En momentos de apremio

Juanjo Cáceres

Ariadna observa desde su cuenta de Instagram a Salvador, un hombre con relevancia institucional al que se ha acostumbrado a ver en televisión transportando siempre una mochila y que ahora se dispone a explicar la importancia y el contenido de un kit de emergencia.

“…Recomiendo una mochila que tengas por casa y dentro de la mochila todo preparado… Una botella de agua, una radio a pilas, un kit que tenga los documentos oficiales, medicación, pilas, linterna, comida en lata…”

Siguiendo fielmente las instrucciones de su Presidente, examina las mochilas de las que dispone en su hogar. No son muchas y son bastante viejas. El piso compartido donde reside es limitado en espacio, tanto para almacenar objetos como para vivir dignamente. Un logo de Decathlon en una de ellas le recuerda que, cuando tenía 21 años, vivía con más comodidades y era más feliz. Las mochilas salían a menudo de viaje y no languidecían en un canapé. Hoy, a sus 42 años y con lo justo para pasar el mes, casi le parece que ese objeto colgante perteneció a otra persona.

 «Esta vieja compañera tendrá que servir», concluye, y procede a buscar los objetos indicados por Salvador. La botella de agua, marca Bronchales. La linterna y la radio, adquiridas hace algunos meses en un establecimiento abierto 24 horas. Las pilas, conseguidas a muy buen precio en el supermercado Aldi. Un pack de tres latas de atún de fácil abertura y una cuchara de postre. Dos billetes de cincuenta euros, que celosamente conservaba con el fin de cubrir algún gasto extra inesperado. Y un surtido de medicinas entre las que se cuentan principalmente fármacos para trastornos leves prescritos con receta médica, o bien a ella, o bien a algún familiar que amablemente se los entrega. La comida de animal de compañía no ha sido necesaria incluirla porque el contrato de alquiler del inmueble donde reside excluye expresamente esa posibilidad. En cuanto a la documentación oficial, prefiere seguir llevándola encima.

Con todo a punto, cierra la mochila mientras se pregunta qué tipo de emergencia podría sorprenderla. «¿Otro apagón? No parece necesario, en ese caso, tener las cosas guardadas en una mochila”. «¿Un terremoto? No sé si me permitiría alcanzar la mochila». «¿Un tsunami? Hace mucho que abandoné mis sueños de vivir cerca del mar o siquiera de pasar allí unos breves periodos del año». “¿Una crisis económica? De poco serviría todo esto que hay ahí dentro”. “¿Un ataque terrorista? No sé si los elementos aquí presentes garantizarían mi supervivencia”. “¿Un desplazamiento forzoso a causa del ataque de un ejército enemigo? Estoy segura de que no llegaría demasiado lejos con estos objetos”.

Su mente sigue meditando sobre la infinidad de situaciones imprevistas que puede verse obligada a afrontar y por mucho que se esfuerza, no logra entender qué utilidad puede tener esa mochila vieja, llena de elementos precarios que evocan con extraña exactitud su propia precariedad vital. Es entonces cuando se da cuenta de que quizás sea ese el objetivo: que nos sintamos inseguros o que nos sintamos frágiles.

O tal vez se trate de una idea que alguien tuvo y de un papel que alguien representó, que ahora es sistemáticamente imitado, como si de una moda se tratase. No porque resulte especialmente relevante, sino por esa pulsión propia de aquellos que se consideran importantes de ejercer permanentemente de creadores de contenidos.

“Me vendrían bien otro tipo de ayudas y otro tipo de consejos”, piensa, mientras guarda la mochila en uno de sus dos armarios. Al cerrar la puerta, siente por un momento que también ella ha quedado atrapada por su cremallera y que no es más que otro objeto del que nadie se acordará.