Carlos Hidalgo
Desde siempre, Josep Borrell se ha caracterizado por dos cosas: su enorme inteligencia y su no menos enrome arrogancia. Como toda persona brillante, el político catalán ha pecado y peca en demasiadas ocasiones de una impaciencia notable con quienes no cree capaces de seguir sus razonamientos y unos modos que rayan con la abierta grosería. En la prensa es temido porque puede tomarse a mal hasta un simple “buenos días, señor Borrell”. A la vez, como es sabido, esa mezcla de brillantez y arrogancia le pueden llevar a desconexiones puntuales con el mundo real, que provocan cosas tan, en apariencia contradictorias, como que le estafen en un chiringuito financiero, como de hecho ocurrió.
Dicen en la familia Solana Madariaga, que algún personaje importante ha dado al mundo, que la gente así es buena para el prójimo, pero mala para el próximo. Esto es; que puedes evitar una guerra nuclear, pero que a la vez eres el pariente más detestado en las cenas de Navidad. Y me da que esa descripción puede encajar bastante bien al jefe de la diplomacia y de la política europea de Defensa. Sigue leyendo