La tesis de la provocación

Permafrost

La atribución causal es un juego curiosamente sencillo y asimétrico: yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así; tú, en cambio, te portas mal porque eres malo. Es decir, mi posible conducta deleznable (y, por extensión, la de los «nuestros»), obedece a constreñimientos externos, a las circunstancias y presiones de la situación, mientras que la deplorable conducta de mi oponente (los «otros») deriva de su inherente disposición malvada. Cabe adivinar cuán fácilmente un sesgo tan básico puede contribuir a exacerbar conflictos políticos. Las justificaciones del mal necesario o, como mínimo, del mal tal vez incluso lamentable pero, en cualquier caso, excusable y comprensible, suelen apoyarse también en este fenómeno. De hecho, parece bastante obvia la relación con uno de los mecanismos de desconexión moral (moral disengagement) descritos por Albert Bandura al estudiar la manera en que las personas racionalizan actos que a priori podrían parecer reprobables, mediante lo que él denomina «comparaciones ventajosas» frente a amenazas reales o anticipadas. El senador estadounidense John McCain ofreció un excelente ejemplo de comparación ventajosa en la convención republicana del 30 de agosto de 2004, refiriéndose a la invasión de Irak: «Nuestra elección no era entre un statu quo benigno y el derramamiento de sangre que supone una guerra. Era entre una guerra y una amenaza aún más grave».

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