Erika Fontalvo Galofre
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Desconcertado e inquieto por las noticias que habÃa escuchado, desde Colombia, sobre la muerte del máximo comandante de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, el sábado por la tarde un amigo me preguntó si este hecho podrÃa suponer el fin de la guerrilla más antigua de América Latina.
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Pensar con el deseo nunca está de más. Pero en este caso, la racionalidad histórica que ha motivado el accionar de esta guerrilla durante 60 años no admite discusión. “Sin lugar a dudas, noâ€, le contesté.
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Las FARC, el autodenominado ejército del pueblo, se han estado preparando para la desaparición de su lÃder. Su ideologÃa marxista-leninista, su ambición de llegar al poder por las armas y su decisión de doblegar al Estado colombiano, superan a un hombre. Esta guerrilla va más allá de una figura histórica y, a pesar de los golpes, y vaya sà los ha recibido este último año, es capaz de reinventarse y de posicionar a nuevos lÃderes con maquiavélica frialdad. El muerto al hoyo y el vivo al… poder.
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Al principio, tras conocer la fragmentada versión inicial –no se sabÃa si habÃa muerto en un bombardeo o por un infarto -, pensé que se trataba de una nueva especulación sobre la desaparición del legendario guerrillero, a quien lo habÃan matado y revivido tantas veces que él mismo se mofaba del asunto. Asà que no habrÃa sido la primera vez que mientras corrÃan los rumores sobre su fallecimiento, “Tirofijo†estaba muerto, pero de la risa, en algún lugar de la inhóspita selva colombiana.
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