Del papado

Juanjo Cáceres

El pasado 26 de abril medio mundo siguió con atención el funeral del papá Francisco I, al cual no solo asistieron miles de feligreses, sino mandatarios de casi todo el planeta. Más allá de la conmoción que pudo causar la muerte de un papa caracterizado por su cercanía y sus discursos a favor de los desamparados, los entierros papales se componen de unos contenidos litúrgicos y funerarios característicos -en su opulencia- de esa antigua monarquía absoluta que en realidad es el Vaticano y, por lo tanto, constituyen un hecho de una suntuosidad única. Solo los funerales de la monarquía inglesa pueden compararse levemente en su puesta en escena.

Del papado del finado se ha subrayado estos días su importancia desde una doble vertiente. Con Francisco en vida, se decía de él que era uno de los únicos referentes que se oponía en sus mensajes a ese impulso reaccionario que caracteriza a la administración Trump o al impulso belicista de Rusia e Israel. En cambio, con Francisco enterrado, se habla de un catolicismo americano, adoptado por las élites económicas del país en detrimento del protestantismo, que estaría interesado en una administración papal bajo la cual pudiera impulsarse un conjunto de valores tradicionales sobre el que arraigar la nueva política del trumpismo.

Entre esas dos maneras de hacer Iglesia hay un abismo. Pese a la profunda secularización de las sociedades occidentales y lo diluido que ha quedado el hecho religioso en las mismas, hoy estamos seguros de que las personas nada religiosas como yo vamos a seguir conviviendo en un mundo parcialmente islámico, parcialmente cristiano y parcialmente compuesto por un variado abanico de seguidores de otras religiones. También sabemos que la Iglesia católica no va a renunciar al ejercicio de su poder, ni tampoco de su importante influencia política, ampliamente acreditada en este siglo y en el pasado, por lo que tampoco nos debería dar igual la forma que cobre la nueva administración papal. Pero precisamente por su carácter monárquico y perimetrado, nada podemos decidir si no vestimos la toga de cardenal y nos habremos de conformar con lo que salga. He aquí la diferencia entre los estados pontificios y los estados democráticos, si bien en estos últimos acostumbramos a sobrevalorar el poder del voto y a pasar por alto la gran cantidad de decisiones sobre las que nada decidimos y que no tenemos más remedio que observar cómo se adoptan desde nuestra ventana.

Como sea, el funeral de Francisco mostró claramente el peso que una institución tan antigua como la Iglesia conserva a día de hoy. Una institución en la que 2000 años han dado para mucho y que se ha reinventado tantas veces como ha sido necesario para seguir existiendo. En sus dotes camaleónicas y de adaptación a cualquier forma de realidad está la clave de su supervivencia, asi como en la enorme extensión de su red clerical. Gracias a todo ello ha logrado escapar incluso a crisis muy profundas y cada entierro y cada cónclave sirven a esa institución para hacer esa exhibición antigua y resultona que hace unos días se emitió por todo el mundo.

Y es que no debemos olvidar, como recuerda el historiador Peter Heather, que ya desde la época de Constantino todo proceso de cristianización ha estado estrechamente ligado al ejercicio del poder a todos los niveles, ya fuera imperial, laico o eclesiástico. Eso ha implicado que la mayor parte de las conversiones vividas en siglos medievales, o mucho más recientemente como la que realizó el vicepresidente estadounidense James D. Vance hace seis años, respondieran más a un cálculo interesado que a una verdadera convicción religiosa. Resulta, no obstante, fascinante, que el acercamiento a Roma y al catolicismo todavía se considere un elemento estratégico para asegurarse un lugar preeminente dentro del orden político.