Lluís Camprubí
En mis dos artículos previos he intentado ir situando lo que se sabe y lo que no sobre el Long Covid (Covid Persistente), sobre su definición y sobre el por qué debería tomarse como una preocupación más seria por parte de las autoridades sanitarias. En el primer artículo –después de situar lo que sabemos de incidencias/prevalencias e impacto en la salud- insistí en que si las autoridades sanitarias han decidido traspasar la responsabilidad de evitar la transmisión e infección a la ciudadanía a través de la auto-responsabilidad y el cuidado propio, lo mínimo que deberían hacer es explicar e informar correctamente de los riesgos y explicar el potencial riesgo de LongCovid, para que al menos cada persona pueda tomar sus decisiones de gestión del riesgo debidamente informada. En la segunda columna puse la atención en la necesidad de dejar de considerar la Covid como algo agudo y respiratorio y empezar a considerarlo como una patología potencialmente crónica (o de larga duración), incapacitante y que puede afectar a multitud de órganos y sistemas del cuerpo más allá de lo afectado por una “gripe” (vascular, nervioso,…).
En este tercer artículo me gustaría situar lo nuevo que en este último mes se ha ido conociendo y publicando sobre LongCovid y apuntar alguna idea sobre qué hacer. Sigue leyendo