Me es imposible recordar cuándo vi la película de Kubrick, La Naranja Mecánica, por primera vez, pero de seguro que fue décadas atrás, en la más tierna juventud (o rancia adolescencia). El libro en el que se basa la película jamás lo leí y lo supongo muy superior, no tanto por conocer a Anthony Burgess cuanto por haber visto casi todas las películas de Kubrick. Recuerdo, empero, las inmensas colas que acompañaron su estreno en Lima, y la envidia que me causaban quienes podían verla, pues entonces era demasiado crío como para poder entrar al cine, pues la cinta había sido clasificada como para mayores de 21 años. Cuando la vi, la impresión fue fuerte y de efectos impredecibles, dada mi pacata educación peruana de entonces. No sólo por la combinación de violencia y sexo que la caracteriza a momentos, sino por las ideas que la impregnan. Hasta supongo que haya tenido algo que ver con mi constante rechazo de la opción conductista como explicación de todo comportamiento humano.
La Naranja Mecánica revisitada
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