En tiempos de distanciamiento

Juanjo Cáceres

«Se podrían votar entre ellos», piensa un aragonés desde su terraza, a la media tarde del domingo. Mientras observa cómo la gente se dirige con ritmo y frecuencia desigual a ese colegio electoral, que durante la mayor parte del tiempo es una simple escuela, se dice una y otra vez: «Total para qué».

«Total para qué», grita sin darse cuenta, y de repente una voz le responde desde el piso de arriba: «¡Para que no nos gobierne la derecha, atontado!». «Atontado lo serás tú, payaso», responde enérgicamente, tras comprobar que se trata de su vecino Eleuterio, viejo militante que siempre se vio a sí mismo como la conciencia crítica de la sociedad. Y no es que el aragonés no sienta y sufra los desatinos de quienes gobiernan; lo que ocurre es que recuerda perfectamente que siempre ha sido así. De ahí que se haya acabado convenciendo de que votar no sirve de nada y que, como resultado, no solo haya dejado de acudir a las urnas, sino que también le moleste que la gente participe de la cita electoral.

Al cabo de un rato le asalta la sorpresa, tras escuchar en la radio que, a la espera del cierre de los colegios electorales, la participación parece subir levemente. «Aún hay quien cree que los ritos son importantes», murmura sin entender el porqué. Él nunca fue muy creyente; de hecho, se casó por la iglesia por la presión familiar, sobre todo de la que sería su futura suegra. «¿Por qué debería creer ahora en algo aún más difícil de demostrar que la existencia de Dios, como la utilidad del voto?», se dice a sí mismo.

En su fuero interno no se siente del todo bien, porque sabe que renunciar al voto es renunciar a empujar las cosas en una dirección en lugar de otra. Pero también sabe de su escaso valor, que se trata de una gota en medio del océano y que no cambia nada. «Si todos fueran como tú, apañados estaríamos», exclama la voz de antes, a la que no responde con la voz sino con el pensamiento: «No estaríamos, sino estamos».

No es menos revolucionario este aragonés que Eleuterio, o al menos eso cree, pero está convencido de que la auténtica rebelión no pasa ya por levantar la voz, sino por elevar el silencio. Desde el convencimiento de que gritando solo conseguía quedarse afónico, un día este aragonés se cansó de darse mus, decidió no seguir jugando y prefirió romper la baraja. A partir de ese momento dejó de pensar en él y empezó a pensar en el comportamiento de los demás, descubriendo que lo que hacen o dejan de hacer, es mucho más azaroso de lo que antes había imaginado. «¿Cómo entender, si no, que un día gobierne el uno y otro día, el otro, o que las papeletas se desplacen tan fácilmente de una opción a otra? Porque el tiempo que en general se dedica a elegir es poco y aquel que le dedica mucho, se da cuenta enseguida de qué va todo esto. O de que no va.»

Sin esperar el escrutinio, el aragonés se marcha a dormir y ya no se levanta hasta la mañana siguiente, cuando sin moverse de la cama, accede a la aplicación del Heraldo de Aragón para consultar los resultados: «Lo que todo el mundo imaginaba, pero ha hecho falta movilizar a todo el mundo para que un grupo de gente que se siente muy importante obtenga su foto electoral». Sale de casa y se cruza con Eleuterio, quien le lanza una mirada incriminatoria pero silenciosa, porque en las distancias cortas mengua la bravura. Se dirige después a la calle para comprobar que tras otro domingo extraño, todo vuelve a ser normal al día siguiente, como si nada hubiera pasado.

Y, en efecto, todo vuelve a ser igual. Los niños regresan al colegio y los padres se marchan a trabajar. En la entrada del Centro de Atención Primaria una larga cola augura que las visitas tardarán en atenderse y que tal vez alguna persona deba volver otro día. El ruido en las calles por momentos resulta ensordecedor y el ambiente nublado eleva la sensación de suciedad del aire. En el supermercado recibe el saludo del hombre sin techo, al que gentilmente entrega unas monedas. Algo más tarde regresa a casa, donde descubre, tras encender la televisión, que el aumento de su pensión sigue en el aire, aun cautivo del tacticismo parlamentario.

«Si se atreven a jugar con aquello de lo que comemos, ¿de qué más no serán capaces?», se pregunta mientras intenta recordar cuando fue la última vez que alguien le ofreció una esperanza creíble. La respuesta se hace esperar y cuando la noche cae de nuevo, concluye: «Da igual. ¿Qué prisa hay por recordar lo que ya no puede volver a suceder, no porque sea imposible, sino porque ya hemos dejado de creer?».

Just kids

Verónica Ugarte

Actualmente los chavales de veinte años están conociendo, cosas de la vida, a una de las voces más potentes, no solo dentro del campo artístico sino dentro del compromiso social.

Patti Smith no es solo cantante, compositora, poetisa, fotógrafa, prologuista… También abandera causas sociales y políticas como el genocidio en Gaza y los asesinatos de jóvenes en Irán. Es una clara voz importante contra el gobierno de Trump, el ICE y todo lo que este desatino conlleva. En suma, hace de todo menos aburrirse.

¿Cómo es que una mujer de 79 años tenga como fans a personas que no conocían nada de ella? Dua Lipa y Rosalía fueron las culpables. Pero después, descubrieron que el libro autobiográfico “Just kids” es un libro que relata los mismos miedos, inquietudes y frustraciones que ellos viven ahora.

Con una juventud que ve claramente que independizarse de sus padres es un plan a largo plazo, y que posiblemente abandonar España, con todo lo que conlleva, una dirección, una guía no está de más. Con esto no hablo de alineamiento, sino de ver que alguien vivió y vive las mismas dudas tangibles y no tangibles. Porque muchas veces se nos olvida que tuvimos veinte años, y en mi caso es un tiempo al que no quisiera volver.

Mientras a su alrededor ven un futuro negro negro y pesimista, una luz, una ayuda en medio del caos en forma de libros no es nuevo. Es una adicción, una esperanza que se alimenta a través de las palabras y acciones de otros, siempre vivos mientras sean leídos; mientras sean entendidos; mientras sus voces pasen por la reflexión y no la adulación ciega.

Siendo parte de la generación que fue testigo de antes y del después; del ayer y el hoy en un mismo día, ver cómo los Grandes nos van dejando solo en cuerpo, puesto que el alma popular los mantiene vivos, sentí una profunda alegría cuando David Uclés fue vetado para asistir a las jornadas acerca de la guerra civil. Si un casposo arrogante, amigo y amante del carril derecho se enfada contigo, es que estás haciendo lo correcto.

Lo correcto para Uclés fue declinar la invitación a dichas jornadas por estar invitadas figuras de la derecha que tanto daño han hecho a España. Un daño que seguimos pagando no solo por culpa de legislaciones hechas por y para los amigos. Por fondos buitre que tienen el poder de la vivienda en las grandes ciudades. Por individuos que aparezcan en los Papeles Epstein.

Después de hacerle el feo, así se lo habrá tomado señorito académico, porque más allá de su trono de escritor de bestsellers (lo cual no es sinónimo de calidad, sino de ventas), el berrinche se ha servido. Las jornadas se han reprogramado, y con viento fresco.

Mientras tanto, el amigo David pasa por los canales de radio y televisión afirmando que no se arrepiente de sus palabras. El compromiso social como partero de una nueva pluma cuya voz no debe ser callada, sino animada, elogiada, leída.

“La ciudad de las luces muertas”, homenaje del andaluz a Barcelona es un paso a la lectura llena de alegrías, luces, voces de todo tipo. A mí, que la estoy iniciando y spolier va, ver que en el listado de los personajes indica como “El mexicano” a mi amado Carlos Fuentes, simplemente me conquistó.

Para la izquierda es importante que surjan voces nuevas en todos los sectores que se enfrenten a las mentiras de la derecha. En 1939 ganaron unos, perdieron muchos. Tengo en mis archivos personales varios telegramas dirigidos mi abuela, a quien se le denegó una y otra vez una pensión porque puesto que “no se aceptan pensiones para los hijos de los muertos al servicio de los rojos”.

Hablar de tiempos pasados como enterrados, y además darle más voz por parte de los vasallos a sus amos de derecha, es alargar las mentiras que ya son cansinas, y por fortuna, a estas alturas menos creídas y más cuestionables.

Si he hablado de Patti Smith es porque ella está viviendo una vida y un compromiso que aún me pertoca. Porque tuvo el valor de asistir a lecturas en Reading en honor de Oscar Wilde. Porque es inquieta y no para de moverse, de escribir, de darme más lecturas para alimentar los tiempos muertos, vivos, el alma y el espíritu. Porque también marca el camino difícil, el suyo propio y le sienta muy bien.

En cuando a Uclés, queda el ánimo de leer una hermosa prosa, unas palabras que hacen mal a quien deben hacerle. Es un incómodo que hace falta, mucha, en este país donde todavía muchos siguen mirando a los señoritos con miedo e inefable respeto, perdiendo toda dignidad.

“Siempre se puede escoger. Uno escoge siempre. Aunque no quiera. Vivir es escoger”. Max Aub

Elecciones en Aragón ayer, pero no habrá gobierno hasta marzo (por lo menos)

Carlos Hidalgo

El Partido Popular ha ganado las elecciones en Aragón. Ha perdido dos escaños y su objetivo de ampliar mayoría para no depender de Vox no se ha podido lograr. Vox ha aumentado un tercio sus votos y ha duplicado sus escaños. Imagino que, como en Extremadura, querrán poner las cosas difíciles a los populares y que se tardará en formar un gobierno. Pese al triunfalismo de Miguel Tellado (que intervino antes que Jorge Azcón, lo cual es llamativo), que se alegraba más del descalabro del PSOE que de su victoria, en la sede del PP aragonés había caras largas y no se esperaba con ilusión la perspectiva de sentarse a hablar con Nolasco, el candidato de Vox. Como bien ha dicho Ignacio Urquizu, antiguo colaborador de este blog: si convocas elecciones esperando sacar 32 diputados y al final te quedas en 26, a lo mejor tienes que pensar que bien, bien, no has hecho las cosas.

Queda ver si Nolasco, que se quejaba de lo bruscos que eran algunos de los cargos de su partido, tendrá la autonomía suficiente de la sede Vox -en la madrileña calle de Bambú- para poder negociar a su manera. También está por ver cómo los malos modos de Vox con la prensa se traducen en las relaciones con el Grupo Henneo, propietario del Heraldo de Aragón y de la mayor parte de las productoras que elaboran contenidos para Aragón Televisión.

Malísimo resultado para el PSOE, que de nuevo comprueba que la fórmula de sacar a alguien de un ministerio para liderar una candidatura no funciona. La acción ministerial no te concede automáticamente, ni carisma, ni el respaldo unánime de tu electorado y casi ni el de tu militancia. La organización, que aún no se había repuesto de las contusiones y moratones producto del relevo en su secretaría general, no estaba en condiciones, ni de hacer una buena campaña, ni de poder trasladar mensajes que calaran en el electorado. Ni siquiera de poder reconciliar a ganadores y perdedores de su último proceso congresual. Podría haber sido peor. El PSOE tiene una fortísima implantación territorial y eso le ha salvado de un golpe aún más duro. Pero tiene mucho trabajo por delante y muchas renovaciones pendientes que van más allá de las meramente cosméticas.

Chunta Aragonesista no solo ha duplicado su número de escaños, sino que además también ha duplicado su número de votos. CHA, que suele ser el gran olvidado cuando se hacen análisis desde Madrid, es el único partido a la izquierda del PSOE que sube en votos y escaños. CHA es mucho más que “el partido de Labordeta” y gran parte del mérito de que haya logrado mejores resultados ha sido de su líder anterior, ya retirado, José Luis Soro, que se las apañó para mantener unida a su organización y a las coaliciones de gobierno con el PSOE. Y, además, supo gobernar siendo transparente, humilde y sin marcarse faroles ni bravatas imposibles, como en cambio hizo Podemos cuando tocó moqueta.

Podemos sale de las Cortes aragonesas. Su estrategia de considerarse tan puros que no eran dignos de colaborar con nadie ha sido recompensada con la pureza máxima: quedarse fuera de todo dándose la razón.

La derecha caciquista aragonesa, representada tradicionalmente por el PAR (Partido Aragonés), también sale de las Cortes. Y de ella solo queda Teruel Existe, que baja un escaño y más de 10.000 votos. Guitarte podrá darse menos importancia, aunque estoy bastante seguro de que tratará de destacar lo imprescindible que es para el PP, aunque a Azcón no le valga la suma con ellos.

Sumar e IU llegan por los pelos a tener representación parlamentaria, por lo que de nuevo tendremos eternos debates acerca de la unidad de la izquierda a la izquierda del PSOE, en el que ambos partidos minoritarios tratarán de mirar a CHA por encima del hombro y con Podemos tratando de sabotear todo. Y seguramente con campañas de imagen de ex Podemos, como el muy insistente Nacho Escartín, breve líder de Podemos Aragón que busca cualquier hueco, candidatura y lista rojiverde para volver de nuevo al candelero.

Mientras tanto, es bastante posible que Aragón no tenga gobierno hasta marzo o abril, pues tanto PP como Vox buscarán usar los resultados de otras regiones, como las inminentes elecciones en Castilla y León, para usarlas como posición de fuerza en sus negociaciones.

En la ficción de las cosas

Juanjo Cáceres

Un hombre cualquiera se dirige a coger un tren de cercanías. Son las 12 de la mañana de un sábado y al acercarse a comprobar el horario, unas personas que ejercen precariamente de orientadores le indican: «No se moleste en mirar las pantallas, porque hace más de una semana que no debe hacerse caso de ellas. Mi compañero está ahí abajo junto al maquinista para confirmar que este es el tren que sale ahora». Pasan algunos minutos y, en efecto, el compañero hace una señal con el brazo, tras la cual los pasajeros reciben la instrucción de bajar al andén y subir al tren. Aposentados ya en sus asientos y convencidos de estar a punto de partir, de repente, ven pasar por la vía de al lado otro tren con unos pocos viajeros que han recibido una indicación distinta. Su cara, tras ver al convoy correcto partir en la dirección que ellos querían seguir, oscila entre la incredulidad y el asombro.

El hombre cualquiera piensa: «Bueno, no es tan raro sufrir una incidencia, seamos pacientes: indignarse no sirve de nada». Y tiene razón, al menos en parte. La indignación no va a acelerar su viaje, sino que será solamente el resultado emocional de una circunstancia no deseada. Y mientras espera, el hombre cualquiera medita sobre otras cosas que tampoco están ocurriendo. La llegada de una rápida solución. Una explicación clara. Un servicio alternativo completo. Una ampliación de los servicios de transporte ofrecidos por otros medios (autobús) o por otras empresas (FGC).

Todo ello conduce a que se plantee por qué, pese a que esos fallos de funcionamiento llevan varios días dejando a las personas usuarias sin tren, nadie ha puesto sobre la mesa una solución de alcance que realmente sea reparadora y devuelva la apariencia de normalidad a las infraestructuras. Llegado a ese punto, se pregunta cuál es esa pieza que falta en el rompecabezas. Esa “no respuesta” de la que, además, nadie parece ser consciente, como si no fuera posible o como si ya no estuviera al alcance de nadie poner los medios para completar y compensar temporalmente lo que ya no se muestra operativo.

El hombre cualquiera se da cuenta de que las cosas no son como deberían ser, pero no comprende el motivo, por lo que sigue creyendo en la fatalidad, en la suma de circunstancias adversas, en la mala suerte y en la fragilidad del ser humano. Un ser humano poderoso tecnológicamente, pero incapaz todavía de solucionarlo todo. Consulta en las redes para hallar alguna buena explicación, pero solo le ofrecen griterío. Acude a la prensa, pero las reflexiones que allí lee tampoco le convencen. Piensa en la televisión y recuerda que los responsables gubernamentales tienden a divagar, aunque ahí sí que hay una cosa que tiene clara: lo hacen con solemnidad y, sin duda, con grandilocuencia.

Tras no hallar una mejor respuesta, se da por vencido y se ve abocado a atribuirlo todo a una mera avería. Pero la centralidad de las averías y de las incidencias que impiden la normal circulación de los trenes, es totalmente ficticia, y no lo es porque no existan, sino porque se perciben solamente como consecuencia y no también como síntoma. Porque los desperfectos y zonas de riesgo extendidas por todas las infraestructuras desvelan algo más inquietante: la posibilidad de que el Estado sufra una profunda crisis de capacidad de respuesta y que ello le impida seguir ofreciendo servicios de manera estable y garantizada a la ciudadanía. Una crisis ya no solamente puntual, sino de alcance sistémico.

¿Cómo interpretar, si no, todo ese colapso? Hoy las incidencias desnudan la realidad, pese a que los agentes con influencia se apresuren a vestirla de nuevo. Sin duda es mucho mejor quitarle importancia, tratarlo todo como un pequeño problema de falta de inversión o echarle la culpa al cambio climático, que mostrar la cruda realidad. Sobre todo porque asumir la realidad tiene consecuencias tales como que se exijan responsabilidades políticas o que se reduzca la confianza de la población en las instituciones y en el buen uso de sus impuestos. Es mucho más sencillo y cómodo atribuirlo todo a un pequeño fallo de cálculo en las inversiones o a un comodín recurrente como el clima, aunque precisamente el asunto climático represente la mejor prueba de la gravedad con que se habla de algo y la levedad con la que se actúa al respecto.

Nada resultaría tan chocante si al mismo tiempo que el maquinista es avisado por teléfono de cuándo tiene que salir y que el orientador hace señales con el brazo, España no presumiese de ser un país avanzado y, lo que es más gracioso, inmerso en un proceso de digitalización de empresas, ciudades y administraciones. Seguro que alguno de los pasajeros frustrados era, incluso, beneficiario de un kit digital, pero por algún motivo que desconocemos, la digitalización no ha alcanzado ni a las vías, ni a los vagones, ni a los túneles.

«Ya pasará», concluye el hombre cualquiera, mientras por megafonía anuncian que su tren partirá en breve. «En algún momento los problemas ferroviarios cesarán, los trenes volverán a ir a la hora y nos olvidaremos de todo esto». Recuerda en ese momento cada mensaje compasivo emitido estos días: «No restauraremos el tránsito hasta que las vías sean seguras», «Hemos invertido millones en Rodalies», «Venimos a dar a la población certezas», hasta que una ráfaga de viento penetra por la puerta todavía abierta de su vagón. Alza la vista y le parece ver como si todas esas palabras se elevasen y fueran arrastradas hacia algún lugar desconocido.

El imperio de los milmillonarios contra la democracia

David Rodríguez Albert

Como suele ser habitual a principios de cada año, Oxfam Intermón acaba de publicar un informe sobre las terribles desigualdades que existen en el mundo. En esta ocasión, se hace bajo el título Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios. Como he manifestado en más de una ocasión, estos estudios deberían aparecer en las portadas de todos los medios de comunicación y ser objeto de intenso debate social, pero desafortunadamente suelen pasar de puntillas en un mundo invadido intencionadamente por la frivolidad, la irrelevancia y el odio a las personas equivocadas.

El informe está repleto de datos que ponen de manifiesto las intolerables injusticias que se padecen a nivel internacional. Por ejemplo, desde 2020 la riqueza conjunta de los 3.000 milmillonarios que hay en el planeta ha crecido en un 81%, y en la actualidad equivale a lo que poseen los 4.100 millones de personas más pobres. Así, no es extraño que casi la mitad de la población mundial viva en situación de pobreza. Estas ingentes desigualdades no se deben a ningún principio de meritocracia ni se sustentan en la proclamada libertad de mercado, sino que obedecen al enorme control monopolístico de unas pocas fortunas y resultan totalmente incompatibles con cualquier mínimo concepto de democracia.

En España se repite un patrón similar. Mientras algunos voceros lanzan soflamas estigmatizadoras hacia los segmentos más vulnerables de la población, la riqueza conjunta de los 33 milmillonarios que parasitan nuestro país supera la que poseen 18,7 millones de españoles, y los salarios crecen por debajo de la inflación. En este contexto, resulta ridículo que algunos sujetos puedan señalar alegremente que estamos bajo un gobierno “socialcomunista”, a la vez que se dedican a desviar la atención de este enorme expolio y tratan de sumir en la ignorancia a amplias capas de la población, que culpan a los pobres y a los migrantes de todos sus problemas.

Este crecimiento en la concentración de la riqueza coincide con el mandato de Trump. Desde su llegada al poder, se han reducido los impuestos a los más ricos, se han bloqueado avances en la fiscalidad internacional para grandes corporaciones y se han recortado los presupuestos de ayuda al desarrollo. Según el informe de Intermón, esto podría provocar más de 14 millones de muertes adicionales de aquí a 2030. Esta tragedia humana se produce mientras los palanganeros al servicio de la versión más radical del capitalismo se lanzan a criticar la supuesta hegemonía de la izquierda woke en el mundo, discurso que debería provocar la hilaridad general ante semejante despropósito.

Pero quizás una de las principales novedades del estudio de Oxfam Intermón es la conexión que establece entre la acumulación capitalista y el poder político de las élites. Hay datos que resultan demoledores. A modo ilustrativo, “los milmillonarios tienen 4.000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que la gente corriente”. Además, según la Encuesta Mundial de Valores, realizada en 66 países, “casi la mitad de las personas encuestadas percibían que los individuos más ricos suelen comprar las elecciones de su país”. No es extraño entonces que las libertades civiles y los derechos políticos estén retrocediendo de forma alarmante, y que “en 2024 se registre un deterioro democrático por decimonoveno año consecutivo”.

Obviamente, todo esto está relacionado con el control por parte de los más ricos de los medios de comunicación y de las redes sociales, de modo que más de la mitad de las grandes empresas de medios del mundo y la totalidad de las principales plataformas de redes sociales están en manos de milmillonarios. Elon Musk, el primer hombre en superar la barrera patrimonial de los 500.000 millones de dólares, ha adquirido X; Jeff Bezos se ha hecho con el Washington Post; The Economist es propiedad de un consorcio de milmillonarios; el magnate francés de extrema derecha Vincent Bolloré controla el canal de televisión CNews; y en el Reino Unido, tres cuartas partes de los periódicos están en manos de solo cuatro familias extremadamente ricas. Con este panorama, tampoco debe sorprendernos que los discursos de odio en X hayan aumentado en torno a un 50%.

Para acabar, me gustaría destacar lo cortas que se quedan las palabras ante la realidad trágica que padecemos. Por más que rebusquemos en el diccionario, es imposible hacer justicia a los millones de personas que cada año fallecen de manera evitable en el mundo, e igualmente no encuentro ningún término adecuado para los milmillonarios que provocan este desastre y para los gobernantes y aquellos que les brindan apoyo. Quizás tenga razón Joaquín Sabina cuando escribe que simplemente se trata de “recuperar de nuevo los nombres de las cosas, llamarle pan al pan, vino llamarle al vino, al sobaco… sobaco, miserable al destino. Y al que mata llamarle de una vez asesino”.

Muros de realidad

Sergio Patón

Estamos en una época dónde se nos pide rapidez en la toma de posición. Además de tener que hacerlo con contundencia y vehemencia, o así por lo menos lo siento yo. En un contexto como éste parece que las explicaciones sobre unos accidentes como los de los trenes de Rodalies en Barcelona en vez de confrontar nuestras creencias, ideas, prejuicios u opiniones políticas y opciones de vida, las asienta. O más que asentarlas, no las hacen cambiar, diremos lo mismo antes o después. Al menos en el corto plazo, y en el largo ya dará lo mismo y no tendrán impacto político para las mayorías.

Ante el accidente de Gelida, y los posteriores accidentes e incidentes, producido por la caída de un muro, del que no sabemos si era de la Autopista o de ADIF, combine como quiera lo que viene según su criterio, seguro que o lo ha pensado o le ha llegado por algún lugar. Es lo que pensaba antes y lo que pensó después. El año que viene ya veremos, al final nos cambiamos nosotros mismos de opinión.

  1. La culpa es un gobierno corrupto y los tejemanejes de sus empresas vinculadas. El gobierno de ahora o el de otro momento [elija usted cual].
  2. La culpa es del neoliberalismo, y de las privatizaciones y desregulaciones vinculadas a este proceso. Eso de desgajar ADIF de RENFE no ha sido un buen negocio, ni dar cancha a otras empresas, tanto como trabajadores, como usuarios o como ciudadanos.
  3. La culpa es de las bajadas de inversión en lo público y en los servicios. Menos Estado es esto, y los que piden menos impuestos deberían hacérselo mirar, a no ser que quieran cero control y expoliación de lo de todos en beneficios privados de unos pocos.
  4. Es que cada vez tenemos menos España; y el puto procès. Los políticos catalanes y sus élites estaban en otras cosas, en vez de preocuparse de la parte que les tocaba en todo esto. De hecho los catalanes no han apoyado al gobierno que salió de las urnas. Un suma y sigue que nos hace perder muchos esfuerzos de todos en beneficio de lo común, de la España de todos, cómo son las Cercanías de Barcelona-Cataluña.
  5. Puta Espanya, la culpa es de un Estado que no es el de nosotros los catalanes. Que no invierte en Catalunya, que nos expolia para luego devolvernos menos de lo que aportamos y además insultarnos, invierten lo que se invierte en una colonia. El penúltimo embate del país, el procès, empezó así por los problemas de Rodalies, y así seguimos, que no olviden. Solidaridad con el resto de España pues aún, pero parece que todo vaya a las Cercanías de Madrid, dónde estos problemas son impensables, no será sólo porqué son Meseta.
  6. Demasiados impuestos, pero para los chiringuitos del PSOE y del catalán. Nacionalismo y socialismo nos llevan a esto. El primer tren de España fue el de La Habana con Santiago de Cuba, y en la España peninsular el de Mataró a Barcelona, el comunismo está acabando con las dos líneas. Felicidades.
  7. La Unión Europea que nos obliga desregular, privatizar y abrir a todas las empresas y no nos vigila los resultados. 
  8. Demasiada movilidad pero para ir a ninguna parte. Nos movemos demasiado para nada.
  9. Hemos abandonado nuestro catolicismo como Dios manda; y él ha abandonado a España.
  10. Me quejaría del Opus Dei pero ya no están, creo.
  11. En el fondo lo de los trenes es para que vayan los inmigrantes; autopistas de pago bien hechas y santas pascuas.
  12. El cambio climático está claramente impactando en nuestras infraestructuras y más que lo hará. Hace un par de año estuvimos de sequía y ahora hemos entrado en un periodo de lluvias. No sabemos si estamos de monzón o de clima tropical. Pero como vienen avisando los científicos, llueve sobre mojado, y muchas de nuestras infraestructuras no están pensadas para este nuevo clima y las situaciones que nos provocan. Ojo que la R1 va por el lado de la costa y cualquier día o se cae o se sumerge.

Lo que es seguro es que es lo que sosteníamos antes del accidente.

Frente al anonimato y la impunidad

Julio Embid

Si yo fuera presidente del Gobierno, la primera medida que tomaría por el bien de la democracia y de la libertad de expresión sería acabar con el anonimato en las redes sociales. Que nadie pueda publicar con total impunidad en internet sin dar su nombre, sus dos apellidos y su número de DNI.

Y lo digo escribiendo en un blog que, durante más de una década, ha publicado centenares de columnas firmadas con seudónimo (o nom de guerre, que dirían los más veteranos). Lo digo siendo consciente de las consecuencias que tendría una medida así. Pero también lo digo porque no hay derecho a que @mortadelo88 o @republikanoradikal llamen “hijo de puta” o “asesino” a Pedro Sánchez Pérez-Castejón o a Santiago Abascal Conde sin ninguna consecuencia personal, más allá de contribuir a envenenar el ambiente público.

El pasado domingo 1 de febrero, una señora condujo su coche más de 50 kilómetros, desde el Rincón de Ademuz (Valencia) hasta Teruel, para poder gritar “hijo de puta” al presidente del Gobierno durante un mitin del PSOE. Fue expulsada del recinto (¿hay buenas maneras de sacar a alguien que grita “hijo de puta”? Yo las desconozco) y, en menos de una hora, había perdido el anonimato y alcanzado una fama que probablemente no buscaba.

Se trataba de Belén Navarro Cañete, concejal responsable de las áreas de Sanidad, Servicios Sociales y Salud, y de Urbanismo, Obras e Industria, en el Ayuntamiento de Vallanca, por el Partido Popular. En su defensa, afirmó que había actuado de manera espontánea. Espontáneamente condujo 52 kilómetros. Espontáneamente hizo cola para entrar en un mitin de un partido que no era el suyo. Espontáneamente esperó a que intervinieran Rafa Guía, secretario general del PSOE de Teruel, y Pilar Alegría, candidata a la Presidencia de Aragón por el PSOE. Y solo cuando subió al atril el último interviniente decidió, también espontáneamente, gritar el insulto.

Probablemente la señora Navarro, acostumbrada en Twitter y Facebook a llamar a diario “hijo de puta” a Sánchez desde la comodidad de su casa, no midió las consecuencias de hacerlo en un mitin lleno de cámaras. En el anonimato del sofá, con el móvil en la mano, no hay consecuencias. Nadie te ve. Nadie te señala. “Hijo de puta”, “asesino”… y a hacer la cena. La impunidad es total.

Quien actúa con violencia o abusa del poder sin querer rendir cuentas suele cubrirse el rostro. Los agentes de la policía de fronteras estadounidense, el ICE, actúan en muchos casos encapuchados, con gafas de sol y armas largas, para evitar ser identificados cuando detienen, deportan o separan familias. No es algo nuevo. También lo hicieron los terroristas del Ku Klux Klan: de día, honrados comerciantes y agricultores; de noche, con la cara cubierta como nazarenos, quemando casas y linchando a quienes consideraban enemigos. La impunidad siempre necesita anonimato.

La defensa de la democracia es un asunto demasiado serio como para trivializarlo. Criticar a los gobiernos es no solo legítimo, sino necesario. Pero el insulto sistemático, amplificado por plataformas propiedad de multimillonarios de extrema derecha, sin consecuencias ni responsabilidades, es otra cosa. La Unión Europea debería tomarse mucho más en serio su propia supervivencia frente a los extremismos financiados desde fuera, desde Estados Unidos y desde Rusia, que trabajan activamente para destruirla.

Su lucha

Carlos Hidalgo

Adolf Hitler acumuló una fortuna personal que equivaldría a 450.000 millones de euros actuales, casi el doble del patrimonio que posee el hombre más rico del mundo en este momento, Larry Ellison, fundador de Oracle. Aparte de las “donaciones” y “regalos” que el líder nazi recibía, gran parte de su fortuna se debía a las regalías por su libro, “Mein Kampf” (“Mi Lucha”), que cuando él llegó al poder se convirtió en lectura obligatoria en las escuelas, se regalaba a los novios cuando se casaban y que, en sus diferentes traducciones, era comprado por los admiradores del nazismo a lo largo y ancho del mundo. Las regalías de Hitler eran 16 veces mayores que su sueldo de Canciller del Reich. Obviamente casi todo este patrimonio acabó destruido a causa de la guerra provocada por el mismo Hitler. Sus casas fueron arrasadas o expropiadas, sus posesiones personales saqueadas y sus cuentas en Suiza nunca fueron reclamadas y, por tanto, pasaron a ser incautadas por el Estado suizo.

El actual titular de los derechos de autor de su libro y heredero de su patrimonio inmobiliario es el Estado de Baviera que, naturalmente, no tiene demasiadas ganas de rentabilizar la obra de uno de los mayores criminales de la historia y que ha demolido la mansión alpina del dictador para que no se convirtiera en un lugar de peregrinación para simpatizantes del nazismo. Y el bloque de pisos en el que vivía en Munich es ahora una comisaría.

Aunque Trump es uno de los lectores contemporáneos de “Mi Lucha” y no tiene problemas en citar (sin decir de dónde las ha sacado) frases y fragmentos del libro de Hitler, no parece que vaya a imponer ninguno de los libros que hay a su nombre en el mercado. Entre otras cosas, porque ni siquiera los escribió él. Citar a Hitler parece ser suficiente, véase este fragmento de Mein Kampf citado para justificar la posible invasión estadounidense de Groenlandia: “la naturaleza no ha reservado esta tierra para la futura posesión de una nación en particular; por el contrario, esta tierra existe para el pueblo que posea la fuerza de tomarla”.

A falta de libros propios, Trump ha decidido aumentar su fortuna exigiendo donaciones para su “biblioteca presidencial” (algo muy poco regulado y que en ocasiones anteriores ya se consideró como un agujero legal por el que se puede sobornar a presidentes en activo), demandando por extravagantes cantidades de dinero a medios, como el New York Times, la CBS o la BBC, exigiendo mil millones de dólares para ingresar en su recién creado “club de la paz”, del cual es presidente vitalicio y, en general, pidiendo descaradamente que se “invierta” en las empresas dirigidas por su hijo Donald Jr. o por su yerno, Jared Kushner.

Y, total, ¿quién necesita un libro sobre tu doctrina personal cuando esta, en realidad, no existe y tienes a medios del tamaño de Fox News dedicados a justificar intelectualmente cualquier barbaridad que se te cruce por la cabeza?

Ahora parece que Trump y su entorno han aceptado otro soborno de Jeff Bezos, fundador de Amazon, en forma de un documental acerca, no de Trump, sino de Melania Trump, su esposa, exmodelo eslava e inexpresiva primera dama. El documental ya se ha estrenado en cines y parece ser que hay anuncios en prensa que ofrecen 50 dólares a quien vaya a verlo y aguante toda la proyección.

Mientras tanto, la otra lucha de Trump prosigue con detenciones y expulsiones extrajudiciales, alrededor de 40 personas (entre ellos Alex Pretti y Reneé Good) han muerto a manos del ICE, el departamento de aduanas reconvertido en “stürmtroopers” de Trump, más de 1200 desaparecidos tras ser detenidos en las redadas antiinmigración de estos, una política exterior errática, dedicada a perseguir intereses personales y no nacionales, persecuciones e investigaciones policiales arbitrarias a opositores…

¿Para qué escribir un libro si te van a regalar el dinero igual y puedes hacer lo mismo mientras te van a escribir los planes otros?

Soufflé emocional

Arthur Mulligan

El desgaste del Presidente se hace cada día más transparente, más indisimulado y mucho más predecible porque no se oculta; no aspira a ser creído ni a convencer a fuerza de repeticiones toscas de sus trucos, como la envoltura de los problemas en cajas de muñecas rusas siempre iguales a sí mismas pero en diferentes tamaños que satisfagan los egos en presencia, desde los liliputienses podemitas vanidosos hasta los dignísimos representantes de la Cataluña eterna y levítica; desde los armadores de flotillas happyflowers hasta los jóvenes airados de barricada pret a portè.

Y detrás de cada columna la amenaza del encontronazo casual con uno o dos vascos que vegetan esperando revitalizarse con la gestión de los aeropuertos locales o la última transferencia de moda en Cataluña.

Pero el ferrocarril son palabras mayores, tanto como un portaviones para una flota o la extensión de España para los españoles. Por eso mismo ha sido y deberá seguir siendo un orgullo para todos, que es lo mismo que decir que se encuentra en relación íntima con nuestro PIB, una parte del cual se gasta el Estado español, exactamente el 39% en 2007 que se convirtió en el 46% en 2022.

Por desgracia, la inversión pública ha caído desde el 5% del PIB hasta el 2% en el mismo periodo, con el agravante de que las infraestructuras son determinantes para seguir generando PIB e ingresos públicos para pagar pensiones, sanidad, educación y dependencia, pero ni les estamos dando la prioridad que merecen, ni estamos invirtiendo el dinero necesario para mantenerlas. 

El AVE es un tren sofisticado y su mantenimiento, como estamos conociendo, extraordinariamente caro y más caro aún después de la liberalización del tráfico a otras compañías.

Es en este contexto en donde se ha producido la tragedia, hondamente sentida, del accidente de Adamuz, porque en algún momento cada uno de nosotros podemos tomar un transporte público máxime cuando se nos dice que es el más seguro y, en conjunto, las cifras acreditan esa información. Por eso hemos seguido con mucha atención las causas que han producido este accidente y la gestión de los daños por las administraciones concernidas.

Resulta, sin embargo, que nos encontramos con que la principal de ellas en esta crisis sufre una crisis de credibilidad por qué no aparece como un ministerio, especialmente preocupado por criterios técnicos. El ministro anterior está encarcelado a la espera de juicio, su compañero de celda hasta hace poco, nombrado Consejero de Renfe; la expresidenta de Adif imputada; la compañera sentimental del ministro, colocada; más sospechas de nepotismo en varias empresas públicas; más graves sospechas en adjudicaciones de obras públicas; más sospechas de nombramientos de amigos, ya bajo el mandato del ministro Puente, 

porque este ministro no se distingue precisamente por su experiencia ni por el uso del criterio técnico a la hora de comunicarse con los ciudadanos sino por convertir las desgracias nacionales en motivos de enfrentamientos.

Es un ministro faltón, insultador, que ha recibido a presión unas explicaciones técnicas que exceden con mucho su capacidad de no equivocarse y mucho más aún de rectificar con soltura sus meteduras de pata.

Por el contrario, discute con acreditados peritos frente a la cámara desde su ignorancia supina convirtiéndose en un espectáculo desalentador para los espectadores asociado con el previsible dolor para los familiares de las víctimas.

Después se atreve a proponer indemnizaciones actuando de parte y levantando justificados recelos cuando todavía sus hipotéticos beneficiarios se recuperan de la conmoción por el duelo.

No manejan bien las crisis que se superponen y cada vez cometen más errores. Las encuestas no se mueven (son doscientos diputados). Tampoco los vagones de Rodalies. Toca esperar mientras el país pierde oportunidades y se empobrece. Recuerden las cifras. Esto si es un soufflé emocional.

El fin del mundo conocido

Juanjo Cáceres

Muchas veces se ha debatido sobre si el fin de mundo se producirá mediante una estruendosa explosión o un silencio atronador. Los argumentos a favor de la explosión son numerosos y se encuentran bien avalados por décadas de proliferación nuclear, pero no es nada desdeñable tampoco lo del silencio, puesto que no son pocos los que sospechan que así se produjo el fin de esa especie tan añorada que conocemos como hombre de Neanderthal. El gusto que además compartimos los seres humanos y los animales por morir mientras dormimos o porque un sueño profundo preceda el instante anterior a nuestra defunción, abunda aún más en esa idea de que todo es mucho más silente de lo que a veces nos imaginamos.

Pero también es posible que el fin del mundo empiece ruidosamente y acabe mucho más silenciosamente. O que el ruido que se escucha sea pequeño en comparación con lo que realmente ocurre. Esto último, además, podría estar produciéndose actualmente. ¿Qué nos imaginamos que ocurrirá cuando el mundo se empiece a caer en pedazos? ¿Un accidente nuclear o todo un conjunto de avisos sutiles y diversos, repartidos por diferentes partes del mundo? Por ejemplo, guerras que se eternizan como si fueran una maldición, asesinatos indiscriminados en Minnesota, trenes que se salen de sus vías, gobiernos que todas las respuestas que ofrecen a los desastres y al caos pueden resumirse en impotencia e inactividad administrativa…

El mundo romano occidental presagió su fin al ver llegar ejércitos procedentes del mundo exterior que ocupaban sus tierras, sus villae y sus instituciones, pero en tiempos más sutiles, como los nuestros, hemos de lanzar nuestra mirada sobre lo que ocurre más sigilosamente. Unas pantallas que nos mantienen embobados. Una Inteligencia Artificial que deja nuestra presumible superioridad intelectual a la altura del betún. Unas nuevas generaciones que se imaginan que los impuestos son una forma de robo. La estigmatización del otro como norma. La rendición como única solución a los grandes problemas. El retorno al mundo de las apariencias, en detrimento del mundo real. Y, no menos importante, una decadencia total y completa de las organizaciones políticas, que las hace incapaces de analizar e interpretar con un mínimo de rigor la realidad, e iniciar alguna forma de proceder que tenga sentido y sea coherente con la misma.

El tema de Rodalies en Catalunya podría ser el mejor caso práctico de todo esto, porque integra como pocas cosas desmoronamiento de la infraestructura, incapacidad de mantener las prestaciones, actitud de “ventilador” y “sálvese quien pueda” de las administraciones y empresas implicadas y, como colofón, un Govern cuyas explicaciones y, lo que no es en modo alguno menor, forma de explicarse, están lejos de los criterios más elementales que deben marcar la relación con la ciudadanía. Si hoy preguntásemos a una Inteligencia Artificial como debemos abordar la crisis de Rodalies, respondería proponiendo un proceso ordenado, aparentemente coherente y luego ya veríamos si es eficaz o no. En cambio, las respuestas del Govern son confusión, ruido e inoperancia. Pero no se extraiga de ello que este es un problema del partido que gobierna: sobre la pregunta de si los partidos de la oposición, en este contexto, dan más pena que gloria o viceversa, creo que no puede plantearse duda alguna sobre cuál de las dos opciones es la correcta.

Pero ojalá solo fuera esto, ojalá el desplome del sistema público que hemos conocido solo se notara en un mal servicio, y no se notase también en horribles tragedias como la de Ademuz, en las numerosas formas de abandono institucional que manifiestan nuestras democracias y en el resurgimiento del individualismo extremo como único mecanismo de respuesta ante la adversidad y el desencanto. No está de más recordar, en estos momentos que justamente escuchamos al Gobierno central decir que está dando la cara, que este es un país donde la luz se evaporó repentinamente hace varios meses y que las explicaciones que se han dado al respecto son también muy vaporosas y sin responsabilidades claras, aunque de nuevo, hay unas infraestructuras que están entredicho.

Porque, en efecto, comunicar no es ponerse delante de un micrófono: es realizar un discurso donde se exponen unos hechos, se aclaran las causas y se proponen respuestas o soluciones. Es cierto que hay personajes como Trump que hablan sin cumplir ninguna de las tres condiciones y que transmiten consideraciones tan alejadas de la realidad, que solo pueden ser consideradas como falsas, pero eso no hace más explicable o justificable la ausencia de claridad y la puesta en duda de la transparencia que debe regir toda conducta pública.

Aunque quizás, volviendo al principio, estas conductas, estas dinámicas y estos efectos no sean más que otro signo sigiloso todo eso que nos va viniendo y que nos vuelve cada vez más preocupados, temerosos e infelices.