La estrecha anatomía de un instante

Carlos Hidalgo

He visto recientemente la adaptación de la novela-documental de Javier Cercas, “Anatomía de un instante”, que ha realizado Movistar+. Y Lo cierto es que, pese a que tiene grandes aciertos y las interpretaciones de los protagonistas son muy divertidas (especialmente gracioso es Álvaro Morte clavando los gestos y la voz de Adolfo Suárez con una nariz ganchuda de látex), uno siente que se han cometido unas cuantas injusticias con algunos de los protagonistas de la época.

Uno no concibe de ninguna manera que Santiago Carrillo viera las noticias sobre la muerte de Franco solo con su familia, en su piso de París, del mismo modo que los protagonistas del golpe parecen una caricatura, especialmente el capitán general Jaime Milans del Bosch, que era un tipo mucho más peligroso y amenazante de lo que lo que la serie da a entender. El retrato del General Gutiérrez Mellado es incompleto, por decir algo. Y la descripción que se hace de su relación con el resto de las Fuerzas Armadas de la época no es la más exacta.

Tampoco se entiende que Carmen Díez de Rivera, la jefa de Gabinete de Adolfo Suárez aparezca retratada poco menos que como una secretaria que llevaba las aspirinas al presidente del Gobierno, cuando fue una de las artífices, no sólo de ejecutar el plan de desmontaje del régimen franquista, sino de mantener unidos y coordinados a los consejos de ministros de Suárez; una tarea rayana en la imposibilidad heroica. Díez de Rivera ha sido la única mujer en ocupar la jefatura de gabinete del presidente del Gobierno de España. Y la primera persona en hacerlo en democracia.

Del mismo modo, los papeles del general Sabino Fernández Campo y de Torcuato Fernández-Miranda aparecen apenas esbozados; con Sabino limitándose a cortar la llamada de Alfonso Armada para presentarse en Zarzuela en el 23-F y con Torcuato tomando chocolate con churros para merendar, mientras endosa a Suárez la Ley para la Reforma Política como si se la hubieran echado en el buzón, cuando Fernández-Miranda fue el arquitecto maestro, con una mente lo suficientemente brillante y retorcida como para diseñar todos los pasos para que el franquismo se actualizara generacionalmente y luego se derogase a sí mismo, casi sin darse cuenta. Y cuando Sabino fue el guardián y protector del rey, no solo frente al exterior, sino también frente a sí mismo, aunque terminara harto de los borboneos, excesos, malas compañías y caprichos de Juan Carlos. Tan harto que casi los termina haciendo públicos él mismo.

Entiendo que adaptar un libro a una serie tiene sus retos y que hay que tomarse licencias dramáticas para que la historia avance. Y que ampliar determinados papeles no sólo puede resultar confuso para el espectador, sino que además es caro, un tema nada baladí cuando hablamos de producciones españolas.

Y también entiendo que mis críticas a la serie pueden venir del hecho de que soy “demasiado cafetero”, cuando lo que se busca es que la gente se haga una idea general, pase un buen rato y ya está.

Pero echo de menos algo que retrate lo que izquierda y derecha, lo que la España del interior y la del exilio querían, lo que casi toda la sociedad quería: que fuéramos un país normal. Algo que dicho ahora suena a perogrullada pero que durante el franquismo parecía un espejismo inalcanzable. Y esta serie, pues hace una caricatura de todo ello, la verdad. Eso sí, una caricatura muy graciosa y que provoca alguna que otra carcajada, a veces involuntariamente.