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Viví su caída en desgracia in situ, mientras estudiaba un año en Inglaterra, y la viví con pasión, ansiando que fuera sacada del poder a palos, por los suyos, espoleados por Michael Heseltine, que en noviembre de 1990 le planteó un pulso interno que sabía suicida en cuanto a su carrera política pero intuía podía desalojarla del liderazgo del partido. Y así fue.
Un año antes, otro diputado Tory la había desafiado según las normas del grupo parlamentario, según las cuales, una vez al año, cualquier parlamentario puede desafiar al líder, que debe revalidar su autoridad por mayoría absoluta y diferencia de más de un 15% en un proceso de hasta tres votaciones. Thatcher ganó pero hasta 60 diputados votaron en contra, nulo o se abstuvieron.