Frans van den Broek
Toda nación tiene derecho a querer salvar la cara y quizá no haya mejor medio para ello que el arte, por su intensidad emocional, la que circunvala las constricciones de la razón o del espíritu crítico. Desde antaño los pueblos han creado obras arquitectónicas o narrativas o religiosas que glorificaban las hazañas propias y defenestraban al enemigo, para mejor cohesión social y adoctrinamiento de las masas. Estas obras mezclan con profusión la fantasía y los hechos, los mitos y los datos, siempre con el objetivo de enaltecer a la comunidad en cuestión o a quienes la lideran. Se trata tal vez de una necesaria constante de la mente humana, pues todos sabemos que pocas cosas preocupan más al homo sapiens que la propia imagen y la autoestima. Cualquier pueblo que tenga el infortunio de tener por vates a gente como Cioran o Schopenhauer está condenado al suicidio.