Aitor Riveiro
Los anuncios de televisión de la temporada navideña ya están aquà y este año vienen con una novedad que, quizá, les haya pasado inadvertidos a algunos lectores de Debate Callejero. Ahora, las videoconsolas y los vodeojuegos nos los venden Amparó Baró, un abuelo que va a recoger a su nieto al colegio, un ejecutivo tullidito que viaja en ‘business’ o MarÃa Escario. El mensaje es claro: estos chismes ya no estás proscritos al cuarto de los adolescentes, sino que está al alcance de cualquiera e, incluso, eres un carca si no tienes en la mesilla de la cama la Nintendo DS con su ‘Brain Trianing’ a juego.
Los creadores de videojuegos se han percatado de que sus productos se dirigÃan a un nicho muy concreto del mercado y que, además, ese nicho no es en absoluto el que más dinero tiene ni el que posee la capacidad de decidir en un hogar medio. El la planta 59 de algún edificio de Tokio un alto ejecutivo de Nintendo pensó que millones de personas en todo el mundo estaban deseosos de gastarse sus euros (o dólares o yenes o yuanes o lo que sea) y ellos no les daban la oportunidad.
AsÃ, tenemos dos tipos de consolas y de juegos. Los tradicionales y esta nueva tipologÃa que los cazadores de tendencias llaman ‘casual’. De momento los productores tienen en cuenta a todos los públicos, el especializado y exigente frente al que busca pasar el rato. Para el primero, un videojuego es una obra de arte comparable a una gran pelÃcula de cine; y no les falta razón. Salvando las distancias, algunos de los tÃtulos más reconocidos tienen una calidad y una factura que ya quisieran para sà muchas pelÃculas ‘made in Hollywood’. Este ‘jugón’ sigue a sus creadores favoritos, se informa sobre proyectos futuros o nuevos estrenos, ahorra para poder comprarse el último ‘World at War’ o ‘Grand theft auto’; se desilusiona cuando un juego no cumple sus expectativas, aprecia los detalles y los guiños que desarrolladores y diseñadores ponen en las distintas escenas, … Es, en definitiva, un ‘juegónamo’, si me permiten la licencia.
Para el segundo tipo de jugador, la calidad del producto pasa a un segundo plano. No le importa que los gráficos sean un poco peores o que los personajes tengan unos rasgos impersonales. Tampoco presta demasiada atención a fallos de guión o errores de ‘racord’. Quiere pasar un buen rato con sus amigos (o sólo) sin que esto le exija horas y horas de dedicación. Juega, en resumen, como el que va al cine o el que va a un concierto en el que 23 grupos toca cada uno un par de canciones patrocinado por el último helado de Frigo.
El problema es que, poco a poco, los juegos ‘casual’ están empezando a copar el mercado. El motivo es claro: dinero. Es mucho más rentable desarrollar un juego mediocre en unos meses y venderlo a 40 euros que desarrollar una obra de arte en dos años y venderlo a 60; además, es preferible venderle ese producto a 20 millones de personas que a cinco. Cualquiera deberÃa estar de acuerdo con esta idea. ¿Cualquiera?
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