Marejada en el PP

Millán Gómez  
Mi joven memoria no recuerda una situación parecida en el PP. Los cruces de declaraciones continuos entre importantes cargos populares sobre el futuro de Rajoy y del partido no desaparecen. Si el PP no digirió la derrota del 14 de marzo de 2004 porque consideraban que un atentado les había usurpado del poder, ahora en 2008 la derecha llega tarde a realizar el ejercicio de la oposición por estar más preocupada de sus problemas internos que de los temas básicos que afectan al país. 

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La vida misma

Meteoro

España está en vilo. Mariano Rajoy y Andrés Pajares no dan pie con bola. Ambos han perdido el rumbo, el norte, el oremus, la razón, el juicio. Pajares deambula por los canales de televisión mascullando palabras pastosas. Rajoy anda dando palos de ciego con tanto nombramiento. Su destino está entrelazado, sus existencias se confunden. Los síntomas de Mariano son alarmantes.

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La formación de los profesores de bachillerato

Ricardo Parellada 

Hoy a las doce de la mañana está convocada una manifestación en Madrid desde Atocha al Ministerio de Educación en la calle Alcalá. Está convocada por la Plataforma de estudiantes contra Bolonia, esto es, contra el proceso de convergencia europea en el ámbito de la educación superior. Esta manifestación forma parte de una extraordinaria movilización estudiantil que ha tenido lugar en las últimas semanas. 

Desde el pasado 14 de abril, decenas de estudiantes están llevando a cabo un encierro permanente en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Durante la noche se organizan grupos de estudio y debate sobre la normativa universitaria, por lo que estos estudiantes basan sus protestas en una información y una reflexión desconocidas en este tipo de movilizaciones. Incluso han organizado equipos de limpieza, por lo que la institución sólo tiene que facilitar un coche de vigilancia en el exterior y no puede tener queja. Al lado de esto, el mayo de hace cuarenta años fue cosa de niños. 

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¡Estado de Derecho ya!

Mimo Titos

Como todo estudiante de leyes sabe, el Estado de Derecho es un concepto jurídico-político que alude a una sociedad que se gobierna por medio de un conjunto de leyes cuyo obligado cumplimiento para todos garantiza el Estado por medio de la administración, la judicatura y las fuerzas de seguridad.

Frente a una acepción primaria meramente formalista en la que las leyes a cumplir no tendrían que cumplir con ningún requisito de calidad (por ejemplo, tener una base democrática y que su contenido sea conforme con la Declaración Universal de Derechos Humanos), la doctrina moderna entiende que no cabe calificar a la Alemania nazi, por ejemplo, de Estado de Derecho por más que las leyes se cumplieran a rajatabla. En este sentido, la acepción material del Estado de Derecho exige que la confección de las leyes cumpla con unos mínimos democráticos y que su aplicación no sobrepase unos límites objetivos.

El Estado democrático, social y de derecho que estableció la Constitución de 1978 cumple de sobra con estas exigencias juridico-políticas, lo que no es de extrañar dado lo tardío de su aprobación comparado con otros textos fundamentales hoy todavía vigentes. Sin embargo, es cuando menos dudoso que podamos verdaderamente considerar que vivimos en un verdadero Estado de Derecho.

El problema no es que Ibarretxe sea un etnicista pertinaz, ETA perviva, sean muchos los obsesionados con rotular en lenguas vernáculas, el paro esté subiendo o el PP esté atravesando una crisis morrocotuda. Todos ellos son problemas serios pero no afectan a la raíz del sistema. Ni siquiera me refiero al hecho de que el órgano de gobierno del Poder Judicial, su Consejo General, lleve más de un año en funciones dada la incapacidad de los dos partidos mayoritarios de acordar su renovación. No, lo que verdaderamente pone en duda que España hoy sea un Estado de Derecho es la penosa situación en la que se encuentra la administración de justicia.

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Empieza a oler mal

Aitor Riveiro

Dicen que con la muerte de Leopoldo Calvo Sotelo España pone fin a una época y entierra junto al que fuera presidente del Gobierno en una época convulsa y apasionante, a toda una generación, la de la Transición. No voy a decir yo que no, si decenas de analistas, opinadores y columnistas lo dicen. Pero no me parece que la España de finales de los 70 y la de hoy sean tan diferentes.

Una de las cosas que más me fascinan (y más me repugnan) de mis conciudadanos es la facilidad que tienen de subirse a los barcos en el último momento. Los pocos miles que lucharon de verdad contra el franquismo y dieron sus vidas (algunos figuradamente; otros, por desgracia, no) por la democracia se han convertido en millones; si echáramos la cuenta, saldrían más antifranquistas que españoles, lo que no deja de tener su gracia.

40 años después, vivimos algo parecido con un enemigo distinto: las constructoras. Durante años y años, decenas de miles de españoles se han dedicado a especular sin ton ni son. De ello se han aprovechado políticos, registradores, notarios, funcionarios, ‘correveidiles’, ventajistas… pero también peones, fontaneros, fabricantes de ladrillos, transportistas, ingenieros, arquitectos. Compro por uno, vendo por 100 y en el camino reparto 50.

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Jóvenes y política

Ignacio Urquizu

El nombramiento de Bibiana Aído como nueva Ministra de Igualdad ha suscitado numerosas críticas. Por un lado, los habitantes de la caverna han sacado el “hombre” que llevan dentro para recordarnos que en este país todavía hay machistas. Han sido pocos. No merecen que gastemos nuestro tiempo en contestarles porque sus comentarios les retratan. Por otro lado, algunos han visto en su juventud un problema. Pero, ¿ser joven es un inconveniente a la hora de asumir responsabilidades? ¿Qué puede aportar la juventud a la política? ¿Es la experiencia un valor?

Por los estudios sociológicos sabemos que, a diferencia de lo que ocurre con los movimientos sociales o las ONGs, los jóvenes participan menos que sus mayores en política. Aunque también es cierto que, a excepción de las elecciones de 2000, desde principios de los 90 las diferencias entre jóvenes y adultos (más de 30 años) se han reducido -ver Belén Barreiro (2002), “La participación de los españoles en elecciones y protestas”, Estudios de Progreso 10/2002, Fundación Alternativas-.  Quizás, la incorporación de jóvenes a puestos de responsabilidad tenga efectos sobre el resto de la población de su edad y sirva para incrementar los bajos índices de participación política.

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Un corrupto menos

Millán Gómez 

Tras la derrota del PP en las últimas elecciones generales, los más ilusos pensaron que la decisión de Eduardo Zaplana de abandonar la primera línea política para convertirse en “diputado raso” se debía a una reflexión personal. Fruto de este supuesto debate interior, el dirigente popular consideraría que su ciclo político había terminado. Pues no. Nada más lejos de la realidad. Cuando Zaplana se metió en política afirmó lo siguiente: “»Me tengo que hacer rico porque estoy arruinado…me hace falta mucho dinero para vivir». Hombre, a estas alturas es evidente que los políticos se meten en este mundo porque, probablemente, posean unas ideales que les lleven a luchar por su cumplimiento pero no es menos lógico pensar que también es debido a que las remuneraciones son cuantiosas si actúas con responsabilidad y mucho más elevadas si te conviertes en un corrupto. Un ejemplo magnífico de esta segunda opción es un tal Eduardo Andrés Julio Zaplana Hernández-Soro.
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