Arthur Mulligan
Finalizada la agónica puesta en escena de la diminutiva flotilla errante para divertir a la galería y molestar a nuestras Fuerzas Armadas quemando combustible en su disparatada “no misión”, los farsantes se retiran y tratan de comprender por qué el Ministro de Asuntos Exteriores no les había explicado nada, que todo era una maniobra para retener algo de su lejano esplendor, que de la misma manera que negoció un cambio radical de la posición de nuestro país sobre el Sahara o entregó de manera desconcertante principios de soberanía tradicionales sobre Gibraltar, toda su acción política pende del mantenimiento de un poder que se tambalea, abandonando cualquier continuidad estratégica nacional.
En Gaza, el ejército israelí ha ganado la guerra militarmente desde hace bastante tiempo y en estos momentos parece más que probable un cese de las hostilidades y el cumplimiento de dos de los tres objetivos que se había fijado Israel: destruir militarmente a Hamás y prohibir cualquier posibilidad de remontar su potencia. El tercero, la liberación de los secuestrados, se negocia con buenas perspectivas.
En un año, hacia el otoño de 2024, 22 de los 24 batallones con que contaba Hamás fueron neutralizados y según estimaciones americanas el movimiento habría reconstituido en parte sus efectivos reclutando 17.000 nuevos combatientes aunque se trataría de jóvenes politraumatizados y poco experimentados.
Después del ataque terrorista que ha costado la vida a 1.200 israelíes y que condujo al secuestro de 251 personas, las ciudades están en ruina, los hospitales y las escuelas han sido destruidos, la operación “espadas de hierro” ha empleado los principios de la guerra contra-insurreccional con un empleo de la fuerza desproporcional y desinhibida.
El resultado han sido 47 millones de toneladas de escombros, 1.200 km de carreteras destruidas y la renuncia del ejército a la idea de una guerra de precisión, aceptando un número de pérdidas civiles incompatibles con los principios del derecho que regulan los actos de guerra.
Cerca de 1.000 soldados israelíes han muerto en estos combates.
Estando pendientes de calificación los hechos, todos los hechos de los intervinientes por los tribunales futuros, las narrativas mediáticas difieren en su repercusión emocional en Occidente de las muertes en la guerra de Ucrania en comparación con las muertes en Palestina, y así, mientras en Ucrania la mayoría de las bajas son soldados, se reacciona con menos empatía emocional ante muertes militares que civiles. En el conflicto palestino, la alta mortalidad civil y las imágenes de destrucción en Gaza sucede lo contrario.
La cobertura mediática occidental suele ser asimétrica y politizada.
La presencia de comunidades árabes y musulmanas importantes en occidente moviliza un mayor activismo y sensibilidad hacia Palestina.
La izquierda europea se ha comprometido históricamente más con Palestina que con Israel por varias razones profundas y contextualizadas, pese a que los primeros ataques del conflicto provinieron de árabes y movimientos insurreccionales; Israel es visto en la izquierda como un estado con fuerte militarización, apoyo occidental, y síntomas de políticas represivas, lo que genera rechazo ideológico. A esto se suma la complejidad y divisiones internas en la izquierda israelí y su marginación frente a fuerzas políticas más conservadoras o nacionalistas.
Este escenario termina para Sánchez y su cañonera de la señorita Pepys y como los personajes de Pirandello buscará energía en otras causas románticas y movilizadoras antes de que termine el cincuentenario de la muerte de “ese hombre”, siempre mirando hacia atrás con ira.
Hoy, con un grosero tuteo (ni señoría, ni señor diputado) – ¡ánimo Alberto! – acompañado por una risotada extemporánea de su arrabalera ministra de hacienda, cerraba la segunda intervención un Pedro Sánchez desatado que nos recordaba una siniestra carcajada inolvidable traída de su reciente pasado y también que la legislatura está muerta, sin presupuestos y sin ninguna posibilidad de diálogo a la vez que las casas de encuestas independientes mantienen inalterable la cifra de más de 200 diputados para una oposición en permanente lucha interna, certificando la imposibilidad de armar una nueva coalición en mayoría, y ello a pesar de los gigantescos errores del líder conservador.
El Partido Socialista se asemeja cada vez más a ese ejército de Guerreros de terracota, frágil, mudo y disecado, que deserta huyendo en el tiempo como el bolero, sin rumbo y en el lodo, para asombro de los europeos.