Al Masri

 El crítico constructivo

Mientras escribo estas líneas, miles de egipcios -centenares de miles según las previsiones- se preparan para acudir en masa al centro de El Cairo y tumbar la dictablanda que Hosni Mubarak viene manteniendo desde hace tres décadas en la milenaria nación de los faraones. El Rais reaccionó demasiado tarde al contagio tunecino y todo parece indicar que la sociedad egipcia no parará hasta derrocarle, especialmente en vista de la última declaración del ejército ayer, confirmando que no disparará contra el pueblo, lo que sin duda animará a más gente a sumarse a la protesta.

Mubarak cesó al Gobierno y nombró vicepresidente –cargo siempre vacante desde que él lo dejara en 1981 para reemplazar en la Presidencia al asesinado Sadat- al ultrapoderoso general Omar Suleiman, director de los servicios de inteligencia desde los primeros años noventa y eterno hacedor entre bambalinas de todos los tejemanejes tan al uso en Oriente Medio, incluidas las negociaciones entre Israel y Hamás. Y sin embargo, ayer Suleiman parecía también superado por los acontecimientos, anunciando desde la televisión que va a abrir conversaciones con todas las fuerzas políticas y que Mubarak le ha encargado investigar todas las alegaciones de fraude en las últimas elecciones, concesiones absolutamente impensables para el rígido régimen egipcio hace sólo pocos días.

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