Rebelión de huérfanos

Barañain

¿Cómo terminará lo que está ocurriendo en las últimas semanas en el mundo árabe? ¿En qué formas de gobierno -o de desgobierno- cristalizarán esas turbulencias? En los medios se habla  de “revolución”. Y se ensalza la “sed de libertad” de las masas árabes que estaría poniéndose de manifiesto en esas revueltas. Hay quienes dan por hecho que el único horizonte posible es el del fin de las formas despóticas de gobierno. Porque ahora esos pueblos, dicen,  “quieren ser dueños de sus destinos”. El lirismo que no falte.

A la vista de los precedentes no creo que haya muchos motivos para ser excesivamente optimistas, y  me gustaría equivocarme. Aunque sólo sea porque es difícil olvidar ahora que las enormes movilizaciones ciudadanas en las calles de Teherán no impidieron que Ahmadinejad sea el presidente de Irán (63 personas ahorcadas sólo en el mes de enero de 2011); que tras las demandas de libertad en las calles de Beirut es Hezbolah quien  se ha hecho con el poder; que el espejismo de democracia en Argelia desembocó en una auténtica carnicería humana (más de 160.000 muertos). Como es también conveniente no ignorar que en la encuesta más reciente llevada a cabo entre los egipcios eran un 59% los que declaraban preferir para su futuro a los  “islamistas” frente a un escaso 27% que optaba por los “modernizadores” (tipo El Baradei, por ejemplo).

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Al Masri

 El crítico constructivo

Mientras escribo estas líneas, miles de egipcios -centenares de miles según las previsiones- se preparan para acudir en masa al centro de El Cairo y tumbar la dictablanda que Hosni Mubarak viene manteniendo desde hace tres décadas en la milenaria nación de los faraones. El Rais reaccionó demasiado tarde al contagio tunecino y todo parece indicar que la sociedad egipcia no parará hasta derrocarle, especialmente en vista de la última declaración del ejército ayer, confirmando que no disparará contra el pueblo, lo que sin duda animará a más gente a sumarse a la protesta.

Mubarak cesó al Gobierno y nombró vicepresidente –cargo siempre vacante desde que él lo dejara en 1981 para reemplazar en la Presidencia al asesinado Sadat- al ultrapoderoso general Omar Suleiman, director de los servicios de inteligencia desde los primeros años noventa y eterno hacedor entre bambalinas de todos los tejemanejes tan al uso en Oriente Medio, incluidas las negociaciones entre Israel y Hamás. Y sin embargo, ayer Suleiman parecía también superado por los acontecimientos, anunciando desde la televisión que va a abrir conversaciones con todas las fuerzas políticas y que Mubarak le ha encargado investigar todas las alegaciones de fraude en las últimas elecciones, concesiones absolutamente impensables para el rígido régimen egipcio hace sólo pocos días.

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