Carlos Hidalgo
He tenido la suerte de que caiga en mis manos el libro del mismo título escrito por Claudi Pérez, veterano periodista de El País y una de las personas de la profesión a quien más admiro. Claudi, que ha cubierto temas económicos y ha sido corresponsal en Bruselas, aúna dos cualidades poco comunes en ambos papeles: es capaz de explicar de manera sencilla temas muy complicados. Y solo hay que echar un vistazo a las secciones de economía o a las noticias provenientes de Bruselas para notar cómo demasiadas veces están escritas en un lenguaje solo para iniciados, haciendo que el lector, cansado de pelearse con terminología incomprensible y procesos que se dan por sabidos, dedique su valiosa atención a otras secciones de su diario.
El libro de Pérez narra a través de anécdotas, reflexiones, citas y aforismos, cómo la democracia triunfante tras el fin de la Guerra Fría se comienza a tambalear tras el atentado contra las Torres Gemelas y cómo se siembran las semillas para su destrucción con las crueles y contraproducentes recetas de austeridad en la crisis de las hipotecas basura de 2008.
Ahí fue, dice el ex subdirector de El País, cuando los bárbaros, disfrazados de financieros, magnates tecnológicos y populistas, empezaron a colarse dentro de nuestros muros, hasta tal punto que hoy en día vivimos en la era de la revancha, donde iracundos políticos de ultraderecha se quieren cobrar los agravios sufridos por décadas de democracia y de libertad donde se les afeaba ser unos fascistas. Ahora quieren volver a meter a las mujeres en las casas, a esclavizar y a maltratar a los extranjeros, a negar al más pobre la calidad de vecino o de ser humano y a usar la religión, la nación y a las fuerzas de seguridad, no como elementos unificadores y garantes de la igualdad de derechos, sino como fuentes de autoridad que legitimen y ejecuten sus políticas basadas en oprimir y en dañar al otro.
Tan salvajes y nihilistas son estos nuevos bárbaros, que Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, no tuvo mejor idea que celebrar su cumpleaños y el 250 aniversario de su país que usando la Casa Blanca como un escenario para un combate de artes marciales mixtas donde hubo abundancia de sangre, violencia y partieron literalmente la cara a Ilya Topuria, ese luchador nacionalizado español que es para la ultraderecha de aquí la personificación de las cualidades que ha de tener todo hombre.
Este delirio de bárbaros, que magnates psicopáticos como Peter Thiel (el Ernst Stavro Blofeld de nuestro mundo en el que no existen los James Bond) además presumen de controlar mediante sus clubes secretos, sus empresas que devoran todos nuestros datos personales y su dinero, no sometido a una tributación adecuada y, por tanto, tendente a un insostenible e injusto infinito. Este delirio de bárbaros decía, se basa en una visión apocalíptica del mundo en el que ellos quieren ser los nuevos y triunfantes señores de la guerra, proclamando con total tranquilidad que la democracia y el capitalismo son incompatibles y que, en caso de elegir, hemos de elegir al segundo. Y aunque yo eche de menos que exista un Bond que arroje a estos tipos a sus propias piscinas de pirañas en nombre de la democracia parlamentaria, Claudi Pérez apunta a soluciones un poco más realistas. Y parte de una premisa que nos deberíamos de grabar a fuego: el apocalipsis siempre decepciona a sus profetas.
El autor cree que, si bien el pesimismo está justificado, hay razones para el optimismo e instrumentos para frenar a los bárbaros o hacerles retroceder a sus aldeas. Uno de ellos es, por supuesto la Unión Europea; ese mastodonte institucional que ni es Estado, ni es organización internacional, ni todo lo contrario, pero que se las ha apañado para traer a nuestro continente el mayor periodo de paz de nuestra historia y al que envidian y temen por igual Putin, Trump y Xi Jingping, que saben que no tendrían nada que hacer en un entorno como el nuestro y jugando con nuestras reglas.
Por eso es más necesario que nunca que no demos alas a los candidatos a vasallos felices de estos autócratas y que sigamos protegiendo lo que nos hace tan peligrosos para ellos: la democracia, el estado de bienestar y los valores de la ilustración; especialmente ante tanto falso estoico de gimnasio y aspirantes a superhombre de Nietsche sin comprensión lectora.