Un vals con el abismo

Antesala

Hace poco más de sesenta años, un ejército hebreo semiprofesional, nutrido en gran medida por voluntarios, establecía un corredor humanitario que conectaba a la población judía de Jerusalén, en estado de sitio, con sus camaradas sionistas. La carretera que une Tel-Aviv con la ciudad sagrada está plagada de los restos de los combates que aquellos defensores del primigenio Estado de Israel entablaron con los francotiradores de la entente árabe, que se había conjurado para expulsar al pueblo judío de Palestina. Para los nietos de aquellos combatientes, esos restos de hojalata oxidada son un símbolo de la lucha por el establecimiento de un hogar nacional para un pueblo perseguido durante siglos, y el recuerdo de que el camino hacia la construcción de su Estado se ha fraguado -entonces y hasta ahora- a golpe de lucha y padecimientos.

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