La convención ambulante

Carlos Hidalgo

Esta semana el PP celebra su convención nacional. Si somos puristas o nos atenemos sólo a lo que solían ser las convenciones, diríamos que es el momento en el que el Partido Popular reúne a sus mejores mentes, así como a invitados del extranjero y de la sociedad civil, para afinar sus ideas, su programa y actualizar sus promesas de gobierno a lo que se cree que España necesita y la gente desea.

Claro, todo esto es en teoría. Antiguamente las convenciones se hacían en un solo lugar, durante dos o tres días, en los que se debatía, se proponían enmiendas, se votaban y se generaba un documento que serviría como hoja de ruta del partido.

Ahora no. Sigue leyendo

El recuerdo de Ormazábal, parte 3: Norberto Ibáñez y José Antonio Pérez

Juanjo Cáceres

Llegados hasta aquí, podría suponerse interesante que alguien hubiera explicado toda la vida de Ormazábal. Incluso el propio Ramón sopesó antes de morir escribir sus propias memorias, si bien no pudo llegar a hacerlo. Al final, mucho antes de que Enric Juliana resucitase al personaje que afirmaba que a la “Universidad de Burgos” no se había venido a estudiar, acabó apareciendo una biografía. Se ocuparon de ello Norberto Ibáñez y José Antonio Pérez, en Ormazábal. Biografía de un comunista vasco (1910-1982), que fue publicada en el año 2005, es decir, casi veinte años después de la obra de Morán y más de quince años antes que la de Juliana.

Ese libro es tanto por su tono aséptico, como por su estilo académico, un trabajo mucho más desapasionado que los dos anteriores, aunque no del todo. Por ejemplo, cuando los autores rechazan los calificativos que Morán utiliza para referirse a los dirigentes de la prisión de Burgos, que consideran “unas opiniones más cercanas al psicoanalista que al investigador, que rayan el insulto”. Se referían con ello al hecho de que, según Morán, Carrillo consideraba a Núñez, Ardiaca y Ormazabal “como tres tontos, o más exactamente, dos simples y un zote”. Sigue leyendo

Tres en raya

Arthur Mulligan

Este clásico juego infantil es uno de los juegos de estrategia más sencillos que existen y es perfecto para estimular en los niños el arte de razonar; de hecho, los dos jugadores que sigan la estrategia correcta siempre terminarán en empate, salvo que a modo de árbitro en la partida concurra un miembro de la asociación de padres que reúna en su persona una condición extraordinaria: ser Comisario de Justicia en la Comisión Europea, un responsable que entre sus muchas y diversas funciones debe “prevenir y detectar las violaciones del estado de derecho, proponiendo una resolución de los problemas en un estadio precoz, mediante una respuesta eficaz y proporcionada y en último término, disuasiva”.

En la muy barroca españolidad del juego, los dos niños que compiten por el espacio del empate infinito se llaman Pedro y Pablo y en lugar de utilizar piedras o tiza se enredan con el BOE y la Comisión Europea, cambiando incluso el nombre del juego y sus reglas: CGPJ. Sigue leyendo

Antes y después del volcán

Carlos Hidalgo

En el momento en el que estoy escribiendo esto, la isla canaria de La Palma sigue sufriendo la erupción de cinco bocas volcánicas que se han abierto donde antes no había nada. Más de 800 edificios han sido arrasados por la lava y 5.000 personas han sido desalojadas de sus casas, perdiendo absolutamente todo al paso de la roca fundida y las cenizas.

A estas alturas todavía es necesario recordar con la Isla de La Palma me refiero a la isla situada en la provincia de Santa Cruz de Tenerife, no a Las Palmas, en la provincia de Las Palmas, capital de la isla de Gran Canaria. Tampoco me refiero a Palma de Mallorca, situada en las Islas Baleares, a casi 2.000 km de distancia. Que sea necesario recordar esto es porque, aunque nos acordamos siempre de Canarias al decir lo de la hora menos, realmente no pensamos mucho en las islas. Injustamente. Rara vez algo de lo relacionado con las islas llega a los diarios nacionales, absolutamente ensimismados con Madrid y Barcelona. Y es injusto. Sigue leyendo

Veinte años

Julio Embid

Tal día como hoy, justo hace veinte años, me hice militante de mi Partido. Rellené una ficha de afiliación en la antigua sede de mi ciudad, derribada poco tiempo después y actualmente reconvertido en una biblioteca y sala de exposiciones de una caja de ahorros. Me hicieron una fotocopia del deneí y puse el número de cuenta para domiciliar la cuota. -Ya estás afiliado, pronto te llegará el carnet a tu casa compañero-. Se preguntarán ustedes como me acuerdo de esta efeméride. Es sencillo, hoy cumplo 38 años y como me dijo mi padre: -Hasta que no seas mayor de edad, yo no te permito hacerte de ningún partido-. Así pues, el mismo mes que dos aviones dirigidos por los secuaces de Bin Laden y el mismo mes que yo me marchaba a Madrid a estudiar, cumplí la mayoría de edad legal y me afilié al Partido.

Quisiera comenzar diciendo que mi Partido me ha dado mucho más de lo que yo le he dado a él y, honestamente, no creo que nunca le haya dado poco. Ya fuera en campañas electorales como aquellas autonómicas de 2003 (las del Tamayazo) donde me harté de repartir publicidad en las bocas del metro de Aluche, Lucero y Campamento y donde aprendimos todos, por las malas, que hasta el rabo todo es toro y que los tránsfugas existen, se compran y se venden. Porque queridos lectores, desafortunadamente, hijos de puta los hay en todos los lugares. Disfruté de las grandes victorias como las de 2007 (cuando molábamos) o grandes derrotas como las de 2011 (cuando dejamos de molar). Aguanté insultos cuando perdimos casi todo el voto de los jóvenes. En ese momento decidimos que los jóvenes debían aprender mejor la lección y por eso renovamos como líder cuatro años más a aquel al que los jóvenes habían rechazado aplastantemente. Vi como poco a poco, un buen número de conocidos que nos habían votado o habían incluso militado en mi Partido, renegaban de él y se marchaban poco a poco a otras latitudes más ultramontanas. Querían tomar el cielo por asalto. Sigue leyendo

El recuerdo de Ormazabal, parte 2: Gregorio Morán

Juanjo Cáceres

Algunos fragmentos de la vida de Ormazabal fueron narrados mucho antes del año de la pandemia. Una de las plumas que lo hizo fue la del periodista Gregorio Morán, autor durante décadas de las célebres Sabatinas intempestivas en la Vanguardia y en los últimos años articulista de Vozpopuli. Morán, además de periodista, ha sido un auténtico cronista del siglo XX a través de diversos ensayos. Hay al menos dos libros suyos que deben considerarse esenciales para la comprensión de la historia de la política española reciente, tanto por la hondura de su investigación periodística, como por explicar de forma considerablemente prematura hechos y actitudes sobre los que o bien resultaba difícil indagar, o bien era complicado expresarse. Uno es Adolfo Suárez: historia de una ambición, de 1979. El otro, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985, publicado en 1986, año de la segunda gran victoria electoral del PSOE de Felipe González en las elecciones generales.

Los textos de Morán se caracterizan por su brillante narrativa, la profusión de detalles, la vehemencia en los juicios de valor y también por una actitud implacable contra algunos de los personajes que transitan por los mismos. Todos estos aspectos explican seguramente en parte la limitada difusión que históricamente han tenido esas dos obras: al menos, hasta la actualización de la primera en 2009 y la reimpresión con poquísimos añadidos de la segunda en 2017. Pero esa historia del PCE de Morán, con todos los matices que se le quieran poner, es un trabajo riquísimo en información, ineludible para cualquier investigador que aborde el periodo, sugerente en su enfoque y, en definitiva, una referencia imprescindible para conocer a los y las comunistas, con nombres y apellidos. Sigue leyendo

Chiquilicuatres

Carlos Hidalgo

Madrid tiene algo que hace que los partidos se dividan. El PSOE de Madrid, del cual ya hemos hablado mucho, es un desastre. Más Madrid se ha dividido, siguiendo su lógica de que ellos son demasiado listos para pertenecer a un partido, así que, un militante, dos corrientes. En Podemos se siguen mirando de reojo unos a otros, en busca del disidente al que purgar. Pero en el PP… en el PP no se quedan atrás.

Antes de recrearnos en su división, pongámonos en antecedentes. Un PP madrileño muy tocado, con todas sus vacas sagradas en el banquillo o en la cárcel de Soto del Real, necesita candidatos para las elecciones municipales y autonómicas de 2019. Y creen que van a perder. Las encuestas pronostican que Ángel Gabilondo, candidato del PSOE, sumará escaños suficientes para formar gobierno en la Comunidad. Y Manuela Carmena, a su vez, sumará también en el Ayuntamiento de Madrid. Así que Pablo Casado, buscando todavía acomodarse en su cargo de líder del PP, se salta el procedimiento de consultas y de primarias y decide poner como candidatos a dos personas de confianza, bien mandadas, que aguanten el tirón de la derrota y puedan hacer una oposición más o menos llamativa, hasta que encuentren a alguien mejor y sin antecedentes penales pasados cuatro años. De ahí que dos militantes de segunda división y con fama de ser personas de los recados: Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez Almeida, sean los cabezas de lista. Sigue leyendo

El catalanismo chocante de El meu avi y esas cosas

Senyor G

Habaneras catalanas y en catalán.

Hay curiosidades de la política popular catalana (procesista) que me chocan. La semana pasada veía en la televisión el final de un festival de habaneras de la costa catalana, justo un par de minutos del final que acostumbran a cantar público y artistas, el tradicional El meu avi. Ya saben, aquella que pasaron por la rumba “Los Manolos” en la clausura de las Olimpiadas de Barcelona 1992. Pues el público que si con los 4 dedos haciendo la bandera catalana, y con esteladas y quien sabe si con todo el merchandasing de la ANC, prendas amarillas, “llibertat presos polítics” y esas cosas. Sí, la canción acaba con un “Visca Catalunya!” y “Visca el Catalá!.” El “Catalá”, de hecho, en la canción es el barco de guerra en el que mueren unos marineros de Calella y Palafrugell en la guerra de Cuba, es decir la canción rememora una derrota española en una guerra colonial. Y con eso hay quién siente reivindicar la nación o incluso la independencia de Cataluña y a la de Cuba que les den morcilla o butifarra negra. Sigue leyendo

Ollendorf

Arthur Mulligan

Como señala el periodista Santi Gonzalez el sanchismo ha incorporado el método Ollendorf como elemento sustancial de las ruedas de prensa. Así, la nueva portavoz del Gobierno se estrenaba de este modo respondiendo a la pregunta sobre  si Cuba era una dictadura para este Gobierno: «España es una democracia… etc etc», es decir, mientras la estructura sintáctica de la oración fuera correcta no importaba el significado de manera  que las conversaciones podían no tener sentido, aunque fueran correctas. La pregunta podía no tener nada que ver con la respuesta. La comunicación con este método era complicada y aunque, a la larga el estudiante podía aprender la lengua de forma más natural, a corto plazo no podía comunicarse con soltura.

Bahlsen, uno de los grandes maestros de la enseñanza de lenguas, decía de este método que: «La calidad de las frases, de los modelos de conversación y de las preguntas de Ollendorff, podía ser descrita por muchos como una divertida colección de imbecilidad inconsciente». Sigue leyendo

Fin de temporada

Alfonso Salmerón

Hay una colosal nostalgia en la languidez de los días de finales de agosto. Un tiempo que se arrastra, como aquellas olas que parecen no llegar nunca a la orilla de septiembre. Un tiempo que siempre tiene algo de irreal, se acaba.

Cuando empieza el curso a menudo me asalta la duda sobre si agosto realmente existió. Un mes que le debemos sin duda a un animal casi mitológico como es el movimiento obrero. Acaso las vacaciones pagadas sean la última trinchera de un mundo en descomposición.

En esta última semana de vacaciones, el tiempo se te engancha a la piel como la arena fina de la playa. ¿Cómo querer desprenderse de un tiempo que al fin fue plenamente tuyo? La libertad es un espejismo de treinta días naturales para  aquellos quienes todavía tienen un puesto de trabajo a jornada completa y contrato indefinido. Un columpio en el jardín cuyo balanceo te conecta directamente al ritmo apócrifo de los días felices de la infancia. Una atalaya hasta donde los ecos de la sucia realidad llegan amortiguados por un filtro invisible. Sigue leyendo