En el eco del insulto

Juanjo Cáceres

Nada más alzarse la primera luz del día, Armando levanta la persiana del bar Cortinas para facilitar el acceso a esos primeros clientes que, castigados por la ola de calor, llevan toda la semana concentrándose ante su puerta a una hora tan absurda como la de las seis y media de la mañana.

Así, una hora después de entrar en él, enciende el televisor, coloca sillas y taburetes y, dando por inaugurada la jornada, pone a disposición de quien así lo desee su humilde negocio. La primera en entrar es Teresa, quien rápidamente le transmite su petición:

  • ¡Ponme un café con leche, Armando, porfa, pero con la leche del tiempo, que esto no hay quien lo aguante!
  • ¡Oído!
  • Por cierto, que me han dicho que ayer te visitó el presidente.
  • ¿Quién? ¿Pedro Sánchez?
  • ¡Hijo de puta! —contesta de repente Teresa, estallando en carcajadas. —Perdona, Armando, pero es que me lo has puesto a huevo.
  • No le acabo de ver la gracia…
  • ¡Que sí, hombre, que sí, que ya sabes que ese se merece todo lo que digan de él y más!
  • ¿De quién habláis?— pregunta Sergio, justo después de atravesar la puerta de acceso al local.
  • De Pedro Sánchez— indica Teresa.
  • ¡Hijo de puta!— responde al momento Sergio, mientras le asalta también un ataque de risa incontenible.
  • ¿Qué quieres tomar, Sergio?— le consulta Armando, visiblemente contrariado. —¿El botellín matinal?
  • ¡Por supuesto!— responde este.

Armando le sirve la cerveza más helada que encuentra en la nevera. “A ver si así se le enfrían un poco las ideas”, piensa Armando, mientras deja la botella sobre la barra.

Entre cervezas, cafés con leche, churros y croissants transcurren esas primeras horas del miércoles, hasta que en televisión anuncian el inicio de la comparecencia de Pedro Sánchez ante el Congreso de los Diputados. Inmediatamente después aparece en la pantalla el presidente subiendo al estrado y su llegada es anunciada por la persona que retransmite el acto a través de la televisión pública. Es entonces cuando desde una mesa del fondo, compuesta por cuatro trabajadores municipales responsables del cuidado de los jardines públicos, se escucha al unísono:

  • ¡Hijo de puta!— y sigue otra tanda de sonoras carcajadas.

Armando intenta no prestar atención y va siguiendo el desarrollo de la sesión con cierto desasosiego. Por un lado, por las palabras del todavía máximo mandatario del país: “Parece que aquí no pase nada, cuando los ánimos están que arden”. Por el otro, oyendo los comentarios de su clientela, todos ellos dignos de la mejor tertulia televisiva.

  • ¡Qué cara tan dura tiene el tío! ¡A ver si dimite de una vez!— expresa Alfredo.
  • Tanto meterse con Vox y ellos son mucho peores— asegura Herminio.
  • ¡No, Herminio, que Vox es de extrema derecha!— le replica Manolo.
  • ¡Extrema derecha son Ábalos, Cerdán y Pedro Sánchez!— asevera con convicción Herminio.
  • ¿Pedro Sánchez? ¡Hijo de puta!— espeta Alfredo, en este caso sin risotada alguna.

Pasan las horas mientras avanza el calor, de modo que a la clientela le van quedando pocas ganas de decir nada. Del servicio de desayuno, se ha pasado a los almuerzos y, algo más tarde, Armando ha empezado a distribuir unos pocos menús que le reclaman sus clientes más fieles en ese receso necesario que se produce durante su jornada laboral. En un acierto innegable, ha optado por servirlos con el televisor apagado. Pero a medida que la clientela del mediodía abandona el local y quedan los irreductibles de las tardes, acaba resultando imposible prescindir de ese mágico aparato.

  • ¡Pon la tele, Armando, anda!— le ordena Amancio, a quien no tiene más remedio que complacer.

Al cabo de un rato transita por la pantalla, por enésima vez, la polémica celebración del ascenso a la segunda división masculina de fútbol del C.E. Sabadell protagonizada por su portero, Fuoli, donde se vuelve a oír aquella frasecita que tanto se ha escuchado durante la última semana:

  • Voy a soltar aquí una expresión y vosotros contestáis con lo que salga: Pedro Sánchez…

A lo que cuatro señores mayores, que hasta ese momento parecían sumamente concentrados en su partida de dominó, corean, sin levantar la vista de las fichas:

  • ¡Hijo de puta!

Armando vuelve a apagar el televisor y con las manos apoyadas sobre la barra se avergüenza de lo que oye una y otra vez. El insulto convertido en ejercicio ritual. El encarnizamiento como deporte generalizado. Se pregunta cuánto hay de indignación real y cuánto de seguir el rebaño. Cuánto de manifestación política, cuánto de crítica sentida y cuánto de maldad. Lo desconoce por completo.

Armando se distancia mentalmente de todo eso, convencido como se encuentra de que sus valores son distintos y de que no puede comulgar con conductas que ponen la frivolidad por delante de la preocupación real y necesaria respecto al estado en que se encuentra el país. Sin dejar de pensar, no obstante, que la situación política del insultado es tremendamente complicada y que quizá debería hacer algo más de lo que hace.

Entre reflexiones, refrescos y bebidas más fuertes transcurre la parte final del día, hasta que llegan por fin las nueve de la noche, que es la hora de cierre. Sabedora de lo estrictos que son los horarios de Armando, su clientela más devota se va retirando en silencio, mientras él recoge, pasa la escoba y lo deja todo a punto para poner fin a la jornada y cerrar el establecimiento con ese rostro cansado que lo asalta tras más de quince horas de trabajo.

Es entonces cuando, de espaldas a la puerta, escucha repentinamente una voz:

  • ¡Qué bien que todavía no hayas cerrado, Armando! Menudo día, hoy. Me ha sido imposible venir a leer tranquilamente tus diarios…

Girando el cuerpo 180 grados, confirma que es el propio Pedro Sánchez quien así le habla, con su sonrisa característica, tan frecuente en el pasado y mucho más ocasional en el presente.

  • Justo iba a cerrar, presidente— le contesta, Armando. Y con el mando de la persiana en la mano, pese a su enorme agotamiento, no rehúye la posibilidad de plantearle una sesuda reflexión. —Ya he visto que ha sido un día intenso y que le han dicho de todo en el Congreso. No sé cómo consigue seguir ahí, con todo lo que ha ido cayendo estos últimos años. No le negaré que resistir así es digno de admiración. Pero en medio de este duelo infinito y de esa situación de bloqueo, en la que es del todo imposible avanzar, y a causa de todos esos escándalos, estoy comprobando en este mismo bar que la impaciencia y la hostilidad se están apoderando de la gente.

Tomando algo más de ese aire que parece escasear en pleno verano, prosigue Armando:

  • También me preocupa mucho que en medio del ruido resulte imposible atender con un mínimo de diligencia los problemas de fondo que sufre el conjunto de la sociedad o que sufrimos los trabajadores que levantamos cada día la persiana a las seis de la mañana.
  • Tienes razón, Armando— reconoce Pedro Sánchez mirándolo fijamente. —Mi compromiso es seguir intentándolo. Pero no puedo desfallecer: si yo doy un paso atrás, todos esos que de momento merodean desde fuera, se meterán dentro y entonces ya no podré hacer nada por nadie— asegura Pedro Sánchez. —Mi responsabilidad es impedir que eso pase. En fin, supongo que me da tiempo de tomarme algo, ¿no?

Tras oír esa última petición, a Armando le cae el mando de la persiana al suelo y su alma cansada a los pies. Pero como buen profesional que es, pregunta:

  • Por supuesto, presidente. ¿Qué desea tomar?
  • Pues si no te da demasiado trabajo, un bocadillo caliente y una bebida bien fría.

Resignado, Armando se retira a cumplir con los deseos presidenciales, aunque lo hace visiblemente contrariado. “Qué si no me da demasiado trabajo, dice. Será hijo de puta…”