Herramientas de trabajo

Julio Embid

Los nacidos en la segunda mitad del siglo XX perdimos la capacidad de cambiarle la herradura a un caballo o, salvo contadas excepciones, de arreglar la suela de un zapato o una bota. Nuestros padres ya viajaban en coche y no subidos al lomo de un animal o en un carro tirado por él. La inmensa mayoría de mis coetáneos, al cumplir los dieciocho años, estudiaba el Código de Circulación, hacía decenas de test y se sacaba el carnet de conducir. Después, según la economía de cada uno, adquiría un vehículo metálico con un motor de combustión que, gracias a un combustible líquido, le permitía recorrer cientos de kilómetros en unas horas.

Imagino a los últimos herreros contemplando aquel cambio con escepticismo.

—¿Y si un día se acaba la gasolina? Ninguno de vosotros sabrá volver a poner unas herraduras a un caballo.

No les faltaba parte de razón. Hoy muy pocos sabemos hacerlo. Pero también es verdad que casi nadie lo necesita. Las herramientas cambian porque cambia el mundo.

Recuerdo perfectamente las clases de Lengua Castellana de don Amelio, mi profesor de quinto de EGB en el colegio público «César Augusto» de Zaragoza. Una de sus ocurrencias favoritas consistía en mandarnos escribir en casa un poema endecasílabo de dos estrofas con rima ABBA o ABAB para leerlo al día siguiente en clase.

Aquello nos parecía una tortura hasta que empezábamos a escribir. Después acababan saliendo auténticas barbaridades literarias:

«Ramón compró un melón,

se comió un jamón

mientras le dolía el flemón…»

No había quien aguantara la risa.

Hoy ese ejercicio ha dejado de tener sentido tal y como lo planteábamos entonces. Basta con abrir ChatGPT y escribir: «Hazme un poema endecasílabo de dos estrofas con rima ABBA». Se tarda menos que en mear, tirar de la cadena y bajar la tapa del váter.

En la universidad me ocurrió algo parecido. Durante los cursos de doctorado preparé un trabajo sobre Lord Byron y la independencia de Grecia. Leí muchísimo, recorrí bibliotecas, consulté revistas especializadas, cité autores, contrasté fuentes… Fueron meses de trabajo.

El ilustre catedrático de Historia, mejor profesor que persona, y cuyo nombre omitiré porque no tiene derecho de réplica, hojeó las cincuenta páginas y me soltó:

—¿Sólo esto? Más te habría valido irte a Grecia y recorrer el camino de Byron.

Le respondí que estaría encantado… si me pagaba él el viaje. Aprobé el DEA, pero salí bastante más enfadado que satisfecho.

Hoy ese mismo trabajo podría encargarse en unos segundos a una inteligencia artificial potente.

«Hazme un estudio sobre Lord Byron y su relación con la independencia griega. Cita bibliografía académica. Añade notas al pie. Incluye un resumen en inglés, francés y griego.»

Y probablemente el resultado sería más que digno.

¿Es hacer trampas?

No necesariamente.

Es utilizar la herramienta que la época pone a nuestra disposición, igual que nuestros padres utilizaron el automóvil en lugar del caballo o el teléfono en lugar del telégrafo.

El problema nunca ha sido la herramienta. El problema aparece cuando dejamos de entender lo que hace la herramienta. Cuando aceptamos un texto sin saber si es correcto. Cuando copiamos una cita sin comprobar que existe. Cuando dejamos de aprender porque creemos que ya piensa otro por nosotros.

Cada generación pierde unas habilidades y adquiere otras. Los herreros desaparecieron, pero aparecieron los mecánicos. Los copistas dejaron paso a las imprentas. Los delineantes fueron sustituidos por el diseño asistido por ordenador. Nadie pretende volver atrás.

La inteligencia artificial tampoco va a desaparecer. Al contrario: dentro de unos años será tan cotidiana como hoy lo es un navegador GPS. La cuestión no es si debemos usarla. Claro que debemos. La cuestión es si seguiremos siendo capaces de conducir cuando el GPS se quede sin cobertura.

Porque yo, que ya voy camino de cumplir media esperanza de vida española, me hago una pregunta: Si mañana internet dejara de funcionar durante una semana, ¿cuántos estudiantes serían capaces de escribir un trabajo razonable sin buscar nada? ¿Cuántos recordarían cómo se consulta un libro en una biblioteca? ¿Cuántos distinguirían una fuente fiable de una ocurrencia?

Y, sobre todo, ¿cuántos sabrían hacer la o con un canuto sin un móvil o un ordenador delante?