Activarse o morir – o de estado, empresa y desempleo

(Debate Callejero ha decidido, a pesar del terrible atentado de ayer, publicar el artículo que estaba previsto para hoy. No quiere darle a la banda terrorista Eta el protagonismo que tan desesperadamente busca. Esto no implica, por supuesto, que el debate de hoy no se refiera a ese hecho).

 

Frans van den Broek

 

La cuestión de hasta qué punto el estado, o algo que funja como tal, deba inmiscuirse en la vida de los individuos es quizá tan vieja como la humanidad. Puedo imaginarme sin demasiado esfuerzo a un consejo de ancianos deliberando sobre el castigo que merecerían los disolutos jovenzuelos de su día por atreverse a cazar más mamúts que los permitidos por las ancianas costumbres de la tribu, como puedo imaginar a los jóvenes de entonces justificando sus lanzas de más en la necesidad de adaptarse a los glaciares en retirada, poniendo en entredicho la testaruda intromisión de los ancianos (esto me recuerda que uno de los escritos más antiguos, una tablillas sumerias, se quejaban en términos notablemente modernos de la falta de respeto de los jóvenes rebeldes. Al parecer, ciertos temas son, de hecho, intemporales y universales). Como sabe cualquier sociólogo, historiador o politólogo –en verdad, cualquier ciudadano informado- la cuestión está lejos de haberse dirimido con claridad y es casi imposible que lo sea a gusto de todos, y las respuestas a este espinoso y tan humano problema sirven a menudo para clasificar las posturas políticas de partidos y personas. Una menor incidencia del estado en la vida del individuo es postura que suele asociarse con una visión conservadora en política, mientras que una ingerencia mayor del estado para asegurar la prevalencia de una mayor igualdad social es opinión de quienes suelen estar asociados a la izquierda. Pero esta clasificación es tosca, y admite todo tipo de refinamientos y matices, cuando no sorpresas y hasta entuertos. Mal haría el que escribe en intentar desbrozar lo que generaciones de expertos no han podido sino enramar más todavía, por simple ignorancia y discreción, pero quisiera compartir con el lector un ejemplo modesto, que extraigo de mi propia experiencia profesional –felizmente ya pasada-, en el que me parece que la falta de comprensión de este dilema está en operación, y en el que la confusión entre ideología y realidad obnubila el más simple sentido común.

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Heddy Honigmann y sus mundos

Frans van den Broek

 

La directora peruano-holandesa Heddy Honigmann acaba de estrenar en Holanda su última película, ‘El Olvido’, la cual tuve oportunidad de ver hace unos días. No son muchas las ocasiones en que salgo del cine verdaderamente conmovido o en que he debido enjugar alguna lágrima durante la contemplación de una película, pero las obras de esta directora han sido el origen de más de una de aquellas ocasiones. En este caso último, el tema se prestaba a despertar mi sentí mentalidad, ya que la película transcurre en Lima, donde viví desde mis dos o tres años hasta que me fui a Europa dos décadas después, y es ciudad con la que es fácil tener una de esas relaciones de amor y odio que pueblan la literatura y el alma de muchos sudamericanos. La película, además, es un documental, como la mayoría de las películas de esta directora, y las personas que aparecen en ella son casi todas gente marginal, olvidada –de dónde procede el título, en parte-, que logra sobrevivir gracias a aquellas facultades humanas que distinguen al ser noble del ser bárbaro: la esperanza y la imaginación.

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Cartas Fiñolesas (1)

Frans van den Broek 

 

I

 

A mi heredad genética y cultural mestiza, en la que confluyen vaya uno a saber cuántas sangres y legados –dado que ni el europeo más ‘puro’ ni el indio más ‘auténtico’ dejan de ser a su vez otras tantas mezclas sobre mezclas-, puedo añadir el hecho de tener una hija finlandesa y afincada en Finlandia, cuya madre es originaria de aquel bello país. La madre, faltaba más, es también una mezcla de ancestros suecos y fineses, y hasta hay un lejano ancestro holandés perdido por allí entre los bosques y los lagos en busca de fortuna y de mujeres, abundantes estas últimas tras las guerras y pobrezas que decimaron a los hombres en el pasado. Y no me extrañaría que alguna gota de sangre eslava se haya colado en sus venas, tras tantos años de dominio ruso, aunque no puedo aseverarlo. No me pregunte el respetable cómo es que llegué a hacerme padre de una adorable finesa, hoy de 11 años, pues tendría que acudir a los viejos conceptos del azar y la necesidad, sin saber en realidad dónde aplicarlos ni por qué. Si menciono este hecho es sólo para indicar la razón de mi interés por Finlandia y de que visite el país con bastante regularidad, cada tres o cuatro meses, y de que, a raíz de este contacto, haya llegado a saber algo de su historia y de sus gentes. Lo menciono, además, como una prueba más de la fragilidad de las identidades nacionales en el mundo globalizado de hoy en día, prueba modesta tal vez, pero simbólica en alguna medida del mundo que se aviene, y como una acotación al margen sobre la obsolescencia relativa de las identidades étnicas, las cuales me parecen cada vez más ficticias, cuando no francamente absurdas. Si le preguntaran a mi hija, como hicieron conmigo al llegar a Holanda –por primera, pero no última vez en mi vida- a qué categoría étnica se considera perteneciente, me temo que o bien tendría que apelar a muchos guiones o paréntesis, o a muchas horas de terapia. Claro está, ella se siente finlandesa, por la sencilla razón de que esa es su patria y allí transcurre su vida, pero los idólatras de las tribus jamás se contentan con ello. Y en su propia patria hay lealtades divididas, entre la comunidad finlandesa mayoritaria y la minoría de habla sueca. Pero sobre esto hablaré en otra ocasión. 

 

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Berne en Miraflores

Frans van den Broek

 

No recuerdo si la lectura de los libros del Dr. Eric Berne me incitó a pensar en uno de los cuentos de Julio Ramón Rybeiro o si alguna relectura del cuento me evocó los libros del Dr. Berne, pero el caso es que en mi universo mental ambos han estado desde ya hace un buen tiempo amaridados. La primera pregunta que probablemente el lector español de hoy en día se haga es quién es este Dr. Berne, un nombre que en otros tiempos y sobre todo en otras latitudes generaba inmediato reconocimiento. Quizá aún lo genere en España, no lo sé, pero me temo que sus doctrinas y métodos han sido relegados al espacio que ocupan las terapias alternativas o a los áridos homenajes de las historias de la psicología. Para quien no esté en el hábito de reconocer este nombre, indicaré algunos rasgos básicos que también me servirán en los comentarios posteriores.

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Un judío musulmán entre Oriente y Occidente

Frans van den Broek

 

 

Quiso la casualidad -pero alguna vez me dijo un poeta cum profesor de yoga peruano que el azar era una suposición elegante, pero insustancial, y Nietzsche reflexionó a su vez que los libros que necesitábamos se atravesaban misteriosamente en nuestra vida- que cayera en mis manos un libro de cuya existencia no había tenido ni idea hasta el momento fortuito de encontrármelo en un mercadillo de libros usados de Amsterdam. No hubo más razón para escogerlo que el título (que coincidía en principio con uno de mis intereses más fieles), un breve repaso de la contratapa, y mi compulsión a comprar cuanto material escrito presente perspectivas de entretenimiento y tal vez algo de saber. El libro, según pude descubrir después, había sido recibido con aclamación por la crítica en varias lenguas, pero había eludido mi atención por completo. Quizá mejor así, porque pude leerlo justo en momentos en que el Cáucaso volvía a ser motivo de preocupación internacional a raíz del conflicto militar entre Georgia y Rusia, y su lectura me sirvió de contrapunto adecuado para comprender mejor las raíces de un problema que desafía no sólo la capacidad de análisis de los así llamados expertos, sino, sobre todo, de los mismos implicados. Se trata de ‘El Orientalista’ de Tom Reiss, editado en España, según me informa la página web del autor, en Anagrama. A su vez, la lectura de este libro me impulsó a comprar cuanto antes la novela ‘Ali y Nino’ del escritor musulmán Kurban Said, por razones que el lector comprenderá de inmediato. A estas dos obras quisiera dedicar un breve comentario.

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Pólvora en gallinazos: reflexiones al vuelo

 Frans van den Broek

 

 Desde que tengo memoria escuché de cuando en cuando una conseja cuyo orígen me es desconocido, pero que sospecho es la adaptación local de alguna conseja universal. Dice algo así como que no hay que gastar pólvora en gallinazos. Para el que la ornitología peruana le sea desconocida, aclaro que un gallinazo es una especie de buitre, hasta no hace mucho bastante común en la capital de Perú, adonde le atraían los grandes basureros municipales y la inveterada costumbre nacional de poner la basura en la calle con alegre e inocente incivilidad, para regocijo del bestiario citadino, desde perros a ratas, sin olvidar a cucarachas, gatos o, perdóneseme el darwinismo, incluso seres humanos en estado de privación total. Los gallinazos formaban parte de este panorama del subdesarrollo, y los recuerdo con claridad merodeando alrededor de la basura acumulada en alguna parte, o soleándose en los techos o terrales vacíos. Son bastante feos, la verdad, y si se dice que los pájaros cantores son las flores del mundo animal, estos han de ser algo así como los cáctus o espinares del mismo. Poco en ellos inspira simpatía, aunque su condición de carroñeros pueda inspirar, tal vez, la compasión que nos merecen los caídos. Son aves calmas, de tamaño mediano para su género, inocuas para los humanos, tímidas y hasta torpes, o al menos eso parece. Además, son indigeribles y sus graznidos se acercan más al ruido que a la música. Por todo ello, meterles un tiro no tiene sentido y es mejor dejarlas en paz a que se encarguen de nuestros restos e inmundicias. El sentido de la conseja mencionada es claro, por tanto: a asuntos sin valor, no hay que dedicarles ninguna energía, y menos aún esforzarse en atacarlos, porque es una pérdida de tiempo o una simple estupidez.

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Del prófugo Dragan Dabic y otras máscaras

Frans van den Broek

 

La prensa internacional ha recogido con aspaviento en sus primeras páginas la captura del prófugo Radovan Karadzic (quien se hacía pasar por el inocuo pseudo-shamán Dragan Dabic), ex-líder de la ridícula república Serbio-Bosnia, responsable, se dice, de matanzas sin igual en suelo europeo desde la segunda guerra mundial. Aunque prefiero en general, por simples rasgos de carácter, no escribir sobre temas de tan obcena actualidad, esta noticia ha coincidido con mi intención de tocar de nuevo este asunto a raiz de la más o menos desapercibida noticia, hace unas semanas, de dejar libre a Naser Oric, lider de los bosnios musulmanes durante la caida de Srebrenica. Además, esta última tragedia tiene una relación directa con el pais donde vivo, como bien sabe quien haya leido los diarios los últimos días: el ejército holandés estaba encargado de proteger el enclave supuestamente seguro de Srebrenica cuando Mladic se decidió a atacarlo y masacrar a unos ocho mil de sus habitantes masculinos de religion musulmana (y a deportar al resto).

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De Topsy y otras bestias

Frans van den Broek

 

Uno de los filmes cortos más desagradables que he tenido la mala suerte de ver tiene como protagonista a un elefante llamado Topsy. No faltarán lectores avisados a quienes la sola mención de estos hechos –una corta película en blanco y negro, un elefante de nombre Topsy- serán suficientes como para evocar un curioso episodio ocurrido a comienzos del siglo veinte en América. La ignorancia del que escribe incluía hasta hace muy poco, empero, toda referencia a este oneroso animal de circo que vivió, según parece, desde 1875 más o menos hasta el 4 de enero de 1903. Al pobre animal se le ve en el filme primero guiado por sus cuidadores hacia algún lugar en lo que luego sabría que es Lunar Park en Coney Island, y luego balanceándose con suavidad, ignorante –espero- de su destino. Se encuentra en lo que parece ser un descampado, atado a un poste y conectado por las patas a cables de siniestra catadura. Tras unos segundos empieza a salir humo de las patas, el animal se entiesa, cual si de un súbito ataque de meningitis se tratara –no sé por qué me vino a la mente este símil al ver el film- y en este estado de rigidez se inclina hacia adelante y cae con lentitud de trompa.

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Fundamentalismo y sexualidad a vuelo de pájaro (sin dobles alusiones)

Frans van den Broek

I

Mi primer encuentro personal con un sistema de creencias religiosas que hoy en día muchos no dudarían en cualificar de fundamentalista –aunque la categorización no sería del todo correcta- ocurrió durante mi primera juventud bajo los cielos grises del invierno limeño. Tendría por entonces unos 17 o 18 años, y nada me había preparado como para escuchar un mal día de labios de mi amigo más cercano de entonces que se había hecho miembro de una secta religiosa en la que el líder, un conocido profesor universitario de sociología, afirmaba conversar con Dios y cuyas exigencias de total entrega a la fe me parecieron propias del medioevo. Perú era entonces un país calmadamente uniforme en materia religiosa y bastante laxo en el cumplimiento de los preceptos católicos –comenzando por quienes debían dar el ejemplo, los egregios líderes de la nación-, de modo que comprobar que mi viejo compañero de infancia, con quien había compartido el colegio y a quien me unían toda clase de intereses comunes, de pronto se había hecho sectario fue casi como enterarme de una traición. ¿Él, con quien tantas conversaciones sobre la necesidad de la liberación de los yugos del pasado habíamos tenido, con quien nos habíamos emborrachado tantas veces, con quien íbamos en busca de mujeres a cuanta fiesta se pusiera en el camino, quien tenía una inteligencia más que saludable y una sensibilidad artística superior a la media, él, de entre todas las personas, haciéndose miembro de una secta, conminándome a dejar a Jesús entrar en mi corazón, repitiendo como cacatúa fórmulas moralistas y escatológicas?

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De arte y moralidad en tiempos viciados

Frans van den Broek La lectura reciente del libro del historiador holandés Martin Ros, Los chacales del tercer Reich, me ha convencido una vez más, como si necesitara aún más convencimiento, no sólo de la siempre potencial bestialidad del ser humano, sino de la remanencia en nuestra cultura de ideas y actitudes cuya validez ha sido infinidad de veces revocada, y cuya presencia misma es prueba de la ínsita confusión de la clase intelectual contemporánea. Por sus páginas pasan personajes y movimientos abominables, algo oscurecidos en la memoria europea por el estridente y negro esplendor del nazismo de Hitler y sus secuaces, pero cuya abismal degradación moral no tiene nada que envidiarle al propio nazismo, si es que la comparación a tales niveles de maldad puede ser adecuada (algo que me temo no es ya relevante o posible). El libro se centra en el destino de algunos de los más importantes colaboradores con el fascismo, desde los lacayos del régimen de Vichy hasta los socios fascistas de Alemania en Rumania o Hungría. Un ejemplo de los mismos es la Guardia de Hierro de Rumania, que llevó a cabo actos de genocidio atroces con fervor e intensidad religiosos, como aquel en que masacraron a judíos en su propio camal, haciendo uso de ritos y técnicas de sacrificio hebreos, y a quienes, en no pocos casos, colgaron vivos de los ganchos donde se solía colgar la carne, para seccionarlos de acuerdo al rito judío y dejarlos morir poco a poco. Nadie, que conserve algo de humanidad, puede leer dichos relatos sin sentir que su confianza por el género humano se desvanece hasta la desesperación, pero no es de aquellos asesinos y psicópatas en general de quienes quisiera hablar en estas líneas, sino de una clase especial de los mismos, y de la curiosa actitud para con ellos demostrada por nosotros, sus congéneres, a la luz de sus crímenes: los artistas, sobre todo los escritores que se entregaron al fascismo como ideología y práctica durante aquellos años. A través de ellos ciertas preguntas generales sobre la naturaleza del arte pueden ser pertinentes. Sigue leyendo