Arthur Mulligan
Tras el deceso de Lenin el 21 de enero de 1924 algunos de los médicos que lo atendieron durante su larga convalecencia propusieron extraerle el cerebro para preservarlo y estudiarlo, con el propósito de hallar dónde residía su “genialidad”. La idea fue aprobada por la jerarquía soviética, la cual creó una institución con la finalidad de realizar dichas investigaciones. Al carecer de neuro científicos, las autoridades soviéticas invitaron al médico alemán Oskar Vogt para que analizara el órgano, el cual fue colocado en formaldehído, después de haber sido extraído durante la autopsia. Sin embargo, el plan de llevar el cerebro de Lenin a Berlín fue abortado.
A Stalin no le gustó la idea de que un extranjero estuviera involucrado en este proceso, porque no podía controlarlo y pese a las objeciones de sectores de la cúpula soviética a Vogt se le terminó pidiendo que participara en la investigación y se le dio una de las 30.953 partes en las que fueron divididos los sesos del fallecido líder, la cual pudo llevarse a su laboratorio en Alemania para estudiarla. Los recelos soviéticos hacia la intervención extranjera parecían justificados. En la década de los 30 desde el Tercer Reich aseguraron que Lenin era un enfermo y que sus sesos se parecían a un “queso suizo”. Y por eso, casi al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Moscú lanzó una operación secreta para rescatar la muestra que estaba en manos de Vogt porque los soviéticos temían que cayera en manos de los estadounidenses y estos pudieran utilizarla para desprestigiar a Lenin diciendo que padeció de sífilis o que no era ningún genio. Sigue leyendo