¡Adiós, dictador!

Carlos Hidalgo

Creo que uno de los momentos más divertidos que nos dio Jean-Claude Juncker (y eso que el tío era una mina) cuando era presidente de la Comisión Europea fue cuando, en una cumbre, vio llegar a Viktor Orbán y dijo a su interlocutor: “Mirá, por ahí llega el dictador”. Y cuando tuvo al húngaro delante, le saludó con un cachete y le dijo “¡hola, dictador!”

Muchos húngaros seguramente estén cantando desde ayer “¡adiós, dictador!”. El húngaro, que pasó de defensor de la libertad y de la democracia tras la caída de los regímenes soviéticos a ser un defensor de una democracia sin libertades, a la que él mismo definía como “democracia iliberal”, creó la hoja de ruta para el resto de populismos de ultraderecha de Occidente. En sus reformas constitucionales, su control de los medios, sus políticas represivas y en sus discursos xenófobos, se basan desde el Partido Republicano de Donald Trump a los candidatos de Vox, cuyas campañas y funcionamiento han estado financiados por el banco central húngaro.

La contundente derrota de ayer demuestra que es posible vencer a los populistas y los ultraderechistas, incluso cuando han retorcido tanto las reglas que parece imposible batirles.

El camino que le espera a Hungría no es nada fácil porque el régimen impuesto por Orbán se ha llevado por delante a generaciones enteras, ha arruinado una economía que va a ser complicada de remontar, se ha cargado el normal funcionamiento de las instituciones y hay servicios básicos, como la educación o la sanidad, que prácticamente no funcionan. Hay unas declaraciones del Secretario de Estado de Sanidad de Orbán, Péter Takács, en las que decía que era “una imposibilidad matemática” lograr algo tan básico como que los hospitales húngaros tuvieran papel higiénico.

Las políticas de natalidad de Orbán, supuestamente destinadas a evitar el llamado “gran reemplazo” del que advierten todos los xenófobos occidentales, no sólo no han logrado incrementar la fertilidad en su país, sino que Hungría lleva años perdiendo población, merced a la desastrosa y corrupta gestión del régimen ultraderechista, donde las ayudas a la natalidad se perdían entre redes de corrupción y donde las parejas se plantean muy seriamente si traer a un bebé a un país con una economía disfuncional y donde existen pocas opciones de futuro.

No olvidemos tampoco que Orbán ha sido uno de los “topos” de Putin dentro de la UE, que ha tratado de sabotear desde el principio la ayuda a Ucrania, que ha filtrado datos estratégicos a Rusia y que, además, ha abierto las puertas de su país a China, que tiene más inversiones en Hungría que en la suma del resto de países de la UE y el Reino Unido. Y, por supuesto, es un ferviente partidario de Donald Trump, que le ha apoyado públicamente en estas elecciones y que además ha mandado a su vicepresidente, J.D. Vance, a dar mítines a su favor. Tarea en la que Vance ha fracasado, igual que ha fracasado al frente del equipo de negociadores con Irán, con un margen de pocos días.

Al igual que el auge de Orbán marcó los pasos a seguir a la ultraderecha ultranacionalista para derribar a las democracias, su derrota nos tiene que servir a los demás para prevenir que en nuestros países pueda pasar lo mismo. Y como advertencia de que esta clase de regímenes solo traen ruina, corrupción e incompetencia.

Ils ont partagé le monde (se han repartido del mundo)

Marc Alloza

Plus rien ne m’étonne (ya nada me sorprende), por desgracia existe una larga tradición de repartir territorios entre potencias sin considerar las consecuencias de no tener en cuenta la opinión o deseos de sus moradores. Los hay de mayor o menor alcance pero al final todos coinciden en fijar unos límites o esferas de influencia para tratar de no entrar en conflicto mientras se explota o se hace uso y disfrute de los territorios asignados que son sometidos o controlados con regímenes, gobiernos, mandatarios o simplemente administradores afines.

Este tipo de acuerdos pueden servir de forma temporal a diferente escala de días a meses o incluso llegar a siglos. Roma tuvo acuerdos con Cartago probablemente desde el 509 a.C, con renovaciones posteriores en el siglo IV a.C. El principal objetivo de estos pactos era ordenar el comercio y la navegación en el mediterráneo occidental y evitar enfrentamientos. Esto perduró hasta que la rivalidad y el conflicto de intereses se volvió inevitable bajo el punto de vista de ambas y en 264 a.C. dio lugar a la primera guerra púnica. A partir de allí hubo más tratados y más guerras hasta que en el 146 a.C. Cartago fue destruida y ya no se tuvo que pactar más. Roma hizo muchos pactos a lo largo de su existencia, con Partos y con multitud de pueblos bárbaros pero eso no evitó su colapso.

El primer reparto global del mundo se podría decir que fue el Tratado de Tordesillas (1494)

370 leguas (aprox.1.800 kms) al oeste de Cabo Verde para repartirse las tierras “descubiertas” y por descubrir fuera de Europa. Portugal se quedaba con Brasil, África y Asia. Y España el resto de América. En 1529 se firma el Tratado de Zaragoza que representaría un anexo al de Tordesillas fijando el antimeridiano de repartición del área del Pacífico.

Ils ont partagé Africa (ellos se repartieron África)

Otra de las grandes reparticiones clave de la historia fue la organizada en la Conferencia de Berlín entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885. La motivación era nuevamente ordenar una expansión colonial, en este caso, en África; estableciendo reglas comunes para la ocupación, el comercio y la navegación en zonas estratégicas como las cuencas del Congo y del Níger. En aquel entonces participaron 14 naciones, en su mayoría potencias europeas, salvo el Imperio Otomano y Estados Unidos. Entre ellos estaban Alemania, Reino Unido, Francia, Bélgica, Portugal, España, Italia, Países Bajos, Austria-Hungría, Rusia, Dinamarca, Suecia-Noruega.

Sans nous consulter, sans nous demander, sans nous aviser

No hubo representantes africanos; las potencias europeas se repartieron el mapa sin consultar a los pueblos que vivían allí ni sus estructuras políticas o culturales. En 1880 África ya estaba densamente organizada en centenares de reinos, imperios, sultanatos y confederaciones, muchos superpuestos y con fronteras fluidas. Las entidades políticas más destacadas serían el Imperio etíope (Abisinia), República de Liberia (fundada por afroamericanos liberados), Imperio ashanti (Ghana central), Reino de Buganda (en la actual Uganda), Reino de Dahomey (actual Benín), Reino zulú y otros reinos Nguni en el sur de África entre otras.

La Conferencia estableció como principio la ocupación efectiva, es decir, que para reclamar un territorio se tenía que ejercer un control sobre él. Las fronteras se fueron trazando poco a poco, negociación a negociación, con criterios de equilibrio entre imperios y de facilidad cartográfica: líneas rectas siguiendo paralelos y meridianos, o grandes ríos aunque separaran comunidades por la mitad. Además, se aplicaron políticas de “divide y vencerás”: mezclar grupos rivales en un mismo territorio o partir pueblos cohesionados en varios Estados para dificultar resistencias unificadas.

Parte del imperio mandinga se encontró entre los wólofs. Parte del imperio Mossi estaba en Ghana. Parte del imperio Soussou se encontró en el imperio Mandingo. Parte del imperio mandinga se encontró entre los Mossi.

En 1914 casi la práctica totalidad de África – salvo Liberia y Abisinia – estaba controlada por los europeos: había llegado la hora del choque y repartirse las partes de los vencidos.

Las consecuencias se siguen sufriendo hoy, países que agrupan decenas o cientos de grupos con historias, lenguas y religiones distintas, o pueblos partidos entre varios Estados (Maasai entre Kenia y Tanzania, Anyi entre Ghana y Costa de Marfil, Mandinka fragmentados en África occidental, Nuer entre Sudán del Sur y Etiopía). Conflictos, guerras, intervencionismo extranjero, pugna por recursos un desastre en buena parte del continente.

Para cerrar los ejemplos de repartición global mencionar el orden mundial de la guerra Fría surgido en la cumbre de Yalta de 1945. Tras la segunda guerra mundial la Unión Soviética, EEUU y Reino Unido dividen al mundo en dos partes. Y emplean zonas satélite para medirse en detrimento de sus pobladores.

Volviendo al presente, parece que en los últimos años tengo la sensación de que ha habido una nueva repartición del mundo, o de buena parte de él. Entre las superpotencias quizás por primera vez, no haya ninguna europea, Rusia aparte, como protagonista. Informados o no, la UE y Reino Unido así como otros componentes de la OTAN están apercibidos, extorsionados e incluso amenazados. Parecía que bajo el amparo de la UE esto no podría pasar pero, ¿seremos una pieza más del tablero bajo el control de otro o seremos testigos mudos de la nueva configuración?

El efecto de la pena de muerte

Verónica Ugarte

En 1995 dos ciudadanos estadounidenses perpetraron un ataque terrorista contra un edificio federal. Después de haber cargado un camión con una potente bomba realizada con fertilizante y diésel, lo aparcaron cerca del recinto, y al activar la bomba a distancia, asesinaron a 168 personas, dejando heridas a otras 680. 

El atentado en la ciudad de Oklahoma es desde entonces parte del imaginario estadounidense, como el más bárbaro que dicho país ha sufrido a nivel interno. No dejó a nadie indiferente y las familias de las víctimas, en su mayoría, estuvieron de acuerdo cuando los Fiscales pidieron la pena de muerte para los autores, siendo solamente condenado a la inyección letal Timothy McVeigh, el cabecilla.

Un familiar de las víctimas acudió a la ejecución y posteriormente declaró que la Justicia se había realizado a favor de los muertos y que, al mismo tiempo, él necesitaba ver con sus propios ojos que McVeigh pagaba por sus pecados.

Estas pocas líneas pueden resumir el sentido que tienen de la Justicia algunos seres humanos en el mundo. Y es escalofriante. No solo porque en veintisiete de los cincuenta y un Estados de los EE.UU. la pena de muerte sigue siendo legal, sino porque da forma y sentido a una moral y formas de vida inquietantes, tanto para quien la avala como para quien la padece.

Mientras en Europa la pena de muerte fue abolida en el siglo XX, en Asia y África continúa, dando pie a sangrientas venganzas, a estallidos de ira y rabias sin control, pero mientras al primer mundo no le impida realizar negocios, Bruselas y Estrasburgo siguen cruzados de manos.

Sin embargo, Israel procederá a colgar a quienes llama terroristas, es decir, palestinos que están bajo sospecha, encarcelados sin que las NN.UU. hayan enviados comisariados. Corrijo: En 2022 Francesca Albanese, abogada italiana fue nombrada relatora especial de las NN.UU. para Palestina. Después de múltiples escritos y conferencias, fue acusada de antisemitismo. En su primer informe declaró que Israel lleva a cabo un apartheid en los territorios ocupados, y en 2024 informó al Consejo de Seguridad que las acciones de dicho país equivalen a un genocidio.

Desde entonces Albanese ha sido perseguida por EE.UU., no solo en forma de propaganda difamatoria, sino también prohibiendo a ella y a su familia abrir cuentas bancarias en el país americano y entrar en el mismo. El Secretario de Estado Marco Rubio indico que para el gobierno Trump, Albanese realizaba una campaña de guerra política y económica contra EE.UU. y contra Israel. Y Nueva York, Ginebra, Bruselas y Estrasburgo han callado.

Es decir, a medida que corre el tiempo, los valores humanos recogen las miserias del mundo y se llenan de una perversión a la cual se debe hacer frente sin un atisbo de duda. Las organizaciones internacionales nacidas después de la Segunda Guerra Mundial han sido rebasadas por su falta de cumplimiento a la Carta de Derechos Humanos, a los valores de paz europeos y occidentales, y lo único que queda en pie es la loca de Von der Leyen.

¿Y por qué hablo de la pena de muerte? Porque hacer creer al ciudadano de pie que eso es justicia, es vomitivo, como bien indicó Camus. No se repara ofensa alguna; se transforma en odio de grandes dimensiones.

Israel no puede esperar para iniciar juicios sumarios cuya verdadera intención es propagandística a costa de sangre derramada desde hace casi ochenta años. Colgarán a quien tengan que colgar. El ojo por ojo, diente por diente no aportará paz mental a nadie. Permitirá la corrupción del alma humana. Concatenará lágrima y sufrimientos; risas y abusos. Y no habrá paz en la llamada Tierra Santa.

La crisis que se nos viene encima

Carlos Hidalgo

Escribo esto poco después de que Trump, en una de sus cada vez más desquiciadas pataletas, haya escrito a los iraníes diciendo “¡Abrid el estrecho, locos cabrones!” y luego, en otro de sus cambios de humor, afirmase que el régimen de los ayatolás estaba dispuesto a negociar alguna clase de acuerdo que sabríamos hoy mismo. Lo cual, me atrevo a predecir, será otro de los delirantes embustes a los que nos tiene acostumbrados el promotor inmobiliario de Queens.

Lo que se veía como una operación puntual para desestabilizar a Irán, más a conveniencia de Netanyahu que de Trump, se está convirtiendo en un conflicto bélico, cada vez más embarrado. Israel está aprovechando para hacerse con el Líbano mientras los Estados Unidos bombardean fútilmente a Irán que, mientras tanto, mantiene cerrado el Estrecho de Ormuz, por donde debería estar pasando alrededor de un tercio de las reservas mundiales de petróleo. Los barcos que partieron antes de la guerra ya están llegando a sus destinos y si este bloqueo no se resuelve, los precios de la energía, la escasez de combustible, de fertilizantes y de derivados del petróleo van a empezar a permear a toda la economía mundial.

Pero es que, además, en la economía que el propio Trump ha promovido de manera agresiva, volviendo a los combustibles fósiles y creando una burbuja de sobrecapitalización de la inteligencia artificial, es enormemente frágil en este momento. La parte de los combustibles fósiles ya se ve que empieza a venirse abajo cada día que el estrecho está cerrado. Y la parte de la sobrecapitalización de la IA depende en gran medida de que los mercados mundiales se mantengan al alza, algo que también parece cada vez más improbable si el conflicto continúa. Ahora mismo las bolsas se mantienen en la irracional creencia de que las cosas no están tan mal como parecen y que habrá una solución más pronto que tarde.

Lo peor es que la volatilidad de Trump, la imprudencia de Netanyahu y la posición de Irán, que sabe que tiene al mundo entero en un puño, hacen que la salida de este conflicto no parezca posible a corto plazo. Primero, porque diplomáticamente se han volado todos los puentes, entre otras cosas porque las bombas estadounidenses e israelíes han matado a todos los posibles interlocutores, al menos a los conocidos.

Luego, Trump no tiene voluntad real de negociar. Ya traicionó a los iraníes haciéndoles creer que negociaba cuando en realidad se estaba preparando para bombardearles. Y ve cualquier salida del conflicto que no pase por una humillación pública de los iraníes como una derrota. Y para seguir manteniendo su actitud y su orgullo de macho no va a tener reparos en agotar los recursos militares y económicos de su país, en cometer crímenes de guerra y en condenar al mundo entero a otra crisis, si eso sirve para contentar a su ego.

Israel no va a detenerse porque mientras los estadounidenses están prendiendo en llamas al mundo, los ultranacionalistas pueden seguir llevando a cabo su programa máximo de “expansión defensiva” y Netanyahu aleja de sí los múltiples juicios por corrupción que tiene pendientes.

E Irán seguirá bajo un régimen tiránico que no tiene problemas en masacrar a su población, como tampoco en chantajear al resto del mundo.

De los cánticos en Cornellà a la islamofobia normalizada

David Rodríguez Albert

El pasado martes se disputó en Cornellà de Llobregat el tristemente célebre partido entre las selecciones de España y Egipto. Como ya es sabido, en varias ocasiones se lanzaron cánticos islamófobos desde algunos sectores de la gradería. Además, se silbó el himno nacional del país africano y se profirieron insultos hacia Puigdemont y Pedro Sánchez. Estos hechos son especialmente graves, van mucho más allá de una anécdota en un evento deportivo y representan una muestra de racismo y de islamofobia, en un entorno de consignas propias de la extrema derecha catalana y española.

Afortunadamente, la reacción de la opinión pública ha sido contundente a la hora de denunciar estos hechos. Especialmente significativas son las declaraciones de Lamine Yamal, la principal estrella de la selección española. El jugador musulmán ha acusado de racistas e ignorantes a quienes profirieron los insultos. A sus palabras se han unido declaraciones unánimes de condena por parte del gobierno español, del gobierno catalán, de la sociedad civil y de todos los partidos políticos democráticos.

Durante el partido, los cánticos islamófobos se prolongaron sin que el encuentro se detuviera, evidenciando un fallo institucional grave. El protocolo antirracista de la Federación Española de Fútbol establece que, ante conductas discriminatorias, el árbitro puede detener el partido, tras emitir advertencias al público. En este caso, se hizo un aviso por megafonía minutos después durante el descanso, pero el encuentro no se paralizó. El árbitro búlgaro, que no entendía el idioma, no podía aplicar el protocolo por sí mismo. La federación tenía la responsabilidad de informarle y coordinar la acción, pero no lo hizo, permitiendo que los insultos continuaran, enviando un mensaje de tolerancia hacia la islamofobia y subrayando que el problema no es solo de la grada, sino de una federación incapaz de hacer cumplir sus propias normas.

La islamofobia que se manifestó en el campo no surge de la nada, sino que se inscribe en un clima de discurso político hostil hacia la comunidad musulmana. Dirigentes de Vox han vinculado repetidamente la inmigración musulmana con supuestas amenazas a la identidad y la seguridad de España, usando expresiones como “islamización” o comparaciones con sociedades violentas, y señalando barrios y comunidades como espacios que se “degradan” por la presencia musulmana. Por su parte, Aliança Catalana contribuye a normalizar discursos de odio, generando un marco en el que los insultos o ataques a musulmanes dejan de percibirse como inaceptables y pueden traducirse en agresiones verbales reales, según denuncias de líderes de la comunidad islámica catalana. Todo esto demuestra cómo los mensajes de la extrema derecha alimentan la islamofobia, creando un clima que facilita episodios como los cánticos de Cornellà.

En paralelo a las condenas públicas, los hechos descritos han activado una investigación de los Mossos d’Esquadra, junto con la Fiscalía de Delitos de Odio y Discriminación, que han abierto diligencias para esclarecer si los cánticos islamófobos y xenófobos constituyen un delito de odio conforme al Código Penal. La investigación busca identificar a los responsables, incluyendo la posible organización o coordinación previa de los insultos por parte de sectores vinculados a la extrema derecha, y determinar si se puede avanzar en la vía penal. Además, se ha abierto una vía administrativa que contempla sanciones a los espectadores implicados y, entre otras medidas, prohibiciones de acceso a eventos deportivos.

Los hechos del martes no son casos aislados, sino el reflejo de un clima de odio que se está normalizando en España, alentado por discursos políticos de la extrema derecha que señalan a los musulmanes como amenaza. Detener los cánticos no es suficiente, ya que hace falta actuar sobre las causas profundas: educación, concienciación y cambios inmediatos en la aplicación de los protocolos deportivos. El fútbol puede ser un espacio de integración o un altavoz del odio. El racismo y la intolerancia no pueden ser nunca las opciones.

Mira hacia arriba

Julio Embid

Cuando lea esta columna, cuatro astronautas, tres estadounidenses de la NASA y uno canadiense de la Agencia Espacial Canadiense, estarán a punto de cruzar los cielos a bordo de la nave Orion, en la misión Artemis II, con rumbo a la Luna. Será la mayor aventura de la humanidad en los últimos sesenta años. La nave se alejará de la Tierra hasta cerca de 400.000 kilómetros de distancia, bordeando la cara oculta de la Luna antes de regresar. Una distancia mil veces superior a la que separa la Estación de Canfranc de Galáctica, el observatorio de Arcos de las Salinas. El viaje durará diez días y servirá para comprobar los sistemas de la Orion en el espacio profundo, recopilar datos sobre los efectos de estos desplazamientos y preparar el regreso del ser humano a la superficie lunar.

La tripulación está formada por el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista de misión Christina Koch y el especialista de misión Jeremy Hansen. Su nave pasará a apenas 7.400 kilómetros de la superficie lunar antes de iniciar el camino de regreso, en una trayectoria que no se recorría desde los tiempos de las misiones Apolo.

Nuestra especie posee una audacia y una inteligencia que no se encuentran en ninguna otra. Desde su origen en África, el Homo sapiens fue capaz de expandirse por todo el planeta durante milenios, adaptándose a todo tipo de entornos, multiplicándose hasta superar los 8.000 millones de personas y transformando profundamente la Tierra. Hemos construido puentes sobre ríos, túneles bajo montañas e incluso bajo el mar. Hoy podemos dar la vuelta al planeta en apenas un día en avión, cuando al personaje de Phileas Fogg, en la novela de Jules Verne, le costó ochenta. Y a la expedición de Juan Sebastián Elcano, culminando el viaje iniciado por Fernando de Magallanes, le llevó tres años completar la primera vuelta al mundo. Siglos después, en 1969, a bordo de la Apolo 11, el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en pisar la Luna y regresar para contarlo.

Todas estas hazañas, la primera circunnavegación del planeta o la llegada a la Luna, fueron posibles gracias a una enorme inversión pública. Fueron los recursos de todos los que hicieron posibles esas expediciones, y gracias a ellas avanzaron también la ciencia y la tecnología. Hoy no tendríamos teléfonos móviles, ni ordenadores personales, ni sistemas GPS, ni placas solares, ni televisión por satélite, ni siquiera muchos electrodomésticos cotidianos, sin el impulso que supuso la carrera espacial.

Cuando en uno de los países con los impuestos más bajos del continente surgen discursos que proponen reducirlos aún más sin matices, conviene recordar que el progreso colectivo depende precisamente de esa capacidad de contribuir entre todos. Ningún individuo por sí solo puede construir una carretera, un puente, un vehículo o un cohete espacial. Pero juntos, aportando cada uno una pequeña parte, somos capaces de lograrlo todo. En los próximos años veremos el regreso del ser humano a la Luna. Después llegarán las primeras bases lunares permanentes. Y, con el tiempo, quizá demos el salto a otros mundos. Ojalá sepamos aprender de cada uno de esos viajes para vivir más y vivir mejor.

En tiempos de exceso de peso

Juanjo Cáceres

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición estimaba en 2020 que un 37,1% de la población adulta sufría sobrepeso y un 18,7% obesidad. En el caso de la población entre 2 y 17 años, señalaba que uno de cada tres menores presentaba sobrepeso y uno de cada diez, obesidad. Eran cifras rotundas, que nos hablaban claramente de riesgos de salud pública y que deberían generar la misma inquietud en las autoridades que en el resto de la población. Pero puede que eso no haya pasado o que no esté pasando con la intensidad suficiente en ninguno de los dos casos. Al fin y al cabo, ¿no es la gordura un elemento más del paisaje con el que siempre hemos convivido? Paisaje conocido, sí, pero no por ello menos inquietante, dadas las consecuencias que puede acarrear.

No diremos que no se invierten suficientes esfuerzos para reducir la prevalencia de ambos fenómenos, ni que las personas no dedican tiempo, esfuerzo y dinero a cuidar de su salud. Lo cierto es que, en general, lo hacen y que, cuando les afecta, les preocupa. De modo que no acaba de ser ese el problema. Tampoco basta con seguir apelando a la necesidad de una mayor sensibilización y acción. No porque no sea necesario – que lo es – sino porque no es en absoluto suficiente.

Afrontar esta situación o cualquier otra relacionada con la prevención de riesgos evitables de salud, pasa necesariamente por un doble procedimiento: entenderla en toda su complejidad e intercambiar conocimientos al respecto. Pero para entender, compartir y conseguir que ese intercambio sea fructífero, hacen falta voces – y no solamente las procedentes de inteligencias digitales. Hace falta hablar de ello y escribir sobre ello. De ahí que resulte muy positivo que eso suceda, por ejemplo, a través de un libro como el que ha publicado recientemente Julio Basulto: TODOS GORDOS (con perdón). Un trabajo que ha salido al mercado del papel y del libro electrónico con el propósito claro de hacer lo que debe hacerse: ni más ni menos que hablar de ello.

¿Es TODOS GORDOS (con perdón) el remedio que estábamos esperando para invertir el incesante avance de esta problemática? En modo alguno. Pero ya en la portada Julio pone el dedo en la llaga señalando el núcleo del problema con un mensaje directo: “tratar la obesidad en un mundo diseñado para engordar”. Porque, en efecto, ciertas prevalencias solo son posibles porque entre todos construimos algunos factores que predisponen a ellas. O porque entre todos configuramos unas relaciones económicas y sociales sobre las que emerge el gradiente social de la obesidad, según el cual poder adquisitivo y exceso de peso tienden a relacionarse de forma inversa – cuando aquel es más elevado, este tiende a ser más bajo.

Tal vez todo ello sea también debido a que a nuestro cuerpo no le resulta demasiado difícil engordar si tiene a su alcance alimentos en cantidades suficientes. O a que tampoco a nuestro cerebro le resulta sencillo regular nuestras conductas cuando los alimentos se diseñan y se ponen al alcance de maneras bien estudiadas.  Pero el caso es que eso ya lo sabemos. Y que, aun así, incluso después de innumerables intentos por atenuar estos efectos, parece que seguimos siendo mucho más eficaces engordando individualmente que trabajando colectivamente para prevenir la obesidad o deshaciendo todo aquello que convierte nuestras casas, supermercados, calles y municipios en entornos obeso génicos.

Justamente porque no hemos logrado todavía transformar el escenario en que vivimos, es necesario explicarlo bien. Es preciso evidenciar qué elementos lo sostienen y cómo podría cambiar. También lo es exponer de forma divulgativa cómo se intenta tratar la obesidad desde el ámbito de la nutrición y de la medicina, subrayando lo difícil que resulta realmente actuar sobre ella. Sin olvidarnos, además, de poner de manifiesto su relación con conductas tan poco saludables como fumar o consumir alcohol.

De ahí que el trabajo de Julio Basulto, TODOS GORDOS (con perdón), ponga sus esfuerzos en todo ello y que resulte tan oportuno. No es el primero ni será el último en abordar la problemática, pero es este el que nos habla ahora. El que nos recuerda que no todo está bien. Que algunas cosas tienen que cambiar. No debemos olvidar que seguir insistiendo en la necesidad de reducir la prevalencia del exceso de peso es imprescindible y seguirá siéndolo durante décadas. Por suerte, hay voces como la de Julio que lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo.