Nuestra bulliciosa y disfuncional familia

Carlos Hidalgo

Siempre que llega la fiesta nacional me sorprende que la derecha quiera restregarme la bandera por la cara, como si para mí, que soy de izquierdas, me fuera a provocar el mismo efecto que los ajos a un vampiro. Y lo cierto es que yo me considero, no solo muy español, sino que estoy bastante orgulloso de lo que España ha logrado ser en las últimas cinco décadas. Y, al haberme pateado las 17 comunidades autónomas, así como Ceuta y Melilla (me faltan las Chafarinas y el Peñón de Vélez de la Gomera), entiendo ese hilo nebuloso que nos une y que es tan difícil de ver en ocasiones.

La bandera no me da repelús en absoluto. Si bien es cierto que me da más orgullo al verla en los hombros de nuestros astronautas que plantada en cualquier glorieta porque sí, o en los balcones cuando juega la selección, pero no en los mítines de Vox. Soy más español que la tortilla de patatas e, igual que no lo soy contra nadie, no entiendo que nadie lo sea contra mí.

España, me dice una querida amiga mexicana, es el padre despistado de una familia disfuncional, que ha sido verdaderamente consciente de que tiene hijos cuando estos ya se han ido de casa. Para mí, la hispanidad es algo bastante diferente a las nostalgias imperiales. Es que la actitud de una madre portorriqueña nos sea tan familiar como la de nuestra propia madre. Que el humor negro que recorre el continente americano tenga mucho que ver con el colmillo retorcido de nuestra cultura. Que casi todos los 600 millones de hispanohablantes prefieran la parodia a la épica, como nos lleva pasando desde El Quijote. Los padres que nos hemos criado viendo películas de Cantinflas y a los Picapiedra con acento mexicano, tenemos hijos que siguen a “streamers” de toda Latinoamérica. Y en Colombia, Ecuador, Perú o en Argentina se cuelan expresiones españolas porque las plataformas de streaming les han hecho adictos a algunas de nuestras series. Y al revés; todos hemos visto “El Eternauta” reconociéndonos en esa cuadrilla de amigos a la que la invasión extratrerrestre les pilla jugando a algo muy parecido al mus.

Nuestra historia común no es perfecta, ni mucho menos. No sé si el Rey debería escribir hoy en día a la República de los Estados Unidos de México para pedir perdón por los hechos acaecidos hace más de 500 años, pero sí que tengo claro que a nosotros nos avergüenzan las rancheras de Bertín Osborne del mismo modo que a ellos les avergüenzan las andanzas de Paulina Rubio en nuestro país.

Nuestra historia presente también es mejorable en bastantes aspectos. Pero nuestros lazos comunes, gusten más o gusten menos, se revelan hoy en día como más necesarios que nunca. Con unos EE.UU.lanzándose a unas políticas racistas y xenófobas, que califican de criminales a todos los inmigrantes, especialmente a los que proceden del sur de los Estados Unidos, hay más ojos de los que parecen que se vuelven hacia España. No tenemos la potencia económica o la ambición de China, pero nuestro PIB, dependiendo el día y el tipo de cambio, llega a ser superior al de Rusia. Queramos o no, España tiene un papel en el mundo más importante del que parece, así como los países con los que compartimos herencia. Y tal vez, esta vez, podamos hacerlo sin hacerlo contra nadie.