Carlos Hidalgo
Cuando el actual presidente de los Estados Unidos ganó las elecciones, ya había un montón de personas que estaban esperando cobrarse sus favores. Por un lado estaba Elon Musk, que pretendía convertirse en una especie de Primer Ministro no oficial, dispuesto a que Trump le sirviera en bandeja todo el aparato del Estado Federal estadounidense para ponerse a moldearlo a su imagen y semejanza y, bajo el pretexto de optimizar la estructura de la administración y ahorrar gastos, cobrarse venganzas contra los reguladores y administraciones contra las que el magnate sudafricano guardara algún tipo de rencor; además de favorecer, mediante una ética cuestionable, todos los contratos públicos que la administración tuviera con sus empresas, desde su empresa de coches, Tesla, a la de telecomunicaciones, Starlink, sin olvidar Space X, que cobra auténticas millonadas en contratos con la NASA, pese a perder cohetes a un ritmo alarmante y dañar las instalaciones de lanzamiento de la administración aeroespacial.
Musk parece que va a poner fin a sus andanzas en la administración tan rápidamente como sus cohetes, al haberse vuelto impopular hasta para sus mismos compañeros del gobierno y sufrir terriblemente en los dos sitios que más le duelen: su ego y su cartera.
Aparte de Musk hay otros millonarios que esperaban indultos presidenciales por delitos financieros o estafas, que se levantaran regulaciones medioambientales o de protección a los consumidores y, en general, que Trump, como el autoproclamado monarca que es, les concediera favores de manera arbitraria y muy poco compatible con los mercados libres que todos afirman defender. Y lo cierto es que muchos de ellos lo han conseguido. Sigue leyendo