Deseo

Lope Agirre

 

Es conveniente, de vez en cuando, recuperar las cartas antiguas escritas a los amigos y leerlas, con los ojos y labios de hoy, para saber cuál ha sido la distancia recorrida desde entonces hasta ahora, desde ellos hasta nosotros. Las cartas son como los fanales de las estaciones ferroviarias. El jefe de estación lo lleva en la mano, habla con el maquinista, le señala dónde se encuentra, le indica que es hora de partir. La máquina emitirá un pitido, de alegría supongo, y el maquinista, volviendo la vista atrás, verá la luz oscilante bailar y luego desvanecerse. Comenzará el viaje, de nuevo. Todo comienzo es alegre; significa un reencuentro con la vida, un amanecer, un renacimiento. “La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta esta sensación –prisión, enfermedad, hábito, estupidez– uno quisiera morir”, escribió Cesare Pavese en su diario. Más tarde, el tren entrará en un túnel, la oscuridad apagará toda ilusión de luz, y, al salir del agujero negro, otro será el tren, como otro será asimismo el paisaje que se contemple desde el vagón.

 

Calígula de Albert Camus es como un fanal de luz. “Sólo quiero la luna”, responde Calígula a su fiel Helicón, cuando viene a avisarle de que tenga cuidado, de que vienen a matarlo. A él no le importa saber que lo vayan a matar o no. Es más importante para él ser dueño de la luna, o creer que puede poseerla. Porque más importante que la posesión de algo es sentir el deseo de que se puede poseer ese algo, de que puede ser nuestro. El deseo no tiene límites; la posesión del objeto deseado, sí. El deseo no tiene otro objeto, más que la consumación del propio deseo; ni otro cuerpo que no sea el del propio deseo. El deseo, para algunos, es Dios. Empuja a la vida, tanto como a la muerte. Coloca en difícil y precario equilibrio al cuerpo del deseo, lo saca de su camino tranquilo y lo lleva por el de la locura. 

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