Julio Embid
En 1939, justo a punto del final de la Guerra Civil Española, el presidente de la República Española Manuel Azaña huía a Francia para pedir el apoyo de los países democráticos en su lucha contra los sublevados nacionales que contaron con el apoyo incondicional de nazis y fascistas. No le hicieron ni caso ni franceses ni británicos, que, al acabar la guerra, pronto reconocieron al Gobierno de Burgos como representante legal de España.
Hubo un gobierno, el de Lázaro Cárdenas en México, que sí hizo todo por la República Española y colaboró con los exiliados fletando barcos y otorgando salvoconductos al gobierno republicano. Cuando los alemanes entraron en Francia en 1940 y partieron el país entre la zona ocupada y la Francia de Vichy, el presidente Azaña se encontraba gravemente enfermo en Montauban, en esta segunda zona. Fue el Gobierno de México y su personal consular quién impidió que los sicarios de la Falange Exterior detuvieran y secuestraran a Azaña mientras estaba en cama como hicieron con el presidente de la Generalitat de Catalunya Lluís Companys, para después fusilarlo tras un juicio-farsa. Sigue leyendo