¿Acaso no matan a los caballos?

Lope AgirreEra sábado, apenas quedaba una semana para las Navidades. Aquella noche había nevado copiosamente. Las aceras aparecían cubiertas de ese líquido sucio, resto de la tormenta, una vez que el calor comienza a trabajar y a fundir el hielo. Previendo una jornada tranquila, encendí la chimenea. No esperaba salir, por nada del mundo, o casi. Estaba solo. Los niños habían marchado con su madre a Madrid. Intuía que podía ser para siempre, que nada sería igual desde entonces. Sonó el teléfono. Era mi madre. Sigue leyendo