Los Domingos

Arthur Mulligan

Con una estética de realismo documental, la película “Los domingos” de Alauda Ruiz de Azua, conseguía en San Sebastián la Concha de Oro con un drama familiar sobre una adolescente que quiere meterse a monja de clausura.

La directora tiene una acreditada capacidad en manejar la tensión dramática en entornos familiares, esos lugares donde conviven y crecen amores, seguridades y represiones, por más que en este caso, el motivo que desencadena el drama – una inesperada dialéctica de conversión – es extraordinariamente infrecuente en estos tiempos dado que compromete anualmente en nuestro país a no más de 200 jóvenes novicios o novicias entre todas las formas de vida consagradas.

A pesar de todo ello y por haber sido educado en un colegio de monjas en la primera infancia, todavía me parece familiar ver a una monja de clausura, en todo caso sin comparación alguna con la sorpresa de la presencia de los niñes en nuestras calles, esa invasión de los cuerpos mutantes, tan raros, rarísimos, que sólo manifiestan su presencia ante gentes de Podemos, Sumar y otras sectas descarriadas que dotan a sus miembros de un sensor fabricado en Siam.

Que una joven inteligente y sin patologías asociadas a la esquizofrenia, trastornos esquizo-afectivos, consumo de alcohol, estimulantes, cannabis, alucinógenos o ciertos fármacos en ausencia de interferencia grave, atienda una voz interior como un pensamiento propio iluminado por la fe y solicite compartir su experiencia ingresando en un convento ¿es motivo suficiente para merecer reproches de la autoridad parental invadiendo su conciencia y libertad de culto?

Y si los mecanismos psicológicos y simbólicos que aparecen en una experiencia como la descrita, se desplazaran hacia motivaciones políticas ¿No es posible que la estructura afectiva también presente en la religión, y en los primeros encuentros amorosos comparta intensidad con la política mediante un sentido absoluto de misión, pureza, entrega y comunidad?

La película no responde a estas preguntas, en realidad no responde a ninguna porque es una película. Los personajes reaccionan desde su humanidad con una lógica aplastante, ya sea desde una pusilanimidad angustiada o un autoritarismo protector, pero todos quieren evitar la ausencia del ser que aman por la irrupción de un fantasma inesperado cuya potencia conserva sus atributos desde una institución con cotas de poder menguantes, la Iglesia Católica, pero una capacidad indiscutible de dialogar en el silencio de la conciencia como un bálsamo de esperanza última encarnada en la imagen de un Jesús redentor que te llama.

No sabemos cómo es una llamada interior y tratamos como científicos aficionados una aproximación de manera indirecta mediante parábolas y similitudes en los instantes de exaltación y plenitud de nuestras vidas, pero en el cine observamos los cambios de expresión de la estupenda actriz que encarna a la protagonista.

En realidad, solo un trueno interior puede proporcionar las claves de una accesibilidad, lo más parecida al sentimiento religioso de entrega total, de elevación espiritual perturbada y sentida como una experiencia oceánica.

Tal vez se podría expresar como la respuesta ineludible cuando experimentamos sin cautelas el primer enamoramiento, una caída como dicen los ingleses, fall in love, o los franceses, tomber amoureux, una caída en cualquier caso, un tropiezo accidental, más o menos agradable. La plenitud de una mirada correspondida, una leve sonrisa, una indisimulada atracción hacia el vórtice de ese remolino que nos ha de arrastrar.

Pero aquí, la promesa que contiene el Conatus de la decisión final del compromiso, «esa tendencia interna de cada ser a perseverar en su existencia» (Spinoza) describe el impulso básico que lleva a un individuo a mantenerse y buscar lo que favorece su continuidad sin rupturas, es la contemplación de la eternidad como promesa de felicidad permanente, la liberación que nunca se marchita; la elusión de caer en el pozo negro del deseo arrebatador cambiado por la anulación beata del deseo.

De modo que la vida contemplativa que propone un cierto revisionismo postconciliar con golpes de efecto propagandistas insertos en psicodramas de bella factura tuvieron su Bailén particular con Viridiana y el genio creador de un Buñuel en su mejor forma.

El poco atractivo modelo y su escasísimo seguimiento prefiguran un final de muerte por consunción en competencia con otros movimientos concomitantes de influencia oriental que tuvieron mucho éxito entre finales de los 60 y principios de los 70.

Sin embargo, la transferencia de sacralidad y su rigidez conceptual en busca de la utopía, nos puede deparar bruscos episodios de radicalidad si no se abordan reformas de calado en todo el sistema de Enseñanza, Vivienda y Distribución de la renta.