Permafrost
Una experiencia particularmente penosa para todo aquel que en algún momento se haya considerado imbuido de sentimientos de majestad y excelencia que lo individualizan por encima de la chusma canallesca constituida, básicamente, por «todo el mundo menos yo», consiste en descubrir súbitamente cuán patético, miserable e insignificante es uno. Recibir un baño de humildad, una lavativa para el ánimo narciso, un correctivo para la pose altanera, cuando es merecido, pertinente y, sobre todo, cuando se asimila, se asume y se interioriza con la resignada aceptación de lo que es justo e instructivo, suele dejar una profunda huella que, aunque dolorosa, ayuda a forjar un carácter ecuánime. Me gustaría decir que hablo con conocimiento de causa, si no fuera porque, con absoluta franqueza, no puedo declararme libre de toda vanidad, sin incurrir precisamente en la misma arrogancia de la que recelo. Hay en todo esto un sutil encaje de contradicciones. Sigue leyendo