ese hecho).
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Frans van den Broek
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La cuestión de hasta qué punto el estado, o algo que funja como tal, deba inmiscuirse en la vida de los individuos es quizá tan vieja como la humanidad. Puedo imaginarme sin demasiado esfuerzo a un consejo de ancianos deliberando sobre el castigo que merecerÃan los disolutos jovenzuelos de su dÃa por atreverse a cazar más mamúts que los permitidos por las ancianas costumbres de la tribu, como puedo imaginar a los jóvenes de entonces justificando sus lanzas de más en la necesidad de adaptarse a los glaciares en retirada, poniendo en entredicho la testaruda intromisión de los ancianos (esto me recuerda que uno de los escritos más antiguos, una tablillas sumerias, se quejaban en términos notablemente modernos de la falta de respeto de los jóvenes rebeldes. Al parecer, ciertos temas son, de hecho, intemporales y universales). Como sabe cualquier sociólogo, historiador o politólogo –en verdad, cualquier ciudadano informado- la cuestión está lejos de haberse dirimido con claridad y es casi imposible que lo sea a gusto de todos, y las respuestas a este espinoso y tan humano problema sirven a menudo para clasificar las posturas polÃticas de partidos y personas. Una menor incidencia del estado en la vida del individuo es postura que suele asociarse con una visión conservadora en polÃtica, mientras que una ingerencia mayor del estado para asegurar la prevalencia de una mayor igualdad social es opinión de quienes suelen estar asociados a la izquierda. Pero esta clasificación es tosca, y admite todo tipo de refinamientos y matices, cuando no sorpresas y hasta entuertos. Mal harÃa el que escribe en intentar desbrozar lo que generaciones de expertos no han podido sino enramar más todavÃa, por simple ignorancia y discreción, pero quisiera compartir con el lector un ejemplo modesto, que extraigo de mi propia experiencia profesional –felizmente ya pasada-, en el que me parece que la falta de comprensión de este dilema está en operación, y en el que la confusión entre ideologÃa y realidad obnubila el más simple sentido común.