Ignacio Sánchez-Cuenca
Este año se celebraba la vigesimoquinta edición de ARCO, la feria / mercado del arte contemporáneo. No ha habido grandes novedades. Las mismas extravagancias de otros años: un Cristo con un misil en una mano, unos muñecos que simulaban unos cadáveres arrugados de unos niños de unos cuatro años, un mural feÃsta en el que se representaban unas mujeres con unos falos descomunales…, es decir, la combinación habitual de sexo, violencia, y provocación (caca, culo, pedo, pis) que vienen preparando los artistas desde hace décadas con el fin de llamar la atención y aumentar la cotización de sus obras. Quizá lo más llamativo haya sido la contratación, por parte de un artista genial, de un joven con buena pinta al que descubrió pidiendo limosna en Portugal. El artista se lo trajo a ARCO y le tuvo varios dÃas sentado, con la mano extendida, esperando que la gente le diera algo de calderilla. Una obra de arte para la posteridad, qué duda cabe. Una denuncia escalofriante de la crueldad del mercado capitalista. Un aldabonazo también para los jóvenes mileuristas.