Metamorfosis pirrónicas

Ignacio Sánchez-Cuenca

Salvador Dalí defendió la tesis extraordinaria de que la estación de Perpiñán es el centro del universo. Según el genial ampurdanés, dicha estación constituye el kilómetro cero, el origen gravitatorio de misteriosas fuerzas telúricas. En la deriva de los continentes, la estación de Perpiñán, a la que llegó Gala la primera vez que fue a conocer al maestro, se alza como un punto de permanencia e inmutabilidad sobre el que se desplazan las masas continentales. Dalí inmortalizó aquella visión en un cuadro espantoso de 1965 en el que los miembros del celebérrimo Angelus de Millet deciden romper su eterno duelo con actos de sodomía y fornicación (sobre una carretilla) que aparecen como fondo de una estructura geométrico-onírica en la que destaca una ominosa Gala que todo lo observa frente a un Salvador convertido en feto-Cristo. El cuadro, propiedad del chocolatier Peter Ludwig, reposa en un museo de Colonia. Pues bien, hoy nosotros queremos defender una tesis no menos trascendental que la de Dalí, a saber, que el cráneo del fundador del pirronismo es en estos momentos la fuente primigenia de las emisiones tóxicas que amenazan con crear un potente efecto invernadero en la esfera de las ideas. De la misma manera que las flatulencias del ganado vacuno se elevan hacia la atmósfera, impidiendo la natural ventilación del planeta, recalentando nuestra humilde morada hasta temperaturas asfixiantes y provocando anegaciones constantes de la M-30, asimismo las cogitaciones del maestro universal del pirronismo crean una suerte de agujero negro intelectual del que nada de lo que entra sale.

Sigue leyendo