Frans van den Broek
Allá por los años sesenta, el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy publicó un libro devastador, titulado «Lima, la horrible», en el que desbarataba la imagen idílica de Lima como Arcadia Colonial, imagen favorecida por quienes gozaban del privilegio de no ser indios, cholos, serranos, mulatos o negros, y podían por tanto disfrutar de sus lugares más suntuosos y sus alamedas más elegantes. Los otros debían conformarse con las barriadas periféricas o las labores al servicio de la minoría blanca que aún detentaba el poder. El libro se concentraba en desmontar la ilusión de paraíso colonial que Lima se había forjado para sí misma, una ilusión llena de marqueses y descendientes de conquistadores, pero que se olvidaba que Lima estaba habitada en su mayoría por gente en estado de destitución o viviendo en la más abyecta pobreza. Incluso la planificación y organización de la ciudad reflejaría esta segregación, razón por la cual Salazar Bondy consideró adecuado el epíteto: Lima era, sin lugar a dudas, horrible. Cuando publicó su libro había empezado un proceso de crecimiento exponencial debido a la migración interna desde las provincias, un crecimiento más cercano al cáncer que al desarrollo orgánico, fomentado por la necesidad de trabajo y por el sueño de una vida mejor. Desde aquella época, con su millón de habitantes, Lima se ha octuplicado y sigue creciendo, a un ritmo que dudo mucho capten los censos o las encuestas.