Frans van den Broek
Al momento de escribir estas lÃneas el militar retirado Ollanta Humala habrÃa ganado las elecciones peruanas del último domingo. Da igual, sin embargo, el tÃtulo de esta nota hubiera sido el mismo de haber ganado el otro candidato a la segunda vuelta, Keiko Fujimori, pues el electorado peruano y su clase polÃtica consiguieron situar al paÃs en la memorable situación de tener que escoger entre la sartén o el agua hirviendo. No es que las otras opciones fueran baño de rosas o miel sobre almendras, pues el panorama polÃtico de Perú se ha modificado tanto en las últimas décadas que los partidos tradicionales, esto es, aquellos equiparables con alternativas polÃticas más o menos reconocibles en el espectro polÃtico de la mayorÃa de las democracias mundiales, han debido dejar su lugar a movimientos o personalidades de carácter más improvisatorio y coyuntural. Con todas sus imperfecciones, habÃa, empero, mejores opciones que las que llegaron a la segunda vuelta. Pero no, al electorado peruano le encanta de vez en cuando aupar a figuras insulares, carismáticas, caudillistas o aprovechadas. ¿Cómo es posible si no que debimos escoger entre un militarote de poco fiar y la hija de un presidente preso (presidente, no se olvide, escogido sin fraude o trampa por el mismo electorado peruano por sobre la personalidad de nadie menos que Vargas Llosa)?