Frans van den Broek
Los psicólogos, dados a opinar sobre tantas cosas, suelen decir también que el ser humano es cognitivamente miserable (o miserablemente cognitivo, si se tiene un talante más existencialista), en el sentido de que tiende a ahorrarse energía a la hora de hacer funcionar las entendederas. Dicha tendencia a la avaricia es harto útil, por supuesto, ya que permite operaciones de juicio y acción rápidas que le evitan al desamparado ser humano la necesidad de enfrascarse en prolongadas y costosas cadenas argumentativas o inquisiciones perceptivas cada vez que tiene que analizar su situación en el impredecible mundo en que vivimos, lo que, a la larga, puede costarle la vida. Por ejemplo, si en medio de una pradera en la India uno ve un objeto de tamaño mayor o similar al nuestro, de locomoción rápida efectuada por medio de cuatro extremidades, cruzado de rayas negras y amarillas y emitiendo un sonido ronco, lo mejor que uno puede hacer es echar a correr como alma que se lleva el diablo o coger la primera piedra o palo que uno encuentre, concluyendo sin mayores artilugios que se trata de un tigre a la hora de la merienda con intenciones de convertirnos en la suya. Nuestra reacción ha de ser tan o más rápida que la carrera del mentado felino, y esto implica saltarse cualquier proceso de análisis dedicado y completo de la situación, y huir o pelear. Si luego resulta que el supuesto felino era nuestra tía Martina envuelta en un absurdo abrigo de pieles durante las vacaciones de que uno estaba disfrutando en dicho sub-continente, corriendo a nuestro encuentro emocionada para darnos un beso, no importa demasiado, aunque siempre cabrá preguntarse más tarde si las fauces del tigre no hubieran sido mejor que el beso de nuestra tía. Al final paga hacer un juicio súbito, aunque incorrecto, antes que terminar merendado por una fiera, sobre todo si uno sitúa esta tendencia en el contexto más amplio de la evolución de la especie.