Frans van den Broek
Sin duda, una de las tragedias más espantosas del siglo viente, tan pródigo en horrores, fue la partición de India y Pakistán tras la independencia de India de la colonia británica. La historia es compleja y es difícil atribuir responsabilidades, pero es inevitable afirmar que fueran quienes fueron los responsables, dieron muestra de una monumental -diríase hasta criminal- estupidez, de lo que no se salva nadie, ni el mismísimo Ghandi y con los británicos a la cabeza. Hasta el más ignorante campesino hubiera podido predecir lo que sucedería al crear un país bajo premisas religiosas en una región como aquella, donde conviven la tolerancia y la intransigencia, la espiritualidad y la miseria moral. Quizá nunca se sepa cuántas personas murieron a raíz de la partición, pero se cuentan en decenas de millones, sin contar las que morirían después por las guerras entre Pakistán e India. Desde este punto de vista debiera considerarse la independencia de India y la creación de Pakistán, aquella medianoche de agosto de 1947, como una fecha de luto, no de celebración. Las naciones, sin embargo, se nutren de victorias, de héroes y de triunfos míticos, de mentiras, en suma, y es así que aquel día es celebrado como un día de libertad, esperanza y consumación. Es en esta encrucijada que se centra la película que quisiera comentar, basada en el libro homónimo de Salman Rushdie, «Midnight’s children», con colaboración del mismo autor.