Ilusiones de la distancia

Frans van den Broek

El día dura hasta bien entrada la noche en Escandinavia y confiere una sensación de irrealidad al largo atardecer, iridiscente y mágico. Si la experiencia es matriz de nuestra comprensión afectiva del mundo, ¿qué tipo de comprensión del mismo poseen los escandinavos? ¿Es posible que la belleza natural contribuya a mejorarnos como seres humanos? No faltará quien lo afirme, aludiendo quizá a la conocida relación entre lo bello y lo bueno, debatida desde la antiguedad, como no faltará quien lo niegue, recordándonos la existencia de seres humanos miserables, aunque educados en los más sofisticados refinamientos estéticos, capaces de llorar de emoción ante un atardecer mediterráneo y de torturar a quienes consideren indignos de respeto. La verdad se encuentra quizá, como tantas veces, en algún lugar intermedio: la sola belleza no puede embellecer un alma ni la depravación moral impide disfrutarla. La belleza, quiero creer, produce estados psíquicos más afines con la moralidad que con la depravación moral, pero es incapaz de elevarnos por encima de nuestra condición si no es coadyuvada por muchos otros factores que se encuentran allende el juicio estético o el placer natural ante lo bello. Al final, nuestra vida interior es cualquier cosa, menos de una sola pieza. Para bien y para mal.

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