Arthur Mulligan
El 23 de julio ha intensificado de manera más sorprendente si cabe las señales de un cambio de ciclo y el país ya no confía la dirección de sus asuntos públicos a la izquierda, así, en singular. Los esfuerzos para resultar derrotados han sido constantes, insidiosos, atrabiliarios, deshonestos, histriónicos pero posibles gracias al incesante flujo de dinero propiciado por el relajamiento de las reglas fiscales y la mutualización de una parte sensible de la deuda, que han posibilitado el aumento del gasto público con un muy fuerte componente demagógico que buscaba la complicidad de los electores estables: pensionistas y funcionarios.
El silencio de Pedro Sánchez al conocerse los resultados fue innoble y su reacción una muestra de histeria. Los españoles deberían “aclarar” urgentemente si, como parecía, no valoraban todo lo que el gobierno había hecho por ellos, centrándose en especial en la transferencia de rentas. Les llamaba desagradecidos o directamente estúpidos, y después, con su brusquedad habitual, se agitó dando manotazos a los que había elegido para darle consejos que no funcionaban. A todos, propios y extraños. Y entonces, un sudor frío, un sudor familiar, el mismo que lo empapaba cuando humillado lo derrocaron en Ferraz y humedeció todo su ser reclamando venganza. Sigue leyendo