La billonaria cancamusa de Musk

Carlos Hidalgo

La empresa de cohetes espaciales y comunicación vía satélite Space X ha salido a bolsa dentro de una enorme fanfarria y controversia. Fanfarria porque se sospechaba que la cotización de la empresa podía convertir al empresario sudafricano Elon Musk en el primer billonario de la historia. Y controversia porque la empresa, pese a su disparatada capitalización bursátil pierde dinero, a razón de unos 4800 millones de euros trimestrales. O 1600 millones de euros al mes, si se quiere.

Los clientes de Space X, la empresa de exploración espacial, son bastante limitados: la NASA y quienes paguen por usar sus cohetes para poner en órbita satélites. Si es que no explotan antes. El modelo de “desarrollo rápido” de Musk implica que sus vehículos lanzadores (que usan una muy contaminante mezcla de queroseno y oxígeno líquido) pasen menos controles de seguridad que los de la NASA y por ello, algunas de las explosiones de los cohetes de Musk han llegado a demoler literalmente las rampas de lanzamiento que la NASA prestaba, a romper cristales de domicilios a decenas de kilómetros de distancia y a dañar gravemente los ecosistemas de Cabo Kennedy y Cabo Cañaveral. Y el vehículo lunar que la NASA contrató con el sudafricano se está quedando muy fuera de plazo, retrasando el calendario de las misiones Artemis con los que la NASA y su homóloga europea, la ESA, pretendían volver a la luna.

La única empresa del conglomerado de Space X que da beneficios es Starlink, la empresa de telecomunicaciones satelitales, pero cuyos clientes a nivel global son insignificantes comparados con los de las “telecos” estadounidenses. Pero los cohetes queman, no solo metafóricamente, una gran cantidad de dinero, al igual que la empresa de inteligencia artificial que Musk ha incrustado dentro del conglomerado de la exploración espacial. Del mismo modo, Musk ha usado a Space X para encubrir pérdidas de sus otras empresas, como Tesla o el antiguo Twitter, llegando, por ejemplo, a comprarse a sí mismo el 17% de los infames cybertrucks, su personal proyecto de ranchera blindada eléctrica.

Pero el valor de Space X (y de Tesla desde hace tiempo) se basa en la fe de los inversores en las promesas de Musk y estas son tan bombásticas como los reventones de sus cohetes Falcon Heavy. Musk lleva prometiendo desde hace décadas que dentro de una década conquistaremos Marte con sus cohetes (no parece muy posible hoy por hoy) o que usará centros de datos orbitales, alimentados por energía solar, para sus inteligencias artificiales. Y si bien es teóricamente posible poner en órbita un centro de datos, es increíblemente caro y queda ver cómo se podría refrigerar. Aunque el espacio es muy frío, refrigerar un satélite o una nave espacial es complicado, pues el vacío impide que el calor se transmita a otro elemento más frío, como pasa en entornos atmosféricos. Así que tendrían que implementarse complejos sistemas de radiadores que disiparan el calor al vacío mediante radiación, lo cual es bastante complejo y más en un vehículo orbital, que pasaría varias veces por delante del sol.

Por otro lado, los logros de Musk en el campo de la inteligencia artificial son terriblemente limitados. Grok, la IA que está presente en X (Twitter) ha ido experimentando tantas modificaciones según las pataletas personales del sudafricano, que ahora inventa más datos que las IA generativas de sus competidores y es algo bastante parecido a un esquizofrénico sicofante nazi.

El valor actual de Space X presupone que Musk será capaz de cumplir todas sus promesas.

El New York Times se ha dedicado a contar las promesas de Musk a lo largo de los últimos 20 años y a comprobar cuántas ha cumplido. De las 602 promesas contabilizadas, solo ha cumplido el 19%. Y lo mejor es que su tasa de cumplimiento ha ido bajando a lo largo del tiempo. De cumplir todas sus promesas en 2011 ha pasado a no cumplir ninguna durante este año.

Robert Shiller, premio Nobel de Economía en 2013, sostiene en su libro “Narrativas Económicas” que las narrativas compartidas sobre el futuro de una empresa, incluso aquellas que son falsas, pueden influir más en su valoración que los datos tangibles, especialmente las que tratan acerca del futuro de esta. Pero yo prefiero esta entrada del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española:

Cancamusa f. coloq. desus. Dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto.

Atentos a la Bolsa, porque las cotizaciones de Tesla y Space X nos darán el valor de la cancamusa en estos tiempos extraños.