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Como cuando la Gran recesión, durante la pandemia nos hemos cansado de leer y fabular sobre cuán diferente sería el mundo después. Y la realidad seguramente será que todo volverá a ser muy parecido, para bien y para mal, a como era antes. Y seguramente mucho más rápidamente de lo que fuimos capaces de anticipar cuando estábamos confinados y moría gente a mansalva sin que asomara siquiera una pequeña lucecilla que animara a la esperanza.
La realidad es ya hoy bastante diferente. Sigo viajando bastante – aunque mucho menos que antes – y el pulso de los aeropuertos es bastante indicativo. Hace algunos meses apenas salían y llegaban vuelos y la práctica totalidad de los comercios de los restaurantes estaban cerrados. Ahora al menos la mitad funcionan con normalidad y vuelve a ser difícil procurarse algo de comer en cualquier terminal, ya sea en Madrid, en Lisboa o en Bogotá. Por supuesto, todo el mundo circula con mascarilla, como también la llevan dentro del avión, también mucho más llenos que hace algunos meses. Y todo funciona bastante bien quitando las complicaciones administrativas que supone hacerse tests y rellenar formularios de entrada a cada país. Lo mismo sucede en las calles de nuestro país y en las de los demás que visito. Afortunadamente. Sigue leyendo