Carlos Hidalgo
De nuevo el PSOE ha pagado caro el pensamiento mágico de que un ministro o ministra es automáticamente popular y conocido por el hecho de haber portado la famosa cartera propia de su cargo.
Reyes Maroto, Pilar Alegría y María Jesús Montero han protagonizado tres fracasos electorales para los socialistas frente a un único éxito, que ha sido el de Salvador Illa. El único caso en el que el PSOE ha mejorado resultados ha sido en Castilla y León, donde el alcalde de Soria, Carlos Martínez, ha usado la implantación territorial de su partido a su favor, en lugar de imponerse a ella.
Teniendo en cuenta el encontronazo con los “barones” socialistas que en su día apeó a Pedro Sánchez de la dirigencia del PSOE, es comprensible que el líder socialista recele de que los territorios legitimen a candidatos de entre sus filas antes que subordinarse a las imposiciones de Ferraz. Pero han pasado diez años de aquello, la mayor parte de esos barones están jubilados, muertos o fuera de juego y no hay ninguna clase de discrepancia organizada en las filas socialistas que puedan poner en duda la labor de gobierno de Sánchez, exceptuando a García Page, que tampoco tiene ninguna clase de ambición a nivel nacional.
Ahora esperan en la fila de paracaidistas Diana Morant (a la que esperemos que le favorezca su experiencia como alcaldesa de Gandía), Ángel Víctor Torres, a quien Coalición Canaria querrá hacer responsable de los imaginarios agravios derivados de que Clavijo quiera gestionar crisis sanitarias con ChatGPT, y Óscar López, al que se ve con evidente desgana de someterse a una campaña electoral contra Isabel Díaz Ayuso.
Si echamos la vista atrás y no para recordar la famosa rebelión de los barones socialistas, veremos que si el PSOE aguantó la “blitzkrieg” de Podemos y el empuje de las fuerzas surgidas del 15-M, hoy dispersas, fue precisamente gracias a su implantación territorial. La gente prefirió votar a candidatos a los que sentía como propios antes que a paracaidistas malasañeros subordinados a la autoridad indiscutible (por entonces) de Pablo Iglesias Turrión, hoy reconvertido en hostelero y propagandista ruso.
Despreciar a las estructuras territoriales del PSOE o pretender imponerse siempre a ellas, es caer en el mismo error de Iglesias y pensar que el aura de una sola persona puede servir para ganar cualquier proceso electoral.
No sé ahora si el mover a ministros-candidatos, a tan pocos meses de las siguientes elecciones, sería buena idea. Porque si la fortaleza del PSOE es su implantación territorial, su debilidad es su afición al drama y aún tiene mucho que aprender acerca de cómo resolver las primarias internas de tal manera que cierren heridas en lugar de dejarlas permanentemente abiertas.
El PSOE de Extremadura, con sus ejemplares primarias a la Secretaría General puede ser el ejemplo que debiera seguir el partido para los próximos procesos, pero para eso hace falta mirar a las estructuras territoriales no con condescendencia o recelo, sino con buena fe.