Del prófugo Dragan Dabic y otras máscaras

Frans van den Broek

 

La prensa internacional ha recogido con aspaviento en sus primeras páginas la captura del prófugo Radovan Karadzic (quien se hacía pasar por el inocuo pseudo-shamán Dragan Dabic), ex-líder de la ridícula república Serbio-Bosnia, responsable, se dice, de matanzas sin igual en suelo europeo desde la segunda guerra mundial. Aunque prefiero en general, por simples rasgos de carácter, no escribir sobre temas de tan obcena actualidad, esta noticia ha coincidido con mi intención de tocar de nuevo este asunto a raiz de la más o menos desapercibida noticia, hace unas semanas, de dejar libre a Naser Oric, lider de los bosnios musulmanes durante la caida de Srebrenica. Además, esta última tragedia tiene una relación directa con el pais donde vivo, como bien sabe quien haya leido los diarios los últimos días: el ejército holandés estaba encargado de proteger el enclave supuestamente seguro de Srebrenica cuando Mladic se decidió a atacarlo y masacrar a unos ocho mil de sus habitantes masculinos de religion musulmana (y a deportar al resto).

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De Topsy y otras bestias

Frans van den Broek

 

Uno de los filmes cortos más desagradables que he tenido la mala suerte de ver tiene como protagonista a un elefante llamado Topsy. No faltarán lectores avisados a quienes la sola mención de estos hechos –una corta película en blanco y negro, un elefante de nombre Topsy- serán suficientes como para evocar un curioso episodio ocurrido a comienzos del siglo veinte en América. La ignorancia del que escribe incluía hasta hace muy poco, empero, toda referencia a este oneroso animal de circo que vivió, según parece, desde 1875 más o menos hasta el 4 de enero de 1903. Al pobre animal se le ve en el filme primero guiado por sus cuidadores hacia algún lugar en lo que luego sabría que es Lunar Park en Coney Island, y luego balanceándose con suavidad, ignorante –espero- de su destino. Se encuentra en lo que parece ser un descampado, atado a un poste y conectado por las patas a cables de siniestra catadura. Tras unos segundos empieza a salir humo de las patas, el animal se entiesa, cual si de un súbito ataque de meningitis se tratara –no sé por qué me vino a la mente este símil al ver el film- y en este estado de rigidez se inclina hacia adelante y cae con lentitud de trompa.

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Fundamentalismo y sexualidad a vuelo de pájaro (sin dobles alusiones)

Frans van den Broek

I

Mi primer encuentro personal con un sistema de creencias religiosas que hoy en día muchos no dudarían en cualificar de fundamentalista –aunque la categorización no sería del todo correcta- ocurrió durante mi primera juventud bajo los cielos grises del invierno limeño. Tendría por entonces unos 17 o 18 años, y nada me había preparado como para escuchar un mal día de labios de mi amigo más cercano de entonces que se había hecho miembro de una secta religiosa en la que el líder, un conocido profesor universitario de sociología, afirmaba conversar con Dios y cuyas exigencias de total entrega a la fe me parecieron propias del medioevo. Perú era entonces un país calmadamente uniforme en materia religiosa y bastante laxo en el cumplimiento de los preceptos católicos –comenzando por quienes debían dar el ejemplo, los egregios líderes de la nación-, de modo que comprobar que mi viejo compañero de infancia, con quien había compartido el colegio y a quien me unían toda clase de intereses comunes, de pronto se había hecho sectario fue casi como enterarme de una traición. ¿Él, con quien tantas conversaciones sobre la necesidad de la liberación de los yugos del pasado habíamos tenido, con quien nos habíamos emborrachado tantas veces, con quien íbamos en busca de mujeres a cuanta fiesta se pusiera en el camino, quien tenía una inteligencia más que saludable y una sensibilidad artística superior a la media, él, de entre todas las personas, haciéndose miembro de una secta, conminándome a dejar a Jesús entrar en mi corazón, repitiendo como cacatúa fórmulas moralistas y escatológicas?

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De arte y moralidad en tiempos viciados

Frans van den Broek La lectura reciente del libro del historiador holandés Martin Ros, Los chacales del tercer Reich, me ha convencido una vez más, como si necesitara aún más convencimiento, no sólo de la siempre potencial bestialidad del ser humano, sino de la remanencia en nuestra cultura de ideas y actitudes cuya validez ha sido infinidad de veces revocada, y cuya presencia misma es prueba de la ínsita confusión de la clase intelectual contemporánea. Por sus páginas pasan personajes y movimientos abominables, algo oscurecidos en la memoria europea por el estridente y negro esplendor del nazismo de Hitler y sus secuaces, pero cuya abismal degradación moral no tiene nada que envidiarle al propio nazismo, si es que la comparación a tales niveles de maldad puede ser adecuada (algo que me temo no es ya relevante o posible). El libro se centra en el destino de algunos de los más importantes colaboradores con el fascismo, desde los lacayos del régimen de Vichy hasta los socios fascistas de Alemania en Rumania o Hungría. Un ejemplo de los mismos es la Guardia de Hierro de Rumania, que llevó a cabo actos de genocidio atroces con fervor e intensidad religiosos, como aquel en que masacraron a judíos en su propio camal, haciendo uso de ritos y técnicas de sacrificio hebreos, y a quienes, en no pocos casos, colgaron vivos de los ganchos donde se solía colgar la carne, para seccionarlos de acuerdo al rito judío y dejarlos morir poco a poco. Nadie, que conserve algo de humanidad, puede leer dichos relatos sin sentir que su confianza por el género humano se desvanece hasta la desesperación, pero no es de aquellos asesinos y psicópatas en general de quienes quisiera hablar en estas líneas, sino de una clase especial de los mismos, y de la curiosa actitud para con ellos demostrada por nosotros, sus congéneres, a la luz de sus crímenes: los artistas, sobre todo los escritores que se entregaron al fascismo como ideología y práctica durante aquellos años. A través de ellos ciertas preguntas generales sobre la naturaleza del arte pueden ser pertinentes. Sigue leyendo

¿Años de violencia, años de guerra?

Frans van den Broek
 
Los problemas definitorios del terrorismo han sido materia de discusiones académicas –y no tan académicas- y son bien conocidos. Existen más de 100 definiciones según algunos conteos, lo cual puede parecer extraño al público lego, quien se ve más o menos bombardeado por el término todos los días a través de los medios de comunicación, y quien, imagino, no tiene mayores problemas para entender o creer que entiende de qué se trata. Esto es comprensible, porque no todo el mundo puede o debe ser tan quisquilloso como los intelectuales o científicos sociales que se devanan el seso para comprender este fenómeno tan de actualidad de la manera más precisa posible. Sigue leyendo