La soledad del sexo: ‘On Chesil Beach’ de Ian McEwan

Frans van den Broek

En tiempos tan piernisueltos como los nuestros, es difícil imaginarse o recordar en Europa que hace muy poco (en términos históricos, un pestañeo) el sexo era más fuente de angustia o neurosis que de placer, una obligación genésica antes que un momento de intimidad. Los años sesenta se encargaron de allanar las barreras que impedían un goce libre y desparpajado de los cuerpos, y no falta quien postule que el péndulo ha oscilado un tanto más allá de lo deseado. Pero no es en estos tiempos que McEwan sitúa la novela corta que quiero comentar, sino a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando los viejos valores todavía ejercían su falleciente imperio sobre las conciencias. Los personajes principales de esta novela corta, Edward y Florence, son jóvenes que se conocen y se casan al inicio de su veintena, tras haber terminado la carrera de historia y de música respectivamente en Londres, aunque su procedencia social sea distinta y sus personalidades, en aspectos cruciales, muy diferentes. Se aman, esto es claro, pero de manera contrapuesta y sinuosa, compartiendo, sin embargo, aquel espacio ideal en el que se olvidan las particularidades y se abandonan las dudas a la propiedad burguesa y las pequeñas y grandes ilusiones de la futura familia. Durante su noche de bodas se verán, no obstante, confrontados a sí mismos y rasgarán el velo que los mantenía unidos, con consecuencias dramáticas.

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Dutch Blend

Frans van den Broek

Hay un anuncio comercial de té en la televisión holandesa, de la marca Pickwick para más señas, cuyo contenido me pareció controversial desde la primera vez que lo vi, ya hace un tiempo. Forma parte de una serie de anuncios en los que un señor de mediana edad y dos jóvenes, una mujer y un hombre, ataviados con mandiles que refuerzan la impresión de laboratorio que se quiere dar a la escena, deliberan sobre nuevas mezclas que lanzar al mercado. Algunas de ellas tienen sabor a fruta, otras una pizca de limón y así por el estilo, descubiertos en momentos Eureka que el anuncio pretende presentar de manera simpática. En el que me refiero, la joven se pregunta por qué, habiendo una mezcla inglesa, no existe una mezcla holandesa, a lo que el mayor responde que la había, pues los holandeses habrían sido los primeros que trajeron el té a Europa desde Asia Oriental, hecho convenientemente ilustrado con un mapamundi que adorna una de las paredes del laboratorio. Entonces la joven, a quien suelen ocurrírsele las nuevas ideas, propone hacer de nuevo una mezcla holandesa, para conseguir la cual podrían contar con la ayuda de verdaderos o reales holandeses. El adjetivo que usa, “echte Hollanders”, implica autenticidad y permite el contraste con holandeses supuestamente menos reales, como quiera que se los entienda. Acto seguido se ve llegar a los holandeses que ayudarán en el proyecto, en bicicleta también, por supuesto, y esbozando amplias sonrisas. Pues bien, todos son rubios, de ojos claros y evidente heredad germánica. Al final muestran todos contentos el resultado de sus esfuerzos, el nuevo producto de Pickwick, Dutch Blend, hecho para “echte Hollanders” por “echte Hollanders”.

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A la tumba o a la obra

Frans van den Broek

Quien iría a pensar que un movimiento cuyo inicio no auguraba más que una o dos demostraciones de irritación colectiva terminaría por extenderse a más de 80 ciudades en varios países del mundo. Hay que ser cuidadosos, sin embargo, al describir el fenómeno, pues es fácil caer en las simplificaciones a que nos acostumbran la prensa y los análisis en dos columnas. Hablar de movimiento, en primer lugar, es si no falaz, al menos exagerado, por la naturaleza dispar de las organizaciones que coordinan sus actividades y la imprecisión o vaguedad de sus demandas. Hablar de indignados, empero, parece acomodarse bastante mejor a la naturaleza de los hechos, pues se trata más de un estado de ánimo y de una actitud que de una plataforma política viable, al menos por ahora, como no estaría desencaminado quien cualificara al movimiento de viral, esto es, extendido siguiendo un patrón de difusión epidémico, gracias en buena medida al internet y los media. El economista Paul Krugman cree, en todo caso -se lo acabo de escuchar en la CNN-, que se trata de un movimiento necesario, pues vuelve la atención del debate social a los problemas esenciales que dieron origen a la crisis actual, en lugar de dejarlos en manos de políticos y economistas que buscan causas subalternas o inexistentes, así­ como soluciones inadecuadas. Ignorante como soy, me declaro más bien incapacitado de juzgar a los indignados, si bien no puedo sino compartir parte de su indignación para con quienes hicieron de la codicia ilimitada sancón de vida libre. Un movimiento como este (que se ha rebautizado en otras partes como de los ocupadores de plazas o de bolsas, o algo parecido) está destinado a atraer a demagogos, desequilibrados, aprovechadores, adolescentes perpetuos u ociosos sin rumbo, pero tambiénn a seres nobles e idealistas que están hasta el copete de sentirse en manos de poderes ajenos al proceso democrático o eximidos de sus responsabilidades. O simplemente a personas afectadas por el desempleo, la carencia, la preocupación por el futuro o la ineficacia del estamento polí­tico.

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De esfuerzos e hipertrofias

Frans van den Broek

Dicen las malas lenguas psicológicas que existe una ley (o, si se tiene aprensión ante este término en manos de psicólogos, una cierta regularidad psíquica) que nos compele a asignar mayor valor a aquello en lo que hemos invertido más esfuerzo, a veces en detrimento de la objetividad. La ley tiene una obvia ventaja evolutiva, pues suelen ser las cosas más esforzadas las que reportan mayor ganancia energética y mejores posibilidades de adaptación, y, por tanto, mayores probabilidades de supervivencia diferencial. Por ejemplo, si hubiéramos tenido la inconveniente tendencia a esperar siempre a que los mamuts se murieran de aburrimiento mientras uno esperaba tranquilo en la tundra comiendo líquenes y tomando agua de lluvia a que esto ocurriera para comérselos, otra especie seríamos. El gran esfuerzo cooperativo que supone la caza organizada es en parte responsable, nos dice la biología evolutiva, del surgimiento del lenguaje y otras formas de acción coordinada que requieren un cerebro un tanto menos pasmado que el del comedor de líquenes y de carroña. El problema surge cuando dicha ley adquiere una vida propia más allá de las condiciones que la hacen ventajosa, como cuando apreciamos acciones inútiles pero sudorosas, o productos alambicados sin razón aparente para preferirlos a versiones más simples o ahorrativas. Puede ser muy noble, por ejemplo, adquirir la costumbre de subir a pie los treinta pisos de nuestro edificio, pero a nadie le cabe la menor duda de que usar el ascensor tiene sus ventajas, aunque nos cualifique de ociosos. El esforzado pedestre, sin embargo, será más apreciado entre sus semejantes si se hace la pregunta a suficientes personas en el contexto correcto, como alguien procurando mantener su salud, digamos, o haciendo penitencia. De todos es conocida la costumbre de ir de rodillas hasta algún destino sagrado, valor que se perdería si el peregrino apareciese en su BMW con lunas polarizadas. En la misma guisa, un patinete no puede competir con el BMW en punto a apreciación, aunque sea más efectivo en ciertas circunstancias, como no fuera más que porque hacerlo demanda menos tiempo, atención y complejidad técnica.

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El ritmo de los negros

Frans van den Broek

Si usted es español, seguro que habla mucho, es orgulloso, toma sangría, y dice todo el tiempo: “mañana, mañana”. Y es probable que hasta baile flamenco y haga siesta después de las comidas, no sin antes haberse tomado una copa entre risas con los amigos y haberle hecho el amor a su consorte. Menos mal que allí están los finlandeses, que no hablan nunca y bailan solo tango, y los alemanes, que prefieren decir “ayer, mejor que hoy día” y trabajan como posesos. Y para ritmo, el de los negros.

Estereotipos como estos los conoce todo el mundo, como no fuera más que por la sencilla razón de que uno mismo los utiliza y nutre cotidianamente, y de que uno, lo quiera o no, está lleno de prejuicios. De lo contrario, la vida sería casi imposible. Otra cosa es que se los reconozca como tales. Por qué esto es así es materia de debate, pero entre las muchas razones que se han aducido para explicar esta tendencia humana se encuentra nuestra natural proclividad a la categorización, mecanismo cognitivo que hace posible el pensamiento y que nos permite crearnos un universo familiar en el que habitar con soltura. O para decirlo de modo heideggeriano (quien no pudo evitar uno que otro prejuicio nazi), para hacernos de una casa en la expansión infinita del ser. Así lo postuló uno de los estudiosos seminales del prejuicio en la psicología, Gordon Allport, quien en su libro “The nature of prejudice” atribuye a este modo operacional de la mente el origen de la necesidad de prejuzgar a nuestros semejantes.

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El velo desvelado

Frans van den Broek

El gobierno holandés se apresta a hacer realidad uno de los sueños húmedos del político Geert Wilders, el de la extraña melena y espíritu de incordio, quien tiene maniatado al gobierno en un régimen curioso que no es precisamente una alianza, sino una especie de acuerdo de permisividad (referido con el mismo término que se usa para describir la política de drogas) que deja gobernar a la coalición sin ser parte de ella, con tal de que ciertas políticas se implementen. Uno de los capítulos en los que ha insistido Wilders es el de la inmigración y la medida a la que me refiero forma parte de esta actitud negativa para con los inmigrantes de países no occidentales, especialmente los islámicos. Se trata de la cacareada prohibición de los velos que cubran la cara, bien dejando los ojos libres o cubriéndola por entero, como la burka. Desde que se implante la ley no será posible usar estas prendas, so pena de multa y, me imagino, juicio en caso de reincidencia y resistencia.

Los argumentos avanzados por los propulsores de esta ley son que el rostro es instrumento esencial de comunicación y su ocultamiento la impide, entorpeciendo, por tanto, la fluidez semiótica de la fábrica social (no es que lo hayan expresado de esta manera, pero démosles cierto crédito a sus creadores). Otra razón dada es que el velo y la burka no forman parte de la cultura holandesa e impiden, además, la integración de las minorías. Y por último alegan el carácter simbólico del velo en lo que respecta a la opresión de las mujeres en las sociedades islámicas.

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La hija del conquistador

Frans van den Broek

Husmeando en los anaqueles de alguna librería limeña, topé con un libro cuya existencia acrecentaba mi ignorancia en al menos dos aspectos: sobre el tema y sobre el hecho de que su autor fuera el que era. De lo primero cabe decir que no soy el único, ya que al parecer ha sido la norma en el estamento académico y el público en general, y de lo segundo se habrá encargado mi irracional antipatía por el escritor, motivada por ciertas manifestaciones públicas, un par de libros controversiales, y su mera personalidad. Me refiero al título “La mestiza de Pizarro: una princesa entre dos mundos”, escrito por el hijo de Vargas Llosa, Álvaro Vargas Llosa, y del cual sabía que practicaba el análisis político y económico, pero no la historia. Valga el hallazgo como una bienvenida sorpresa, por tanto.

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Cola de león o cabeza de ratón

Frans van den Broek

El desarrollo económico no llega a todas partes de la misma manera y siempre, se quiera o no, causa ciertos problemas, algunos más graves que otros. Escribo estas líneas desde el pueblo de mi madre, Celendín, en la sierra norte del Perú, un pueblo que tiene el dudoso mérito de haber sido mencionado una vez en una novela de Vargas Llosa, “Conversación en la Catedral”, como lugar de posible castigo para un policía, lo que da una idea de su lejanía de la capital, geográfica y políticamente. Las cosas han cambiado, sin embargo, y poco a poco el lugar se ha ido convirtiendo en un pueblo moderno –hasta donde pueden serlo los pueblos del Perú-, con televisión, teléfono, internet, asfalto en las calles y expansión urbana. Esto puede sonar obvio para cualquier europeo, pero hasta hace relativamente muy poco no existían aquí ninguna de estas facilidades, y ni siquiera contaban con electricidad fiable, más allá del centro mismo. La gente tenía que recurrir a las velas o los desaparecidos Petromax, y dedicar sus noches a la conversación o el sueño, o a la multiplicación de la especie, en lugar de entregarse a las telenovelas de hoy en día o a las cabinas de Internet.

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Desde el ombligo del mundo

Frans van den Broek 

Como es bien sabido, los seres humanos tendemos a mirarnos al ombligo en cuanto tenemos oportunidad -figurativa, cuando no literalmente-, y como los Incas no fueron menos humanos que el que más, por más que se empeñe el nacionalismo en dotarlos de cualidades sobrehumanas, declararon su capital, Cusco o Qosqo, el ombligo del mundo. Desde aquí se generó uno de los imperios más grandes que ha conocido la humanidad, como siempre a base de conquistas y apropiaciones, antes que de pactos o concesiones. 

Pues bien, como las costumbres humanas persisten a través de los siglos, el Perú declaró este año el año de Machu Pichu, debido al hecho de que hace 100 años el americano Hiran Bingham se dejara guiar por alguien de la localidad para atribuirse el descubrimiento de la conocida ciudadela, que se ha convertido en la atracción turística más visitada del Perú y, a raíz de una votación de dudosa calaña, en una de las maravillas del mundo. Cusco, por tanto, y Machu Pichu, se convirtieron oficialmente por ello en el ombligo del Perú, al menos mientras duren las celebraciones.  Sigue leyendo

Me siento emocionado y, emocionado, me siento: emociones y realidad

Frans van den Broek

Aunque creamos lo contrario –por ingenuidad, por excesivo intelectualismo, por desidia- las emociones gobiernan buena parte de nuestras vidas. El primer problema que encontramos al analizar esta vieja cuestión es en buena medida  categorial. ¿Qué entendemos por emociones, a fin de cuentas? ¿El conjunto de sensaciones que percibimos internamente o que comparecen a nuestra conciencia para inclinarnos a algún estado u otro? Se han ofrecido numerosas definiciones, unas más adecuadas que otras, supongo, siempre inevitablemente vinculadas al marco teórico que pretende hacer uso de ellas, con mayor o menor objetividad. Todo el mundo sabe, sin embargo, qué entendemos por emoción cuando hablamos de ello, al menos en primera instancia. Decir que uno está triste o alegre no necesita de escolástica alguna. Más complicado se muestra el asunto si decimos que uno experimenta la emoción de lo sublime, por ejemplo, o las emociones que vienen aparejadas con la música o la poesía. Hay emociones que son universales; otras cuyo origen y cultivo es más bien cultural o local. Como fuera, desde que el hombre ha reflexionado sobre este tema, se ha constatado que las emociones tienden a colorear la conciencia y a filtrar la percepción de la realidad, en una medida u otra. Platón habló de ello en alegorías y palabras socráticas, Hume aupó las pasiones al asiento principal de la mente, la psicología moderna ha investigado ya con profusión los mecanismos por los que dicha influencia tiene lugar y las ciencias neurológicas no paran de publicar cerebros literalmente coloreados por escáneres, donde se muestra la actividad de cada zona durante momentos específicos.

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