Lobisón
Conviene advertir ante todo que el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, me ha merecido bastante respeto durante la mayor parte de sus períodos de gobierno, desde hace ya diez años, y que, como muchos observadores, entiendo que su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) puede verse más como una versión musulmana de la democracia cristiana que como un partido islamista en la acepción fundamentalista del término. En particular, no puedo comprender que se considerara una ofensa para el laicismo acabar con la absurda prohibición de que las mujeres asistieran a la universidad o trabajaran en la administración llevando el hiyab.