Ignacio Sánchez-Cuenca
La semana pasada inicié una serie de artÃculos sobre el proceso de paz, con la intención de aclarar ciertas confusiones que se han propagado con gran éxito durante los últimos tiempos. Hablé, por ejemplo, de que un proceso de paz no consiste en acudir a una reunión, preguntar a los terroristas si están dispuestos a entregar las armas, y si dicen no, marcharse con viento fresco. En realidad, puede que la organización terrorista esté dispuesta a abandonar la violencia, pero problemas de credibilidad entre las partes, o divisiones internas entre los terroristas, arruinen el proceso. O puede que las partes estén tan presionadas que no puedan apenas moverse y sea imposible alcanzar acuerdo alguno. El proceso de paz ha salido mal en este primer intento. No sabemos qué va a suceder en los meses inmediatos, ni si en la próxima legislatura habrá ocasión o no de relanzar este proceso, o de preparar uno nuevo. No sabemos tampoco si ETA tiene intención de realizar una ofensiva como la del año 2000, o va a adoptar una postura más blanda. Y no puede descartarse que en algún momento se produzca un golpe policial que deje a la banda en las últimas.