José D. Roselló
Pocos dudan ya de que la crisis que atravesamos en este momento no es meramente económica. Su duración y profundidad van conformando un entorno social en el que cada vez son más frecuentes los indicios de que nos enfrentaremos en breve a un cambio en el paradigma político. Incluso, en una acepción amplia del término, a un cambio institucional. Por ponerle una etiqueta a este proceso, podríamos hablar, aunque no sea la primera vez que se utilice este término, del fin de la sociedad de la Transición.
Es evidente que en el período de los últimos 70 primeros 80, España era un país más pobre y atrasado de lo que es hoy. Eran mayores sus desigualdades sociales y abundaban las incertidumbres. Sin embargo, con la debida cautela que da el hablar de cosas elusivas como “espíritus de la época” y tratando de no caer en mitificaciones, la parte abrumadoramente mayoritaria de la sociedad parecía compartir al menos dos cosas muy básicas: aspiraciones a mejorar y esperanza en el futuro.