Dimisión y doble moral

Millán Gómez  

 

En el vocabulario de los políticos no existe la palabra dimisión. Es algo que ya sabíamos pero esta semana hemos vivido varios ejemplos de ello. Pedro Castro, Joan Tardà y Manuel Fraga son los últimos casos. Los políticos cometen excesos verbales de bulto, descalifican a los contrarios pero siguen en el poder. Los cargos electos, por su presencia pública constante, tienen que cometer errores. En caso contrario, no serían humanos. Pero eso no les exime de pedir disculpas o dimitir.

   Sigue leyendo

Otra verdad incómoda

Andrés Gastey

 

Algunos le han reprochado al ex Vicepresidente verdescente de los Estados Unidos, Al Gore, la supuesta falta de consonancia de su prédica ecologista con sus comportamientos cotidianos; otros le achacan que haya transmutado la relativa pasividad de sus mandatos en activismo vacuo cuando ya no tiene más poder que el de su palabra persuasiva; no falta, por último, quien le acuse de haber manipulado los datos de la realidad para forzar las interpretaciones que están en la base de su oscarizado documental “Una verdad incómoda”. Por mi parte, yo le tengo simpatía a Gore; me basta con imaginarme lo diferente que hubiera podido ser el mundo de hoy si se hubiera resuelto de manera distinta el contubernio de Florida en las presidenciales estadounidenses del año 2000.

Sigue leyendo

La información nos hará libres

Aitor Riveiro

En 1976, la banda de heavy metal The Scorpions lanzaba al mercado su cuarto álbum, Virgin Killer, con el ojo puesto en el mercado estadounidense, donde sus tres discos anteriores habían tenido escasa repercusión. Para lograrlo, la discográfica trazó un plan de lo más simple: editar el LP con una portada provocativa que levantara las iras de esa América profunda y mojigata que ve maldad y perversión en todo lo que le rodea.

Sigue leyendo

El espíritu de la derrota

Permafrost

Que los seres humanos, individual y colectivamente, apenas se enfrentan a los hechos desnudos sin acompañarlos de un discurso destinado a interpretarlos, adaptarlos o manipularlos conforme a sus propios deseos, temores o intereses personales es una tesis que no sorprenderá a nadie por su audacia. En este sentido, ciertas tradiciones sociológicas llevan décadas hablando de infraestructura material y superestructura ideológica, así que no me atribuiré originalidad alguna por las líneas que siguen.

Sigue leyendo

Proceso de rendición

Padre de familia

 

Siete semanas escasas tiene mi hija y parecería que llevara con nosotros toda la vida, engordando y creciendo a toda velocidad. En ese corto espacio de tiempo en el que nos ha hecho inmensamente felices a todos los que la rodeamos, las fuerzas de seguridad han conseguido descabezar el aparato “militar” de ETA en dos ocasiones. No quisiera estar yo en la piel del siguiente “gudari” en la lista sucesoria, cuyo futuro carcelario es perfectamente anticipable.

 

El pobre Ignacio Uría no ha vivido para verlo, como tampoco el ex concejal de Mondragón Isaías Carrasco, el brigada Luis Conde de la Cruz o los guardias civiles Juan Manuel Piñuel, Fernando Trapero y Raúl Centeno, todos ellos asesinados por ETA en 2008.

 

Pero lo cierto es que al tiempo que vamos acumulando nombres a la larga lista de caídos por la barbarie terrorista de ETA, se intensifica todavía más rápidamente el ritmo de detenciones de etarras, tanto prominentes como rasos. Sólo cinco días han tardado las fuerzas de seguridad en responder al vil asesinato de Uría, un viejo desarmado, y apenas tres semanas en arrestar al sucesor de Txeroki desde su detención el pasado 17 de noviembre.

 

La noticia de la detención de Iriondo y dos de sus compinches es muy buena en sí misma pero lo es todavía más dada la tendencia que viene a apuntalar. Si es cierto que, como venimos defendiendo algunos, ETA está dando sus últimos y agónicos coletazos y que está siendo objeto de un proceso de descomposición imparable, lo lógico es que las fuerzas de seguridad vayan siendo capaces de asestarle golpes cada vez más duros y cada vez más rápidamente, como afortunadamente está siendo el caso.  Sigue leyendo

Videojuegos: Prohibir lo desconocido y despreciado

José Saturnino Martínez García

 

De vez en cuando aparece cierta polémica en los medios de comunicación con respecto a los videojuegos. La aparición de uno que sea violento o de algún adolescente perturbado protagonizando actos sanguinarios, que tiene los videojuegos entre otras de sus aficiones, lleva a la defensa de la prohibición de estos videojuegos. Incluso he llegado a leer que la Unión Europea está pensando prohibir este tipo de videojuegos, pues incitan a la violencia.

 

Dicen que está probada la relación entre videojuegos y violencia, pero puede suceder que las personas más violentas sean más propensas a disfrutar con esos juegos, y no a que los juegos produzcan personas más violentas. Por otro lado, aseguran que los jóvenes de ahora son más violentos debido a los videojuegos. En este punto, no puedo más que expresar el escándalo ante tamaña mentira, pues es notorio el descenso de violencia entre la gente joven, a pesar de lo presente que está dicha violencia en los medios de comunicación, que llevados por lo sensacional y espectacular, distorsionan la relación entre hechos sociales raros y su percepción como normal. Mírese cómo estaba el mundo hace unas décadas (por no decir hace 65 años) y se verá que hay menos conflictos, y que el número de muertos en los conflictos en menor[1]. O por ejemplo en EEUU, donde la delincuencia juvenil es menor ahora que hace 30 años, cuando no había videojuegos.

Sigue leyendo

Debilidad mortal

Millán Gómez

Ocurrió en Azpeitia pero pudo haber sucedido en cualquier otro lugar de Euskadi o del resto de España. La víctima fue el empresario Ignacio Uría pero pudo haber sido cualquier otro ciudadano que haya osado rebelarse ante el monstruo o que haya cumplido una serie de preceptos que los terroristas odien. El lugar de los hechos y el nombre de la víctima son dos factores que cambian. En cambio, el quién y la tipología del perjudicado permanecen inmutables. Los asesinatos los comete eta, aunque Gara lo oculte, y los muertos son inocentes que representan unos valores que los etarras detestan.

Esta vez le tocó a Ignacio Uría, empresario vasco y copropietario de la compañía “Altuna y Uría”, una de las constructoras vascas que están llevando a cabo la Y vasca, es decir, la unión mediante AVE de las tres capitales provinciales. Eta ya venía dando macabros avisos a esta empresa porque, al igual que en su momento sucedió con la Central de Lemóniz y la Autovía del Leitzaran, están en contra de su proyecto. Utilizan un supuesto ecologismo para esconder su posición contraria a todo aquel mecanismo que abra Euskadi al mundo. Como tantas otras veces, emplean un presunto argumento romántico para escudarse en su rechazo a todo progreso que pueda vivir su tierra.

Sigue leyendo

Estudios a la boloñesa

Ignacio Sánchez-Cuenca 

 

Como todos los lectores saben a estas alturas, el mundo universitario anda muy revuelto a cuenta del proceso de Bolonia. Aunque las decisiones se tomaron hace años y la reforma está ya muy avanzada, es ahora cuando las protestas comienzan a tener cierto eco en la sociedad. Los esfuerzos convergentes de exquisitos profesores universitarios que escriben en los medios y de estudiantes antisistema que ocupan facultades, unidos en extraña pinza a la hora de denigrar las reformas en marcha, están teniendo cierto éxito, sobre todo ante la pasividad del Gobierno y las autoridades académicas, que, como en muchos otros ámbitos, no aciertan a explicar y justificar sus planes.

 

Comencemos por lo obvio. El plan de Bolonia aspira a conseguir la homogeneización de los estudios superiores en toda Europa, de forma que un licenciado en química de Grecia pueda proseguir sus estudios en Irlanda y su título sea reconocido de forma automática. Se pretende con ello favorecer la movilidad de los estudiantes y crear un espacio de educación superior a escala europea.

  Sigue leyendo

Activarse o morir – o de estado, empresa y desempleo

(Debate Callejero ha decidido, a pesar del terrible atentado de ayer, publicar el artículo que estaba previsto para hoy. No quiere darle a la banda terrorista Eta el protagonismo que tan desesperadamente busca. Esto no implica, por supuesto, que el debate de hoy no se refiera a ese hecho).

 

Frans van den Broek

 

La cuestión de hasta qué punto el estado, o algo que funja como tal, deba inmiscuirse en la vida de los individuos es quizá tan vieja como la humanidad. Puedo imaginarme sin demasiado esfuerzo a un consejo de ancianos deliberando sobre el castigo que merecerían los disolutos jovenzuelos de su día por atreverse a cazar más mamúts que los permitidos por las ancianas costumbres de la tribu, como puedo imaginar a los jóvenes de entonces justificando sus lanzas de más en la necesidad de adaptarse a los glaciares en retirada, poniendo en entredicho la testaruda intromisión de los ancianos (esto me recuerda que uno de los escritos más antiguos, una tablillas sumerias, se quejaban en términos notablemente modernos de la falta de respeto de los jóvenes rebeldes. Al parecer, ciertos temas son, de hecho, intemporales y universales). Como sabe cualquier sociólogo, historiador o politólogo –en verdad, cualquier ciudadano informado- la cuestión está lejos de haberse dirimido con claridad y es casi imposible que lo sea a gusto de todos, y las respuestas a este espinoso y tan humano problema sirven a menudo para clasificar las posturas políticas de partidos y personas. Una menor incidencia del estado en la vida del individuo es postura que suele asociarse con una visión conservadora en política, mientras que una ingerencia mayor del estado para asegurar la prevalencia de una mayor igualdad social es opinión de quienes suelen estar asociados a la izquierda. Pero esta clasificación es tosca, y admite todo tipo de refinamientos y matices, cuando no sorpresas y hasta entuertos. Mal haría el que escribe en intentar desbrozar lo que generaciones de expertos no han podido sino enramar más todavía, por simple ignorancia y discreción, pero quisiera compartir con el lector un ejemplo modesto, que extraigo de mi propia experiencia profesional –felizmente ya pasada-, en el que me parece que la falta de comprensión de este dilema está en operación, y en el que la confusión entre ideología y realidad obnubila el más simple sentido común.

Sigue leyendo

Cultura basura y la Larga cola

Aitor Riveiro

Los anuncios de televisión de la temporada navideña ya están aquí y este año vienen con una novedad que, quizá, les haya pasado inadvertidos a algunos lectores de Debate Callejero. Ahora, las videoconsolas y los vodeojuegos nos los venden Amparó Baró, un abuelo que va a recoger a su nieto al colegio, un ejecutivo tullidito que viaja en ‘business’ o María Escario. El mensaje es claro: estos chismes ya no estás proscritos al cuarto de los adolescentes, sino que está al alcance de cualquiera e, incluso, eres un carca si no tienes en la mesilla de la cama la Nintendo DS con su ‘Brain Trianing’ a juego.

Los creadores de videojuegos se han percatado de que sus productos se dirigían a un nicho muy concreto del mercado y que, además, ese nicho no es en absoluto el que más dinero tiene ni el que posee la capacidad de decidir en un hogar medio. El la planta 59 de algún edificio de Tokio un alto ejecutivo de Nintendo pensó que millones de personas en todo el mundo estaban deseosos de gastarse sus euros (o dólares o yenes o yuanes o lo que sea) y ellos no les daban la oportunidad.

Así, tenemos dos tipos de consolas y de juegos. Los tradicionales y esta nueva tipología que los cazadores de tendencias llaman ‘casual’. De momento los productores tienen en cuenta a todos los públicos, el especializado y exigente frente al que busca pasar el rato. Para el primero, un videojuego es una obra de arte comparable a una gran película de cine; y no les falta razón. Salvando las distancias, algunos de los títulos más reconocidos tienen una calidad y una factura que ya quisieran para sí muchas películas ‘made in Hollywood’. Este ‘jugón’ sigue a sus creadores favoritos, se informa sobre proyectos futuros o nuevos estrenos, ahorra para poder comprarse el último ‘World at War’ o ‘Grand theft auto’; se desilusiona cuando un juego no cumple sus expectativas, aprecia los detalles y los guiños que desarrolladores y diseñadores ponen en las distintas escenas, … Es, en definitiva, un ‘juegónamo’, si me permiten la licencia.

Para el segundo tipo de jugador, la calidad del producto pasa a un segundo plano. No le importa que los gráficos sean un poco peores o que los personajes tengan unos rasgos impersonales. Tampoco presta demasiada atención a fallos de guión o errores de ‘racord’. Quiere pasar un buen rato con sus amigos (o sólo) sin que esto le exija horas y horas de dedicación. Juega, en resumen, como el que va al cine o el que va a un concierto en el que 23 grupos toca cada uno un par de canciones patrocinado por el último helado de Frigo.

El problema es que, poco a poco, los juegos ‘casual’ están empezando a copar el mercado. El motivo es claro: dinero. Es mucho más rentable desarrollar un juego mediocre en unos meses y venderlo a 40 euros que desarrollar una obra de arte en dos años y venderlo a 60; además, es preferible venderle ese producto a 20 millones de personas que a cinco. Cualquiera debería estar de acuerdo con esta idea. ¿Cualquiera?

Sigue leyendo