«One Day» de David Nicholls

Frans van den Broek

Es sorpresivo recordar que muchas de las grandes novelas del siglo diecinueve y comienzos del siglo pasado –es decir, lo que se considera la época dorada de la novela clásica- fueron serializadas, esto es, publicadas como parte de un proceso cultural dependiente de la comercialización del producto. Tolstoi y Dickens y Dostoievski, cuyas obras requieren de atención morosa y discernimiento literario, publicaron de este modo y hasta pudieron, mal que bien, hacerse de una vida. Otro era el público al que se dirigían, por supuesto, y mucho más limitado el mercado, pero me pregunto si alguna de sus obras sería aceptada en el mercado actual. Tal vez sí, vista la publicación exitosa de clásicos modernos como “Vida y Destino” de Grossman y otras novelas de igual exigencia lectora, pero no puedo zafarme de la sospecha de que más de un editor echaría los manuscritos a la basura u obligaría a sus autores a un serio recorte o reescritura del mismo (exigencia que algunos lectores actuales aprobarían, sin duda y por la que es posible argumentar sin remilgos). Con recorte o reescritura, empero, el contenido de dichas novelas no deja dudas sobre sus intenciones artísticas, que trascienden con mucho la motivación comercial y se proponen metas allende el universo personal del escritor. Algunas se proponen incluso reflejar la existencia en todas sus dimensiones, desde las intimidades del hogar hasta la hecatombe de la guerra, o desde los campos penales siberianos a los casinos europeos. Muchos escritores de aquella época pretenden reflejar la sociedad entera, sin dejar nada sin explorar, sobre todo aquellos sectores sin voz ni lustre literario, marginados u olvidados. No son pocos los que se atreven con las grandes preguntas metafísicas, con la existencia o inexistencia de Dios y sus consecuencias para el hombre, el problema del mal, la condición trágica o jubilosa del hombre. ¿Cómo se comparan con aquellas novelas las de hoy, las que logran premios y cifras de ventas abultadas, las que son leídas por un público diez, cien, mil veces mayor?

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Que inventen ellos

Ricardo Parellada

 Con motivo de la apertura de la tienda española de Amazon, en la web del diario Público tuvo lugar una interesante discusión sobre las ventajas e inconvenientes de grandes empresas como esa. Como empezó y es sobre todo conocida como librería virtual, en el caso de Amazon es natural que la discusión se centre en los pros y contras de comprar los libros en ese inmenso portal, aunque bien podría extenderse a la multitud de productos de todo género que ofrece, pues tiene vocación de supermercado universal. Aunque me centro por razones románticas en los libros, como los lectores de Público, supongo que se podrá suscitar una reflexión parecida a propósito de otros productos ofrecidos por Amazon, así como sobre la compra de los muebles en IKEA o de la música en iTunes.

 Algunos piensan que comprar en Amazon es hacerle el juego a los mercados que están hundiendo a la Unión Europea, o al menos contribuir a la pérdida de puestos de trabajo en España en general y a la ruina de las pequeñas librerías en particular. Hay bastante gente que, por cuestión de principios, no comprará en la gran librería yanqui, con independencia de la comodidad o las ventajas económicas que pueda ofrecer.

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La coherencia como antídoto al oportunismo

Millán Gómez

La cancelación del espectacular mitin que el PSOE tenía previsto celebrar el próximo 3 de abril en el Palacio de Vistalegre de Madrid ha provocado un revuelo de enormes consecuencias. La división interna socialista es cada día más acuciante y no terminará hasta que Zapatero anuncie oficialmente si se presenta a la reelección o, por el contrario, da un paso al frente y deja que un delfín encabece la lista. Todos los focos apuntan a Rubalcaba pero Bono ya declaró hace un tiempo que no descartásemos la opción de que el actual Vicepresidente Primero del Gobierno no fuese más que una simple “liebre” cual carrera de medio fondo.

El 22 de mayo se celebran elecciones municipales y autonómicas. Por lo tanto, lo lógico es que los protagonistas sean los propios candidatos locales que aspiren a ser alcaldes de sus municipios o presidentes de sus comunidades. Los líderes estatales deben aparecer en los mítines si todas las partes lo consideran oportuno pero centrando la atención siempre en quienes realmente se la juegan el próximo 22 de mayo. En un país descentralizado y abierto, ésta sería la decisión coherente. El problema radica en que históricamente no ha sido así. Por esta razón, el hecho de que algunos candidatos socialistas como Tomás Gómez u Óscar López obvien el anagrama de su partido en sus anuncios electorales es cuanto menos sospechoso. Una cosa es requerir que el protagonismo recaiga en ellos y otra muy distinta que se avergüencen de su partido por intereses electorales. Hay que ser consecuente en la vida.

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In the loop

Lope Agirre

Estando impávido frente al televisor, noté que apareció por la pequeña pantalla un personaje singular y un tanto estrambótico llamado Alastair Campbell que, como todo aquel que haya estado en el Reino Unido sabe, es apellido de sopa. El citado Alastair Campbell fue, nada más ni nada menos, portavoz y director de Comunicación en el gabinete de Tony Blair, durante los años 1994 y 2003. Declaraba ante la Comisión que investiga la participación del Reino Unido en la guerra de Irak, aquella que se fraguó en las Azores, y no en las Ozores, entre tres, y un bigote. Por supuesto, nadie esperaba que el ex-director de Comunicación de Tony Blair aclarara algo sobre las razones de la guerra. Negó, eso sí, por enésima vez que él o cualquier miembro del Gobierno presionara a los servicios de inteligencia para que exageraran el peligro que suponía Sadam Hussein. Como se recordará, el controvertido informe señalaba la posibilidad de Irak de lanzar una ataque con armas químicas, en el intervalo de cuarenta y cinco minutos. Sigue leyendo

Lo que cuesta un riñón (2)

 Ricardo Parellada 

 

Hace unos meses conté en este foro, violando quizá las normas más elementales del respeto a la intimidad de las personas, el caso del hermano del marido de una prima mía, enfermo de riñón. A pesar de que son bastante baratos, este chico se negaba a comprar el riñón de un pobre en el mercado negro y su hermano (mi cuñado segundo, en adelante cuñado tout court para entendernos) estaba dispuesto a donarle uno. Pues bien, os cuento con gran alegría que hace unos días tuvo lugar la operación y que por ahora va todo bien.

 

Violando quizá de nuevo las normas más elementales del respeto a la intimidad de las personas, me gustaría compartir unas reflexiones que no dejan de rondarme la cabeza. La pregunta es sencilla: ¿qué puede llevar a una persona (en este caso mi cuñado) a realizar una acción semejante? ¿Qué función de utilidad tendremos que reconocer en un individuo para poder comprender una acción como esa? He buscado una respuesta en algunos de los medios a los que tengo algún acceso, aunque sea muy limitado, pero no acabo de encontrar una explicación que me convenza del todo y agradeceré cualquier tipo de ayuda.  

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